El "apartheid", una cuestión de amor
La Sudáfrica de hoy, si bien integrada desde el punto de vista de la ley, sigue desde la protesta dividida en dos. Graciela Erramouspe de Pilnik.
"Es ilegal para un blanco y un no-blanco beber juntos una taza de té en un salón de té en África del Sur, salvo si han tenido una autorización especial". Así se expresaba Johannes Gerhardus Strijdom, primer ministro de Sudáfrica, cuando leyó el artículo 12 del estatuto del apartheid .
Corría el año 1957 y desde esa fecha hasta hoy muchas cuestiones han quedado pendientes de resolución. Así lo demuestra la reciente matanza a golpes del granjero Eugene Terre\' Blanche, fundador y líder del Movimiento de Resistencia Afrikaner, que anhelaba reconquistar el poder político de la minoría blanca vinculada originalmente a la colonización.
Ese asesinato pone al descubierto una problemática que no parece haber superado el recuerdo de la segregación de los habitantes originales y de color, a pesar de los esfuerzos de Nelson Mandela, líder en su momento de la resistencia negra contra el apartheid , quien estuvo 27 años preso por defender los derechos de la negritud y que, con un mensaje de tolerancia e integración racial, se hizo merecedor de la presidencia de su país y de numerosas condecoraciones y premios internacionales por su trabajo en favor de mecanismos de negociación para la resolución de conflictos.
En dos principios fundamentales se basó la institucionalización del apartheid, que Mandela se esforzó luego en abolir. El primero fue el de clasificación por razas para establecer una jerarquización, teniendo en cuenta la apariencia y el color de la piel, los antecedentes y ciertos datos de filiación. Según esos criterios, las personas quedarían divididas en "blancos" de origen europeo, los más favorecidos en la escala jerárquica; "negros", llamados "bantúes", de origen africano, muchos vinculados a la esclavitud; "mestizos", descendientes de blancos y alguna etnia local, y un cuarto grupo, los "asiáticos," que por distintas razones habían llegado a África del Sur.
El segundo principio era el de la territorialidad, esto es, según la raza de pertenencia correspondería el lugar geográfico para residir. Con ese criterio se formaron los bantustanes, homelands o patrias, verdaderas reservas tribales (guetos, para entenderlo mejor), donde se alojarían aquellos no favorecidos por su raza y color. Diez territorios fueron creados como "hogares" de destino (¿o destierro?). Unos tres millones de personas fueron destinadas a ellos y muchos millones más terminaron conformando esos pueblos al final del proceso de segregación.
Diferencias. Tres momentos distintos debemos reconocer en el apartheid : antes, durante y después de su legislación. En los dos primeros, la realidad fue siempre la misma: zonas de diferenciación para negros, de color y blancos, ya fuera en ámbitos públicos o privados. Porcentajes destinados a la educación y salud: 10 por ciento para los negros y de color, 90 por ciento para los blancos. Hospitales y escuelas para negros y otros superiores, y distintos para los blancos. Profesiones y trabajos inferiores para los negros y de color; educación superior y trabajos calificados para los blancos. Y así en todos los ámbitos que supusieran desarrollo y civilización.
La abolición del apartheid a partir de Mandela trajo problemas de reacomodación. La población de los "bantustanes" se acostumbró a vivir con limitaciones, pero en comunidad. Desarrollaron su propia identidad, adquirieron la fortaleza que otorga el dolor y aprendieron el ejercicio de un cierto autogobierno y del poder. Al igual que lo hicieron con ellos alguna vez, aprendieron a rechazar a toda persona extranjera que, por razones de necesidad, intentara habitar en esos territorios que pertenecían a las zonas de exclusión.
Dividida en dos. La Sudáfrica de hoy, si bien integrada desde el punto de vista de la ley, sigue desde la protesta dividida en dos: la resistencia blanca y la negritud, que se manifiestan intolerantes hacia el "otro" y utilizan simbolismos a veces macabros para manifestar, afianzar y reivindicar su propia identidad.
A la minoría que quiere hacer la "guerra santa" en pos de la supremacía blanca pertenecía el asesinado líder ultraderechista Eugene TerreBlanche. Y a la resistencia negra pertenece el joven líder negro Julius Malema, a quien se le atribuye la responsabilidad de agitar el fantasma de viejas luchas, al entonar contra los campesinos blancos el himno "Matar a los bóers ", el que ha sacado de los baúles del olvido para agitar las nuevas almas y poder protestar.
"No es con sueños, sino con sangre y con hierro como se forja una Nación que ha de perdurar", decía el poeta. ¿Será ésa la premisa aprendida y aprehendida por los blancos y negros de la Sudáfrica de ayer y de hoy? Quizá la idea de "amor" nos dé mejor explicación, porque el "amor a la raza", el "amor a los símbolos", el "amor a la patria", el "amor a los propios ideales" y a los "viejos recuerdos" y, por qué no, a los "propios intereses" de cada uno en cuestión constituye la mejor respuesta para entender tanta mutua intolerancia y esa entelequia que está aún presente en la mentalidad de ambos bandos, que se llama apartheid o exclusión.

