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Todas las madres son judías

A decir verdad, casi todas las madres son judías, y acaso el estereotipo de “idishe mame” conjugue todos los rasgos que derivan de la preocupación exagerada por los hijos, en cada cultura.

20 de octubre de 2013 a las 02:12 p. m.
Todas las madres son judías

De pequeño fui flaco, una maldición para una madre judía, quien sólo ve chicos saludables si son gorditos.

Para ellas, un hijo delgado es sinónimo de un hijo enfermo. Mucho más grave es que tal condición pudiera haber sido la consecuencia del desai­re hacia algunos de los alimentos que ellas –con tanto amor y sacrificio– cocinaban para el engorde de la prole. Era preferible que la delgadez obedeciera a un parásito en el estómago, antes que a comer poco porque no te gustara su comida.

Es que el buen hijo judío siempre tiene hambre para la comida de su madre. Así empezó mi problema de colesterol y ácido úrico.

Lo curioso es que la norma es ahora inversa para los nietos: a ellos les prepara sólo lo que les gusta.

En la última cena del Día del Perdón, mi madre me hizo probar el guefilte fish , los knishes de papa, los pepinos en salmuera, empanaditas de queso, borsch de remolacha, ensalada de arenque, humus, varenikes de papa, sopa de pollo, pasta de berenjena, lengua a la vinagreta y milanesas en escabeche. Al final trajo torta de miel, pero ya no me entraba nada, así que la rechacé.

–Seguro que estuviste comiendo porquerías antes de venir –reprochó.

Además de un hijo flaco, para una madre judía no hay nada peor que un hijo desabrigado.

Por eso, las tres cuartas partes de mi mochila para los campamentos infantiles era ocupada con tres pulóveres, campera, buzo y calzoncillos largos por si refrescaba. Y eso que era verano.

La madre judía tampoco puede dejar que su hijo vaya a un campamento sin linterna, taper con comida, piloto, paraguas, alcohol en gel, guantes, gorro (de lana), brújula, pañuelo, esponja, botas de lluvia y alicate para uñas.

Gracias a ese sobrepeso empezó mi problema de columna. A la madre judía dale una hernia de disco –que no se ve a simple vista y no provoca comentarios de sus amigas– ¡pero nunca un resfrío traído de un campamento para el cual ella preparó la mochila!

Las madres judías son muy especiales a la hora de alentar a sus hijos. Recuerdo cuando llegaba contento del colegio porque me había sacado una buena nota:

–¡Mamá, mamá, me saqué un 9!

–¡Bien hijito, bien! –decía ella–, vamos todavía, vamos que la próxima hay que recuperar ese puntito perdido...

A decir verdad, casi todas las madres son judías, y acaso el estereotipo de la idishe mame conjugue todos los rasgos que derivan de la preocupación exagerada por los hijos, en cada cultura.

Ningún otro ser vivo es capaz de llamarte por teléfono sólo para decirte que está tan mal –pero tan mal– de la garganta, que no puede hablar. Te avisa, por las dudas que intentaras llamarla –“algo que no pasa muy seguido”, te recuerda– y ella no pudiera contestar, ya que no puede hablar.

Feliz día a todas y todas.