Educación. "True crime", "incels" y algoritmos: qué hay detrás de las comunidades que preocupan tras el tiroteo escolar
El especialista en ciberseguridad Enrique Dutra advierte que ciertos espacios online pueden reforzar el aislamiento, la fascinación por la violencia y la identificación con criminales, especialmente en adolescentes vulnerables.
El ataque armado ocurrido en una escuela de la localidad santafesina de San Cristóbal abrió un debate urgente sobre el impacto de las comunidades digitales en adolescentes y jóvenes.
El fenómeno de los llamados true crime communities (TCC), espacios virtuales donde se analizan crímenes reales, aparece cada vez con mayor frecuencia en investigaciones sobre violencia extrema, especialmente cuando se combina con situaciones de vulnerabilidad emocional o aislamiento social.
Enrique Dutra, especialista en ciberseguridad y perito forense en Córdoba, advirtió en diálogo con La Voz que el interés social por los crímenes reales no es nuevo, pero el ecosistema digital cambió la forma en que se consume ese contenido.
“Siempre existió el morbo por conocer casos policiales reales. La diferencia es que antes ese contenido estaba en la televisión o en el cine y el público no podía interactuar. Hoy, en plataformas como Telegram, Discord o Reddit, las personas pueden participar, opinar y vincularse con otros usuarios que comparten esos intereses”, explicó.
Según el especialista, la posibilidad de anonimato facilita la creación de perfiles falsos y la circulación de contenidos sin filtros claros. “En estas plataformas hay grupos de todo tipo: desde espacios donde se analizan casos criminales hasta otros donde se comparten imágenes muy violentas o se discuten estrategias utilizadas en delitos reales”, señaló.
Del consumo al involucramiento
El especialista aclaró que el problema no radica únicamente en la existencia de estas comunidades, sino en la forma en que determinados perfiles psicológicos pueden vincularse con ese contenido.
“La mayoría de las personas consume este material por curiosidad o morbo y luego se retira. Pero en algunos casos, especialmente en adolescentes con aislamiento social o frustraciones personales, puede generarse un proceso de identificación con los agresores”, sostuvo.
En ese sentido, Dutra mencionó la presencia de grupos asociados a ideologías violentas o discursos de odio, como los denominados incels (célibes involuntarios), que se caracterizan por una visión negativa de la sociedad y una fuerte victimización personal.
“Se trata de perfiles retraídos, que sienten rechazo social y buscan pertenencia en comunidades donde se refuerzan ideas de resentimiento o superioridad. En algunos casos se genera empatía con figuras criminales que son glorificadas dentro de estos espacios”, explicó.
El rol de los algoritmos
Otro de los factores señalados por el especialista es el funcionamiento de los algoritmos de recomendación, que tienden a ofrecer contenido cada vez más extremo a quienes muestran interés en determinadas temáticas.
“El algoritmo busca que el usuario permanezca en la plataforma. Si una persona empieza a ver contenido violento, es probable que reciba cada vez más material de ese tipo. En algunos casos, el usuario puede terminar expuesto a imágenes o relatos muy crudos sin ningún tipo de filtro por edad”, indicó.
Este fenómeno puede generar una progresiva naturalización de la violencia, especialmente en adolescentes que pasan muchas horas conectados.
“Las redes permiten interactuar con otras personas que comparten estos intereses y eso puede derivar en desafíos o dinámicas grupales que refuerzan determinadas conductas”, agregó.
Grupos cerrados y radicalización
El especialista también mencionó la existencia de comunidades más cerradas, como grupos identificados con códigos numéricos como “764”, que combinan discursos nihilistas, odio social y estrategias de aislamiento.
“Son espacios de difícil acceso, muchas veces por invitación. Allí se refuerzan ideas negativas sobre la sociedad, se normaliza la violencia y se promueve el aislamiento de quienes participan”, explicó.
Según Dutra, a diferencia de redes sociales más abiertas, plataformas como Telegram presentan mayores dificultades para el control de contenidos ilegales.
“Telegram no tiene los mismos mecanismos de moderación que otras redes. Se pueden encontrar contenidos vinculados a delitos, estafas o material sensible sin mayores restricciones”, indicó.
Señales de alerta para las familias
Para el especialista, la prevención requiere un rol activo de las familias y de las instituciones educativas, especialmente en la detección temprana de cambios de comportamiento.
“Las señales de alerta pueden ser el aislamiento social, la aparición de discursos de odio, el resentimiento o cambios marcados en el estado de ánimo. Muchas veces los docentes detectan estas modificaciones antes que los propios padres”, explicó.
Dutra sostuvo que la respuesta no debe centrarse únicamente en la prohibición del uso de tecnología, sino en el acompañamiento y la comprensión de los entornos digitales que utilizan los adolescentes.
“Si el adulto se posiciona desde la prohibición absoluta, el joven probablemente oculte su actividad. Es importante dialogar, conocer qué plataformas utiliza y comprender cómo funcionan”, explicó.
El especialista también advirtió sobre otros riesgos digitales que suelen afectar a adolescentes, como el acceso a apuestas ilegales o situaciones de grooming, donde los cambios de conducta pueden ser una señal temprana de alerta.
El caso de San Cristóbal puso en evidencia la necesidad de abordar el fenómeno desde distintas dimensiones: salud mental, convivencia escolar, acceso a armas y entornos digitales.
El consumo de contenido violento no convierte automáticamente a una persona en agresor. Pero cuando se combinan vulnerabilidad emocional, aislamiento social y exposición prolongada a este tipo de material, el riesgo aumenta”, concluyó Dutra.



