La solidaridad no viene envasada en una broma
Hacer pagar con angustia una donación no es sana solidaridad. Por eso, el pueblo de Corrientes se resistió a ser parte de una broma televisada. Alejandro Mareco.
La pureza de ánimo y, a la vez, lo de inadvertido que puede caber en el significado de la palabra candidez, no sólo son características para hablar de niños, sino también de grandes y hasta de pueblos.
Aunque es cada vez menos frecuente de ver, sigue siendo posible abrir puertas y salir al patio de la inocencia: eso que brilla en la mirada de los chicos está presente en la de tantos hombres que viven sus días aferrados a su relación con la tierra, con el paisaje, con sus pares y sus vínculos sentimentales, casi incontaminados de tanta hipocresía, utilitarismo y masificación de conceptos y de valores que no son tales, sino que persiguen la cosificación de la gente.
Tal vez esas puertas sólo se abran en rincones profundos del interior, estos que representan un universo diferente, pues todavía siguen siendo, de algún modo, parte de la naturaleza, dicho en el sentido de que se convive con ella en una escala humana más módica que la que tienen los que viven en las grandes concentraciones urbanas, donde la gente se siente dueño del mundo, ya que le ceden a la naturaleza no más que el espacio de las plazas, los parques y las veredas. Aunque, vaya paradoja, ocurre que en las enormes multitudes, la pequeñez y el anonimato pueden hacer estragos.
Suele suceder que esos mundos no se comprendan; aun más, sucede que ni siquiera se conozcan. Entonces, ocurren desencuentros; incluso, algunos que tienen que ver con la mala intención.
De esto sabemos mucho los argentinos, que hemos permitido mal organizarnos alrededor de una enorme cabeza urbana que concentra casi todo el poder político, económico y cultural, mientras se desperdigan voluntades aisladas, postergadas y, sobre todo, ignoradas, en la inmensidad de nuestra geografía.
Desencuentro. En estos días, algo pasó en un rincón de Corrientes: la población de Apipé se enfureció contra una cámara oculta del programa de Marcelo Tinelli, no sólo avalada sino también asistida por la intendenta Mónica Romero. La idea era angustiar a la gente con el anuncio de que las tierras en las que vivían habían sido vendidas a un empresario -justamente en un pueblo que reclama los títulos de sus tierras-, para luego aclarar que todo era una "jodita" y regalarles una lancha y un muelle, en nombre de una solidaridad rayana con la perversión (como se ha visto en emisiones pasadas, se hace pagar con sufrimiento una donación ínfima comparada con lo que recauda el programa).
Al momento del desenlace, el pueblo perdió la candidez: ya sabía de qué se trataba y se resistió a ser filmado. "No seremos los payasos de la televisión nacional", dijo un vecino, en actitud opuesta a la de tantos, incluidos políticos, que sienten tocar el cielo con las manos si salen "en lo de Tinelli".
La solidaridad, si es solidaridad, nunca es una "joda", más si están en juego sentimientos y carencias profundas.
Bien lo saben los argentinos que en 2001 salieron a abrir comedores comunitarios aun en los barrios más pobres, sin necesidad de que una cámara viniera a cumplirles el “sueño de salir por la tele”.

