Un amigo de la adolescencia entre los acusados del juicio a Videla
Una de las víctimas de la causa Gontero saludó a D'Aloira, un militar que está sospechado de tres homicidios de presos de la otra causa del proceso.
"Lamento encontrarme en esta situación con un viejo compañero del colegio y amigo de la adolescencia, el señor D´Aloia". Esas fueron unas de las primeras palabras en el juicio a Videla por Horacio Samamé, un ex policía que fue secuestrado durante la dictadura y que estuvo preso en la Unidad Penitenciaria Nº1 (UP1).Samamé es una de las seis víctimas de la denominada causa "Gontero", que con la llamada "UP1" forman parte de este juicio que tiene en el banquillo de los acusados a Jorge Rafael Videla y otros 30 imputados, aunque desde ayer no está presente Luciano Benjamín Menéndez, tras ser internado en el Hospital Militar por una neumopatía.D\'Aloia es el ex veterano de Malvinas Pablo D\'Aloia, acusado por los hechos de la UP1 y no por los secuestros y torturas contra Samamé y los otros cinco. Al "saludo" de Horacio, el imputado sólo atinó a asentir con la cabeza.Al contrario de su hermano Oscar, Horacio Samamé había dejado la fuerza en 1975 y estudiaba derecho. "Querían limpiarme, sentía que me mataban en cualquier momento", declaró hoy durante el juicio ante el Tribunal Oral Federal Nº1, luego de reconocer a varios de los acusados que pasaron por el Departamento de Informaciones (D2), en el que estuvo preso antes de ser trasladado a la UP1.Horacio fue secuestrado en una escribanía en la que trabajaba, entre las peatonales Rivera Indarte y San Martín de Córdoba. Fue liberado finalmente, junto a las otras víctimas José María Argüello, Carlos Arnau Zuñiga, su hermano Oscar y Raul Urzagasti Matorras el 8 de agosto de 1978.Sobre la tortura, declaró Horacio: "Creo que logré controlarlas. Yo pensaba que era imposible que me mataran (...) Imaginaba que las balas me traspasarían. Me daba mucha pena la idea de morir, era muy joven".
Al igual que los otros policías torturados, también estuvo una temporada en otro centro clandestino de detención, el de Campo La Ribera.
"No recibí golpes pero vi morir gente", dijo, y recordó el caso de un chico que había sido sometido a la picana y luego falleció. No sabe cuál era su nombre, pero rememoró que comenzó a orinar con mucha sangre y que después entró en coma. "Llamaba al padre. No sé cómo se lo llamaba pero merece que se lo recuerde”, dijo llorando al Tribunal Oral Federal Nº1, que llamó a cuarto intermedio para que se reponga.

