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El silencio o la vida

El periodismo mejicano vive hoy lo que el colombiano sufrió con el sanguinario. Pablo Escobar.

21 de marzo de 2010 a las 12:00 a. m.
Ricardo Trotti (Periodista, desde Miami)
El silencio o la vida

En el adagio popular, el ladrón da a escoger a su víctima entre "la bolsa o la vida", pero en México la disyuntiva a la que se expone el periodista es más cruel: el silencio o la vida. La consecuencia de esta macabra alternativa es que en varias zonas de México los medios de comunicación han optado por la autocensura para evadir la violencia del crimen organizado, que en los últimos cinco años, según la SIP, cobró la vida de 49 periodistas. El periodismo mejicano vive hoy lo que el colombiano sufrió con el sanguinario Pablo Escobar, aunque con el agravante de que en vez de los carteles de Medellín y Cali, son nueve los grupos de narcotraficantes que se disputan la mafia en 22 de los 31 estados del país. Tanta violencia tiene gran impacto en los medios, especialmente en zonas limítrofes con Estados Unidos, donde el narcotráfico está decidido a comprar silencio, ya sea con plata o con plomo. Periodistas, fiscales y policías son comprados y sobornados o asesinados y desaparecidos. El silencio es inducido en forma directa o infundiendo terror mediante métodos funestos. A principios de año, junto al cadáver del periodista Valentín Espinosa- asesinado por represalia a su labor o para usarlo como pizarra para publicitar su violencia- los narcos dejaron un recado para los medios de la ciudad de Saltillo: "Esto les va a pasar a los que no entienden que el mensaje es para todos". Ante la ineficiencia del gobierno por responder a esta violencia y la pérdida de confianza general en las instituciones, la autocensura se ha convertido en el refugio más seguro para los periodistas. En un clima de mutismo mediático, la omisión de información generará siempre mayor incertidumbre y un espacio propicio para rumores. La autocensura y la desinformación si bien "protegen" al crimen organizado, también disfrazan la ineptitud del Estado, potenciando así un círculo vicioso.