Una postal del pasado
Algunas de esas tarjetas incluían textos ya impresos, lo que te resolvía todos los problemas, incluso los de ortografía.
En mi Viaje de Estudios, lo primero que hice en Bariloche fue ir al correo para mandar una postal a mi familia. Demoró mucho en llegar. El cartero me entregó en persona el cartoncito con la foto del cerro Catedral cuando ya hacía una semana que estaba de vuelta en casa, pero fue recibido con alegría por los míos. Para entonces, ya se habían terminado los chocolates que había traído de regalo. Por esos años, cuando no existía Internet, millones de postales en todo el mundo iban y venían todos los días en aviones, trenes y colectivos. En forma paralela, los enamorados se mandaban tarjetas con dibujitos amorosos, repletas de corazones, corazoncitos, lunas, estrellas románticas y personajes tan simpáticos como un peluche.Algunas de esas tarjetas, además, incluían textos ya impresos, lo que te resolvía todos los problemas, incluso los de ortografía. "Perdoná, no lo vuelvo a hacer jamás", fue una de las frases más exitosas para la venta, superando incluso a la clásica: "Hay algo que te quiero decir... pero no me animo".En Córdoba, muchos de esos personajes adorables que ilustraban esos cartoncitos llenos de buena onda eran creaciones de mi amigo Claudio Furnier, quien dibuja esos tiernos personajitos desde que era casi un niño para la empresa Tarjetas Junot. Ositos, pajaritos, conejos y todo tipo de animales entrañables salieron de su muñeca e inundaron toda nuestra ciudad y ciudades vecinas. A veces, también cruzaron el mar. El secreto de su enorme aceptación es que uno, al estar enamorado, se puede imaginar en la piel de un animalito tierno, y esa transferencia fue muy bien interpretada por este productivo creador de emociones.En barrio Los Granados teníamos una vecina que coleccionaba ese tipo de impresos. El método para conseguirlos era tener muchos pretendientes, pero ningún novio declarado, estrategia que acompañaba con frases oportunas en las americanas, como: "Me encanta que me regalen tarjetas". Fue tan buena la respuesta que obtuvo esta agraciada chica que hasta en la verdulería de la Ñata las vendían.¿En cuántas cajas de zapatos escondidas perduran aún esas tarjetas con frases de amor, saludos de cumpleaños, aniversarios o mensajes de aliento? ¿Cuántas eternas enamoradas aún las rescatan en un momento nostálgico para acariciar a ese oso de ojitos saltones que se parecía a su primer amor?Pero no todo fue pasión de pareja, porque estas tarjetas también se dedicaron al amor por los familiares, para los cuales se recuerdan frases como "Para el mejor papá del mundo" o "Madre hay una sola... y sos vos, mamá".El correo electrónico y las redes sociales han puesto en vías de extinción a las postales y las tarjetas afectuosas, pero hasta ahora no han podido conseguir la insuperable emoción que sentíamos al recibirlas.

