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Una mancha en mi trabajo

Un aspirante a peón rural de Charras respondió citando todo el capítulo bíblico de la destrucción de Sodoma y Gomorra, más la parte de los sueños del patriarca José cuando estaba en Egipto.

10 de noviembre de 2013 a las 01:22 p. m.
Una mancha en mi trabajo

De adolescente, el suizo Hermann Rorschach entintaba papeles y los encimaba para ver qué onda. Lo primero que descubrió fueron manchas. Cuando le puso más voluntad, empezó a pensar que podían ser pájaros o mariposas.

Sus compañeros de la secundaria de 
Zurich, en una gran muestra de originalidad, lo apodaron Kleck (“mancha”).

Desde entonces, Rorschach se dedicó a la pintura, primero, y a la medicina después. En 1909 hizo inmersión en la psiquiatría. Se entusiasmó con las ideas de Freud, las aplicó con su mirada del arte e introdujo el psicodiagnóstico, al basarse en los trabajos artísticos de neuróticos y psicóticos. Dicen que reclutaba a los primeros en la calle, y a los segundos en las oficinas de gobierno.

En 1917, publicó su tesis doctoral sobre una prueba de manchas que, al ser interpretadas por los pacientes que proyectan sus emociones, dejan entrever ciertos rasgos de su personalidad, ingenio, adaptabilidad o inteligencia.

Al poco tiempo, se le reventó en el bolsillo un cartucho para la pluma. Mientras llevaba el pantalón a la lavandería, observó las manchas y se vio a sí mismo entrevistando gente que quería entrar a trabajar a una receptoría telefónica –en el futuro, se llamaría call center –. Nacía el popular test de Rorschach.

Desde entonces, el que quiere pasar la prueba para acceder a un puesto de trabajo tiene que leer en la web los consejos para contestar el test de Rorschach.

Nunca me fue bien con eso. Jamás conseguía superar los psicométricos, ya que mi interpretación de las 10 tarjetas variaba entre “manchas de sangre percudidas en el piso del departamento de un asesino serial que de día trabaja en una empresa”, hasta “manchas de sangre chorreando por la pared después de que el gordito de la oficina se hartaba de que sus compañeros lo cargaran por su peso”.

Al parecer, no era lo que los psicólogos –ni los empleadores– quieren escuchar.

Recién conseguí superar el test cuando contesté, entre otras respuestas similares, que en una de las tarjetas veía “manchas de sangre de un psicólogo de cuya interpretación del test de Rorschach se cansaba un candidato a entrar a la empresa” que, vaya coincidencia, era a la que yo aspiraba a entrar en ese momento.

El récord de interpretación más corta del test lo tiene un candidato de Wisconsin, Estados Unidos, que, al ser interpelado con la primera tarjeta, contestó: “No sé”. La más larga la tiene un aspirante a peón rural de Charras que respondió citando todo el capítulo bíblico de la destrucción de Sodoma y Gomorra, más la parte de los sueños del patriarca José cuando estaba en Egipto y sus hermanos se morían de hambre.

Ninguno de los dos fue contratado.

Se desconoce si el psicólogo suizo estaría más orgulloso de ver cómo se utiliza su test para elegir puestos laborales en todo el mundo, o bien del doodle con el que Google lo homenajeó en la semana que pasó para celebrar el aniversario de su nacimiento, ocurrido el 8 de noviembre de 1884.

Ninguno de esos logros es menos popular que el otro.