Reacciones temperamentales
La mayoría de los habituales reaccionarios saltó tras la reunión de la SIP, que denunció atropellos a la libertad de prensa del continente. Ricardo Trotti.
Las reacciones temperamentales no se hicieron esperar. Provinieron de gobiernos que siempre reaccionan ante la menor crítica. Que claman que sus logros son revolucionarios y sus yerros ajenos. Aquellos que neutralizan las denuncias en su contra, con ofensivas propagandísticas y campañas de desprestigio. Son regímenes que están acostumbrados al contraataque. Que para ello no escatiman esfuerzos, tiempo ni recursos (estatales, claro); son, por práctica, más diestros en la lucha de clases y la polarización que en el arte de gobernar.
La mayoría de esos habituales reaccionarios saltó luego de la reunión que la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) realizó en Aruba, donde denunció atropellos a la libertad de prensa en cada país del continente.
Venezuela. Entre sus instrumentos, lamentablemente, tiene a medios de comunicación y periodistas a sueldo como aliados, a los que Enrique Santos Calderón -acaba de retirarse después de 50 años de periodismo y de haber creado medios junto a su compatriota Gabriel García Márquez- calificó de "vergüenza para el periodismo latinoamericano". Santos distinguió como "provocadores a sueldo" a periodistas de las televisoras estatales venezolanas -Canal 8 y Ávila TV- que, permitidos de participar en el debate de la SIP, sólo lo utilizaron para insultar y provocar a los asistentes, como a Guillermo Zuloaga, de Globovisión, y a Marcel Granier, de RCTV; y a "burgueses y empresarios".
Bajo consignas revolucionarias y como agitadores de barricada, responsabilizaron a los presentes del golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002 y de los males que aquejan a su país. Pero el discurso y la agitación no quedaron ahí. Como calco de otras estrategias para penalizar la opinión y a la oposición, Zuloaga fue detenido y acusado de ofender la imagen de Chávez y dar información falsa, por el solo hecho de negar su participación en complot alguno y responsabilizar al gobierno por las víctimas de aquel 11 de abril. Finalmente, no quedó preso, sino restringido para salir al exterior, en un proceso que en el Código Penal se tipifica con 15 meses de cárcel, una retrógrada figura de desacato que ya entró en desuso en América latina.
El circo montado en la SIP y contra Zuloaga no es más que táctica habitual de Chávez para crear temor y autocensura, dos armas que manipula con lucidez, en especial cuando se trata de años electorales, en los que se juega la permanencia de su poder.
También en Argentina. Chávez no es el único temperamental. Periodistas acólitos de Cristina Fernández inundaron horas del estatal Canal 7 argentino para denigrar a la SIP, así como varios funcionarios que se dieron por aludidos, tal vez porque la Justicia argentina también arremete contra la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, tratando de limitar poderes a un Gobierno que se cree omnipresente.
Bolivia. El régimen tildó de "papel mojado" el informe de la SIP y defendió su derecho a crear una ley para "educar a los periodistas a no mentir" y a levantar el puño izquierdo antes de hacer preguntas a Evo Morales.
Ecuador. Arreciaron las críticas y Rafael Correa prometió una dura ley de comunicación, en la que los medios, incluso privados, deberán "rendir cuentas", como si la información fuera un servicio público y no un derecho.
Cuba. La reacción del régimen es más simple: ignora cualquier denuncia, pero deja que su prensa pagada haga el trabajo sucio, denigrando a diestra y siniestra a "cualquier esbirro del imperialismo".

