El lado oscuro de Duhalde
Duhalde apeló a un frió oportunismo al reclamar la impunidad. Claudio Fantini.
"Y o sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué", escribió Jean Cocteau.
Buena parte del peronismo y del país tienen para con Eduardo Duhalde una sensación parecida a la del dramaturgo vanguardista para con los poetas. Lo consideran imprescindible, pero no saben para qué.
En cada cataclismo, lo imaginan como el piloto de tormentas, a pesar de que la historia lo muestra creando monstruos para vencer a otros monstruos.
Al engendro de la hiperinflación lo enfrentó inventando a Carlos Menem, mientras que al desfalco provocado por el menemismo y que fracasó en revertir la Alianza, lo enfrentó catapultando al poder a Néstor Kirchner.
Ahora, a ese sesenta y pico por ciento del país que no soporta las poses, el sectarismo y el relato kirchnerista, el caudillo bonaerense le promete que se hará cargo de devolver a la lámpara el genio dañino que él mismo liberó.
Albert Einstein decía que "la mejor manera de agravar un problema es encargando su solución a quien lo provocó". Un razonamiento que no favorece precisamente a la auto-postulación de Duhalde como remedio para la histeria que sacude la política nacional.
Sin embargo, en mucha gente ha generado la sensación de que sólo él puede sacarle las pilas al juguete rabioso y que sólo él puede diseñar la arquitectura de consensos para que la Argentina pase de una brutal confrontación entre proyectos de poder a la competencia por la construcción de un proyecto de país.
Todo lo que dijo desde que pasó por la presidencia hasta que se postuló para extirpar a Kirchner del justicialismo contuvo buenas dosis de sensatez, responsabilidad, sentido común y cargo de conciencia. Iba bien hasta que empezó a machacar contra los juicios por crímenes de lesa humanidad.
Qué aportaría. ¿Qué le aportaría al país que queden impunes las atrocidades cometidas por un régimen exterminador? ¿por qué mejoraría la convivencia entre argentinos si no pagan por sus crímenes los que secuestraron, torturaron y asesinaron, además de cometer la aberración de hacer desaparecer a sus víctimas?
Una cosa sería reclamar que todos los que cometieron secuestros y asesinatos paguen sus culpas y otra es suponer que las heridas del pasado se cierran ensanchando la impunidad, en lugar de suprimirla.
Oportunismo. Duhalde comenzó a dejar a la vista los compartimentos secretos del liderazgo que procura construir, al decir que es necesario gobernar para todos los argentinos (una obviedad), incluidos "los que quieren a (el ex general Jorge Rafael) Videla".
¿Quién quiere a Videla? Que una mayoría haya apoyado el golpe de Estado por falta de cultura democrática, por el estupor que provocaban Isabelita y José López Rega y por repulsión a los grupos armados, no implica que justifique la magnitud de la crueldad y la devastación cometida por la dictadura.
A esta altura de la historia, sólo algún sector minúsculo y reaccionario hasta la ferocidad puede identificarse con ese general gris, negligente y fanático que puso en funcionamiento un siniestro aparato de aniquilamiento.
El Duhalde imprescindible es el que construye con Rodolfo Terragno una plataforma de acuerdo político para evitar la apropiación personalista del Estado, limitando tanto el alcance del poder gubernamental como la capacidad obstructiva de la oposición. Un acuerdo por el cual los próximos gobiernos puedan gobernar sin cometer arbitrariedades ni padecer oposiciones paralizantes.
Pero el Duhalde que sorpresivamente propone plebiscitos sobre los juicios a los represores es el mismo personaje turbio que construyó poder en el lado oscuro de la política y tuvo protagonismo en momentos muy densos y truculentos.
¿Qué lo sacó de la posición sensata y equilibrada que sintonizó durante la presidencia interina en la que, aunque con estropicios, reorientó de manera acertada la economía? Quizá la apuesta oportunista a capitalizar el hastío que está provocando el partidismo y la manipulación en el terreno de los derechos humanos.
Resulta decepcionante que las organizaciones de víctimas de los genocidas se conviertan en instrumentos de poder. Y a esta altura empieza a ser sofocante ese discurso sectario que, inflamado de proclamas y al servicio de un liderazgo, ametralla a insultos a opositores y críticos.
Pero el daño que algunos dirigentes puedan estar provocando a la causa de los derechos humanos, al banalizarla por sus ambiciones y embelesamientos, no justifica reclamar impunidad a los ejecutores de un designio exterminador.

