La algarroba volvió a escena días atrás en Calamuchita, pero no como un ingrediente olvidado sino como protagonista de un movimiento que busca recuperar saberes, activar economías locales y proyectar nuevos consumos.
El torneo de bebidas “Sed de Algarroba”, que reunió a productores de distintos puntos de la provincia, fue apenas la cara visible de un trabajo más profundo que desde hace algunos años viene impulsando Slow Food Calamuchita.
La organización forma parte del movimiento internacional Slow Food, que promueve una alimentación “buena, limpia y justa”, y en la región está coordinada por Florencia Alloni.
“Funciona como un espacio de articulación entre cosecheros, elaboradores, profesionales de la gastronomía, sectores académicos, activistas y consumidores responsables”, explica en diálogo con La Voz.
Pero más allá de la definición, lo que se consolida es una red concreta que empieza en el monte y termina, cada vez más, en la mesa.

Bosque nativo
Desde 2023, la comunidad impulsa distintas acciones con un eje claro: revalorizar los alimentos del bosque nativo. Entre ellas, la cosecha comunitaria de algarroba se volvió una práctica central.
Familias de distintos pueblos participan de la recolección de chauchas en sus propios barrios, en un esquema que combina ingreso económico con cuidado ambiental. La lógica es directa: si el fruto adquiere valor, el árbol deja de ser visto como un obstáculo y pasa a ser un recurso a proteger.
A eso se suma el mapeo colectivo de algarrobos, una iniciativa desarrollada junto a escuelas de la región que permite identificar ejemplares productivos en zonas urbanas y periurbanas. En ese proceso, estudiantes se involucran de manera directa con el territorio, reconocen especies nativas y participan de una experiencia que combina educación, ciencia y conciencia ambiental.
También se realizan charlas, talleres y encuentros intergeneracionales donde la algarroba aparece no solo como alimento, sino como parte de una cultura que busca sostenerse en el tiempo.

Algarroba
El concurso “Sed de Algarroba” sintetizó todo ese recorrido. Durante meses, productores experimentaron con distintas técnicas y formatos: fermentados, destilados, macerados y bebidas sin alcohol que tuvieron como base común un fruto históricamente subestimado.
El sábado 14, con el centro cultural Casa C colmado de público, se realizó la premiación que reunió a productores, jurados, instituciones y vecinos en una celebración que combinó degustaciones, música en vivo y feria.
En la categoría sin alcohol, Fidel Balcaza se quedó con el primer puesto gracias a una bebida vegetal elaborada con algarroba blanca. El proceso, que incluye largas horas de cocción, da como resultado una textura cremosa y un perfil que remite al cacao.
“Se inventó sola, tratando de hacer un arrope que no salía. Durante años fue difícil venderla, pero por suerte cada vez somos más los que apostamos a la algarroba”, cuenta desde San Marcos Sierra. Su experiencia, además, está ligada a un modelo de producción integral: cultiva, procesa y comercializa desde su propia chacra, en contacto directo con quienes consumen.
En destilados, el cordobés Bernardo Jusid, quien forma parte del proyecto Utuco, presentó un aperitivo de base vínica con botánicos del monte. El proyecto surgió en un momento de cambio personal y profesional. “Quería hacer algo bien cordobés, experimentar con identidad propia. La algarroba apareció en el momento justo, y el concurso fue el impulso para animarme a probar”, señala.
El resultado es una bebida fresca y especiada que retoma, desde una mirada contemporánea, sabores vinculados al territorio.

Generar valor
Más allá de los casos individuales, el evento dejó en evidencia una trama que se fortalece a puro empuje de las individualidades. Universidades, organismos técnicos, productores y cocineros empiezan a encontrar puntos de contacto en torno a un mismo objetivo: generar valor a partir de los recursos locales sin perder de vista la sustentabilidad.
En ese sentido, el rol de articulación que cumple Slow Food Calamuchita resulta clave. “Esta noche demostró que cuando las organizaciones, la ciencia, el Estado y la comunidad trabajan juntos, hay que remar mucho pero pasan cosas increíbles”, resumió Alloni durante la premiación. Pero el desafío, aclara, empieza ahora.
“La idea es que estos productos no queden solo en el concurso, sino que se integren a circuitos comerciales y gastronómicos, que lleguen a las cartas y a los consumidores”.
El horizonte ya está en marcha. Para 2026, la organización proyecta ampliar el mapeo de algarrobos, profundizar las acciones de formación y avanzar en acuerdos académicos que permitan intercambiar conocimientos con instituciones internacionales.
También planean volver a participar en encuentros como Terra Madre, donde comunidades de todo el mundo comparten experiencias en torno a la biodiversidad y la alimentación.
Mientras tanto, en los montes cordobeses, la algarroba vuelve a ganar terreno. No solo como ingrediente, sino como símbolo de un modelo posible. Uno en el que producir, transformar y consumir no son eslabones aislados, sino partes de una misma cadena que empieza en la tierra y encuentra, poco a poco, nuevas formas de sostenerse.

