La violencia no viene sola ni de repente
Hay alumnos aplicados y otros revoltosos, violentos y violentados, los hay que mascan chicle y los que fuman marihuana con la cabeza debajo del banco sin que un profesor vea, o quiera ver. Mariana Otero.
Si las aulas vacías de una escuela cualquiera hablaran, nos ayudarían a entender lo que nadie nos puede decir con palabras. Es que allí ocurren demasiadas cosas; muchas, en las antípodas de la transmisión de saberes. Las aulas son una muestra en miniatura de la sociedad real. Allí conviven la Biblia y el calefón. Hay alumnos aplicados y otros revoltosos, violentos y violentados, los hay que mascan chicle y los que fuman marihuana con la cabeza debajo del banco sin que un profesor vea, o quiera ver.Hay alumnos que son víctimas de abusos, de malos tratos, que provienen de familias desmembradas. Hay chicos que comen todos los días, y otros que lo hacen de vez en cuando.Hay bandas que exhiben su poderío. Y marcan la cancha con grafitis grabados en la madera de los bancos.Hay mobiliario roto y baños destrozados. Hay señales de furia, de amor, de desamor, de soledad y de pasión.Hay creciente consumo de drogas legales e ilegales a las que acceden cada vez más fácilmente, dentro y fuera de las escuelas. Hay bajo rendimiento, hay problemas de comportamiento, hay chicos hiperactivos (reales o supuestos), hay alegría, hay amigos.En el medio, la escuela y sus docentes con la disyuntiva de cómo intervenir en tantos conflictos.Algunos acusan pocos recursos, temor o impotencia a la hora de poner el cuerpo, con todo lo que ello significa. Si están solos, o así se sienten, crece la anomia que abona el terreno del bullying , la marginación social y el rechazo que algunos adultos prefieren ignorar.Esas situaciones no atendidas son las que suelen derivar en pleitos. La violencia nunca viene sola ni de repente.

