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Premiados en una fiesta ajena

09 de marzo de 2010 a las 11:00 p. m.
Premiados en una fiesta ajena

Es muy gratificante que una película argentina reciba un premio Oscar, por lo que adhiero al espíritu de los festejos y a la alegría que esa noticia despertó en esta parte del planeta. Me gustaría, no obstante, que para próximas instancias similares logremos mejorar algunos detalles, como la urticante corrida desaforada de Guillermo Francella para salir en la foto, en una actitud que no se lleva para nada bien con sus virtudes como actor. Pero, bueno, le salió el argentino de adentro. Y si para los compatriotas más pudorosos fue un papelón que puso una mácula de industria nacional a la coqueta y protocolar ceremonia, para el resto del mundo, no obstante, fue apenas la fugaz aparición en escena de un desconocido que casi se mata para tener sus 15 segundos de fama internacional. Al fin de cuentas, cuando dentro de un par de décadas Francella les muestre las fotos a sus nietos, estos no le creerán nada y, con suerte, apenas lo felicitarán por lo bien logrado que estuvo el Photoshop. Pero la estatuilla que se trajo en la valija Campanella es apenas una anécdota al lado del gran mensaje que dio la Academia este año, al elegir como mejor película y más premiada a Vivir al límite (The hurt locker, en su título original). Hay quienes dicen que se premió al cine antes que a la venta de entradas. Es una lectura. Si se tiene en cuenta el contenido de la película elegida, el mensaje es muy distinto. Vivir al límite, más allá de sus múltiples bondades artísticas, narra la historia de un sargento de la armada de Estados Unidos que se dedica a desarmar bombas en Bagdad. El enfoque muestra el costado más humano que tienen los marines, su buena relación con las comunidades a las que Estados Unidos, en su rol de gendarme mundial, corre a salvar de grandes males, aun cuando ello implique daños colaterales peores. A todas luces, una estética justificación para una política internacional que hasta a ellos incomoda. A eso podemos sumar que la gran perdedora, si se quiere ver de ese modo pesimista, es Avatar, película que era la gran favorita y "apenas" se llevó tres estatuillas. Otra vez sin contar sus valores artísticos, esta película realiza un fuerte cuestionamiento a la forma en que las grandes potencias, y en especial Estados Unidos, destruyen el planeta y se alejan del contacto con la naturaleza, actitud que, tras la Cumbre de Copenhague, quedó muy claro que no quieren cambiar. Vivir al límite sintetiza la forma en que quieren verse, aun en medio de sus propios pecados; Avatar es, por el contrario, la autocrítica que poco les gusta hacerse. Si se entiende esto, no está mal que la Academia elija premiar al american lifestyle; al fin y al cabo, es su propia fiesta y, en ese contexto, El secreto de sus ojos fue apenas una invitada de honor, con desubicado acompañante colado y todo.