Un mundo sin heterosexuales
La discusión no es equilibrada si se discute desde distintos planos: el de las creencias y el de los derechos. Edgardo Litvinoff.
¡Estamos perdidos! Ahora que se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, el país se encamina hacia un precipicio de corrupción, pobreza moral y otros defectos que nunca conoció.
¿Cómo enfrentaremos lo que se viene? ¿Cómo nos pararemos (en sentido metafórico) frente a los profesores que ahora enseñarán educación homosexual?
¿Qué le diremos a nuestro varoncito cuando llegue a casa y -criaturita de dios- nos cuente que en el colegio le enseñaron que ahora se puede poner de novio con su compañero de banco?
¿Cómo haremos para conseguir un turno heterosexual en el Registro Civil ante la avalancha de pedidos de casamiento gay que copará la agenda de fechas?
¿Cómo harán las personas de bien para seguir sacando a todos los chicos de la calle y darles un hogar decente, ahora que los homosexuales adoptarán? ¿Quién limpiará los vidrios de sus autos en las esquinas?
¿Qué canal de TV podrán ver los chicos ahora, que las cámaras ocultas con vedettes haciendo sexo oral a una persona del otro sexo, serán reemplazadas por degradantes noticias sobre bodas de travestis?
¿Qué se viene ahora? ¿La sanción del matrimonio poligámico? Parece que hay un proyecto en el Congreso, que contaría con la aprobación transversal de todos los legisladores masculinos. El eje del debate será, en este caso, por qué no se lo hizo antes.
Luego seguirá la ley de matrimonio poligámico gay , aprobado con celeridad porque, a esa altura, con la luz apagada, a todos los senadores les dará lo mismo.
Tras estos avances llegará el matrimonio igualitario entre especies, aunque el proyecto cuenta con la férrea oposición de la burra (tampoco a la mula le agrada, ya que dice tener malas experiencias con los casamientos mixtos).
Y, por fin, se autorizará el matrimonio con alienígenas, de tal manera que los ufólogos de Capilla del Monte puedan legalizar su situación.
Distintos planos. Parece mentira que todavía sigamos discutiendo la diferencia entre "matrimonio" y "unión civil", con todo lo que ese debate quiere decir en el fondo.
No se termina de entender tanto alboroto por algo que difícilmente modifique la realidad de una familia católica o de la sociedad en general, salvo en el aspecto de introducir una novedosa experiencia para ejercitar la tolerancia.
A decir, verdad, sí se entienden las reacciones. La flamante ley aprobada el jueves pasado, tal como sucedió con la del divorcio, hace 23 años, no cambiará demasiado la realidad pero sí la blanqueará y sacará a la luz tabúes que uno prefiere no ver. Eso siempre es traumático.
Pero, en especial, se trata de una enorme pérdida simbólica para instituciones como la Iglesia, que ven esfumarse parte de su poder para inmiscuirse en los asuntos del Estado. Y asisten a otro golpe de secularismo que contribuye a mellar la legitimidad popular de los dogmas precisamente porque, de manera errónea, ataron dicha legitimidad a su correspondencia con el cuerpo judicial.
La discusión no era equilibrada, ya que no se puede discutir desde distintos planos: en este caso, entre creencias y derechos.
A no preocuparse tanto: los creyentes de todas las religiones seguirán yendo a sus templos. Todavía quedan muchas incertidumbres.

