Anécdotas de la Convención
Detalles de la reforma de la Constitución Nacional en 1993.
Cuando llegamos a Santa Fe, después del juramento del cargo de convencionales, debíamos iniciar de inmediato la reforma de la Constitución Nacional. Sólo contábamos con 90 días para lograr todas las modificaciones que permitía la ley declarativa de la necesidad de la reforma: ley 24.309, sancionada el 29 de diciembre de 1993.
Comisiones. Cada convencional integraba varias comisiones, amén de pertenecer a un bloque político. Iniciábamos la mañana con reunión de bloque, pasábamos a reunión de comisión, en tanto que el plenario -integrado por todos los convencionales- sesionaba en el Paraninfo de la Universidad de Santa Fe.
Todos los temas. Para poder cumplir con esas obligaciones, se decidió iniciar las deliberaciones y pasar cada día a un cuarto intermedio hasta el día siguiente, lo que permitió sesionar de manera ininterrumpida hasta que se llegó al último día con la reforma casi completa. Sólo faltó incorporar la creación del Consejo Económico y Social como órgano consultivo. Se juró el nuevo texto en el Palacio San José, en Entre Ríos, el 25 de agosto de 1994.
Aborígenes. Me impresionó la cantidad de representantes de los pueblos aborígenes que habían llegado a Santa Fe. Estaban por todas partes, intentando hablar con todos los convencionales. En la ley declarativa, el punto "LL" de los temas habilitados planteaba "la garantía de identidad étnica y cultural de los pueblos indígenas"; cada uno se preocupaba para que esa norma se incluyera.
La Constitución original rezaba, en su antiguo artículo 67, inciso 15, como una atribución del Congreso: "... proveer a la seguridad de las fronteras y propender a la conversión de los indios al catolicismo".
El nuevo texto constitucional, en su artículo 75, inciso 17, dispone: "... reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas", además de garantizar una serie de derechos. Nunca olvidaré la profunda emoción que sentimos todos, esa noche del 11 de agosto de 1994, al sancionarlo. El recinto estaba repleto; la gran mayoría de los convencionales asistieron a la sesión. La Presidencia ordenó la lectura del texto aprobado en comisión, se sometió a votación y, tal como se había acordado, nos pusimos de pie y lo aprobamos por aclamación. Ese homenaje se dirigía a los representantes de las distintas comunidades aborígenes.
La letra constitucional, según supe después, excedía sus expectativas y era una herramienta valiosa para luchar por sus legítimos derechos. Una vez más nos dieron una lección de humanidad, lucha y perseverancia.

