El pasado no pasa para siempre
El 24 de marzo de 1976 implica la inmensa tragedia y el feroz desamparo frente a la muerte que representan los desaparecidos. Alejandro mareco
Pasó el 24 de marzo, 34 años después. Estar vivo es contar los años, acumularlos en el pecho, o donde fuere que se deje constancia de que la vida fluye, que vamos hacia un después, porque siempre la vida es hoy, pero es hoy porque hay un después y, sobre todo, porque hay un ayer. Cada vez que es hoy siempre cabe más ayer.
En 34 años cabe más de una generación y, como corresponde, siempre más de una manera de entender la sociedad en que vivimos y, en especial, su historia; de la que todos modos somos parte, aun cuando hayamos visto y vivido sólo un fragmento. Es que la vida siempre es un fragmento.
El 24 de marzo de 1976 es una fecha profunda, desgarradora, nuestra fecha contemporánea con significado más dramático aun para nuestras vidas presentes. Ya es historia, pero, bien, ojalá no dejemos nunca de aprender de lo que nos pasó como pueblo. Cuando las fechas se vuelven asunto de calendario de la historia corren el riesgo de querer decir algo y al final decir poco. El olvido es siempre una acechanza.
En estos días se ha advertido que ya no es el mismo clima el que rodea a la fecha, comparado con aquél de hace cuatro años atrás, cuando fue declarada feriado nacional. El tiempo lo vuelve a todo dinámico, claro. Por eso vale la pena –pocas veces tan adecuada la expresión “vale la pena”– repensar aquella tremenda herida que vuelve a sangrar, cada vez.
El 24 de marzo de 1976 implica la inmensa tragedia y el feroz desamparo frente a la muerte que representan los desaparecidos, tanto para ellos como para quienes los amaron y los aman, como el sello más sangriento de una época feroz en la que el Estado se dedicaba a secuestrar y a asesinar en la clandestinidad, el más atroz de los crímenes. Pero también, aquel asalto a la legalidad constitucional significó poner el país en mano de un grupo con intereses económicos voraces y contrarios al bienestar de las multitudes, y ninguno de sus integrantes pasó nunca por ningún banquillo de acusados. Además, la represión señalaba el camino: qué películas ver, qué libros leer, qué música escuchar. Hasta darse un beso de enamorados en una plaza a la siesta podía recibir la admonición de un policía. Es decir, los poderosos tenían como brazos ejecutores a una legión de “extrañados”, para los cuales hasta el amor era subversivo.
El año pasado hubo un golpe de Estado en Honduras. Y triunfó, sí, porque se llamó a elecciones y el nuevo gobierno fue reconocido (por Estados Unidos, la decisión decisiva) sin que la violación original fuera reparada.
Por eso, no es ni conveniente ni sencillo creer que el pasado, sólo por eso de que el tiempo pasa, ha pasado para siempre.

