Spencer Buonaventure Tracy
Domingo 14 al martes 16 de marzo. Niní Marshall cabalga nuevamente. Jueves 18 y viernes 19 de marzo. Daniel Salzano.
Domingo 14 al martes 16 de marzo N o sé si esta semana o la que viene, Spencer Tracy cumpliría 100 años, lo cual, de rebote, convierte a esta ocasión en la última para dedicarle un centenar de líneas. Y es que, cuando cumpla los 200, nosotros estaremos calvos y el cine será nada más que una palabra de cuatro letras que servirá de comodín en las revistas de crucigramas. Spencer Tracy, sintetizando a lo bestia, fue un actor de la madonna , un pura sangre de la fábrica de sueños, al que la Metro acudía cada vez que tenía algún dilema. Buen cura, buen sheriff , buen arponero, buen juez, buen político y el mejor padre que tuvo Elizabeth Taylor en su época de niña bien, elegante y distinguida. Es imposible que nunca hayan visto El padre de la novia , clásico dirigido por Minnelli que el canal TCM proyecta cuando se le acaban todas las películas. La historia comienza con la imagen de un salón comedor donde se ha celebrado una fiesta que, por lo que se ve, se ha convertido en un maremoto. Primer plano de Tracy, el padre de la novia. A él le toca explicar las causas del desastre y lo hace con un discurso que figura en el libro Guiness de los grandes monólogos cinematográficos: -Yo creía que la vida era simple, que la gente se casaba y tenía hijos, que los hijos a su vez se encontraban con los hijos de otra gente de los cuales terminaban irremisiblemente enamorados. Y bien… acabo de ser cruelmente decepcionado. Para la cátedra del siglo pasado, se trata del mejor trabajo del actor. En cambio, para la cátedra del siglo en curso, Tracy no existe. Y es que Hollywood ya no da actores. Mejor dicho, Hollywood no da nada. Si no me declaro de manera abierta e incondicional admirador de su filmografía es porque Tracy odiaba los caballos. Ello explica, seguramente, que no hiciera demasiadas películas del oeste. Estribaba con el pie derecho y, como casi siempre estaba borracho, pasaba por encima de la montura para caer del otro lado. Odiaba los caballos con la misma intensidad que adoraba la ginebra. Tanto la quería, que las dos veces que subió al escenario del Dorothy Chandler para recibir el Oscar, la multitud no lo aplaudió lo suficiente: tenía los dedos cruzados para que no tropezara y se fuera de cabeza. Fue, en los años ´30 y un poquito de los ´40, una de las perlas más valiosas de la corona de la Metro, privilegio que perdió por tres motivos: 1) su afición por el clericó; 2) la llegada de Clark Gable, que se quedó con todo lo clavado y lo plantado, y 3) el largo, arduo, tormentoso, apasionante y violento romance que mantuvo con Katharine Hepburn, una actriz pelirroja cuyo manifiesto talento le permitió destacarse en una época en la que el color no se había inventado. Obra en mi poder un dato tan inservible como promisorio: su verdadero nombre era Spencer Buonaventure Tracy. Así me debería haber llamado yo: !Buonaventure Salzano! SBT, nacido en Wisconsin, Estados Unidos, era un católico de pura cepa irlandesa que no bajaba de una misa semanal y que aunque se casó rápido y mal, nunca quiso formalizar el divorcio por razones religiosas. Fue padre de un varoncito, su sueño dorado, pero el pibe fue tan desventurado como él, porque nació sordomudo. ¿Tracy en tres palabras? Duro, seco e infeliz. ¿Y en cuatro? Duro, seco, infeliz e inasequible al desaliento. A pesar de que en los retratos de la época da la impresión de andar sobrada de un puritanismo almidonado, Katharine Hepburn era en los hechos un cuete activado por la retropropulsión de la causa feminista. Tan es así que dos semanas después de ligarse sentimentalmente con el actor, le propuso una fuga a todo o nada. Dejar el cine. Largarse de Hollywood. Volver a vivir. Pero él, orapronobis, rechazó la invitación en nombre del equilibrio familiar. Así y todo, Hepburn se quedó a su lado durante un cuarto de siglo y le aguantó las mamúas, los berrinches, la cólera y un constante estado depresivo, que a los 25 años ya le había dejado blanca la cabeza. Ahora, cuando sus películas se venden envueltas para regalo en las góndolas del supermercado, muchos detalles que parecían decisivos hace medio siglo resultan tan leves como los papelitos de los caramelos Sugus: le encantaba -por ejemplo- que se lo reconociera por su hígado de buey y por su propio y exclusivo método de supervivencia: cuando no tenía trabajo, se encerraba con una garrafa de ginebra y esperaba, estatuario, hasta ver lo que pasaba. -¿Y si no pasa nada? -Entonces me muero. Cuando John Ford hizo El último viva , lo eligió para que cubriera el rol de candidato a presidente de los Estados Unidos. Y cuando George Stevens adaptó El viejo y el mar , lo seleccionó entre la flor y nata del oficio para representar al pescador más famoso de la literatura norteamericana. Tracy era el único con credenciales suficientes como para personificarlo. A Hemingway, que escribió el relato, su actuación le pareció de siete para arriba. Y eso que él nunca ponía más de cinco. Usaba funghi y se sostenía las medias con unas ligas que, antes de abrocharse, le envolvían la pantorrilla. Era fácil ir al cine en la edad dorada. Lo único que tenías que hacer era sentarte. Jueves 18 y viernes 19 de marzo
Niní Marshall cabalga nuevamente
Lotonio es la primera estación del anio, pero no es la primera estación del anio porque antes hay que esperar que el verano se termine. El verano es la última estación del anio pasado. Si lotonio no existiera, los anios durarían nueve meses y todos seríamos más viejos, por lo que resulta más conveniente que las cosas queden como están. Lotonio está integrado por un poco de marzo, abril, mayo y otro poco de junio, que es cuando se caen la sojas de los árboles. Lotonio será todo lo poético que se quiera para escribir versos gramaticales o para composiciones alusivas, pero si te toca barrer el patio y la vereda todos los días, resulta fatigoso, aburrido e indinante. Cuando lotonio termina por cansarme, agarro la escoba por el mango y le pego unos escobazos con alma y vida al follaje de los sárboles para que la sojas caigan de una vez y si te visto no me acuerdo. En otonio, lo sárbole se quedan pelados, a los pelados se les vuela la gorra y se les ve todo el cránio. En el viejo mundo es distinto porque lotonio cae en primavera y la sojas en lugar de caerse se levantan. Este fenómeno de la naturalesa podría deberse a lo mejor a la ecología de las lluvias tropicales, al famoso fenómeno del ozono o a los agujeros polares que crecen sin parar en ambos extremos de la tierra. En el continente africano no hay otonio y como no se nubla nunca, todos los habitantes son negros. !Cuidado con el viento traicionero de lotonio! !Más vale prevenir que curar y -antes de salir a callejear- ponerse en lugar de uno dos pares de medias de lana, porque sino los pies se te yelan y luego hay que ponerlos en el banio, con perdón de la palabra, en el interior de una palangana con agua caliente y mostaza merlo! Lotonio es el aguantadero astrológico de Tauro, sicno masculino de Salvador Daslí. Lo más repucnante de lotonio es la cola del ómnibus, porque los güesos se te congelan más que en invierno porque en invierno ya estás acostumbrado. Pensándolo bien, lotonio en Lantártida no sirve para nada. Hubo un tiempo en el que las hojas muertas se conservaban en los libros de versos homónimos de Alfonsina Stornik. Esa costumbre ha dejado de practicarse por culpa de internek, un libro sin páginas. Cuando el hombre del tiempo de Canal 12 se pone el pulóver para difundir la meteorología de la nasión, es que ha llegado lotonio y cuando se lo saca y se pone el sobretodo es que lotonio ha terminado y ha llegado el 21 de junio, oseasé linvierno. Adios, muchas gracias y hasta la próxima si Dios quiere y nos da la suficiente salud. Homenaje a Niní Marshall, que el 18 de marzo de 1996 se nos fue redepente.

