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Tiempos de militancia

Militábamos por vocación, sin esperar un puesto en la Afip o en Aerolíneas.

04 de febrero de 2017 a las 12:01 a. m.
Tiempos de militancia
Estudiantes. La militancia tras el regreso de la democracia en la UNC.

Una buena parte de los nacidos en la década de 1960 en este país tuvimos que sortear dos difíciles situaciones que bien podrían calificarse como traumáticas: primero, ser hijos o sobrinos de hippies (practicantes o frustrados, da lo mismo); segundo, pasar la adolescencia durante la década más oscura y violenta del siglo pasado en nuestro país.

De lo primero, zafamos a puro corazón y resistencia. El amor por nuestros padres y tíos nos hizo tolerar las picaduras de hormigas y mosquitos de tantos improvisados pícnics; nos hizo aguantar la dureza del piso de una combi VW, un Mehari o un Citroën utilitario, superficies sobre las que dormíamos muy seguido al costado de un fogón interminable, donde estábamos obligados a tolerar esas canciones mal entonadas por nuestros mayores.

En ese contexto, nos acostumbramos a subsistir hasta tres o cuatro días seguidos a pura galletita de agua y picadillo, entre otros sacrificios no menores.

De lo segundo, zafamos a pura pasión y desquite. El retorno de la democracia nos agarró con la edad justa, a fines del secundario o comienzos de la universidad. Estábamos obligados a reorganizar la política, llamados a renovar las instituciones; nos urgía recuperar el tiempo perdido.

Sin embargo, estábamos muy flojos de papeles. La represión de la dictadura militar había vaciado de contenido las currículas, incendiado bibliotecas y asfixiado hasta la quiebra a las otrora gigantes editoriales que publicaban libros de pensamiento. Demasiado para los que sabíamos tan poco y queríamos hacer tanto.

Pese a ello, para una buena parte de nuestra generación, la militancia fue una vía obligada, un camino por transitar sí o sí para fortalecer el rumbo elegido, para hacer realidad un deseo colectivo sintetizado en dos palabras: “Nunca más”.

Como a muchos estudiantes de Ciencias de la Información, en la llamada “Escuelita” de la Universidad Nacional de Córdoba, a mí me tiró militar en Franja Morada, propietaria exclusiva del centro de estudiantes durante toda la década de 1980 y poblada de chicas tan bellas que te hacían firmar la ficha de afiliación con una sola sonrisa.

Desde ese puesto, además de cargarnos de ideas, salíamos casi a diario a poner nuestro granito de arena: ayudábamos a inundados, ofrecíamos talleres en sectores carecientes, atendíamos a evacuados y todo cuanto lo que nos demandaran los necesitados. Y lo hacíamos por vocación. No esperábamos a cambio un puesto en la Afip ni en Aerolíneas Argentinas.

Esa militancia no fue exclusiva; nos unió a casi todos los jóvenes con inquietudes: los chicos peronistas con los radicales, los intransigentes con los “troscos” y hasta los comunistas con los demócrata-cristianos. Por entonces, no existía ninguna “grieta”; todos estábamos del mismo lado: defendíamos un sistema de gobierno al que queríamos para siempre.

Así, los seguidores de Raúl Alfonsín compartíamos choripaneadas y rondas de guitarra con la JP, apurábamos damajuanas con los admiradores del “Bisonte” Oscar Allende y nos sorprendía la madrugada en encendidos pero amistosos debates con los chicos de la Upau, que eran los militantes que más se acercaban a lo que algunos conocen como “derecha”.

Juntos, a fuerza de manifestaciones, peñas estudiantiles, asambleas y elecciones de delegados estudiantiles, fuimos tejiendo los cimientos de un edificio que, pese a la corrupción y otros males, se mantiene aún en pie y, a duras penas, alimenta hasta ahora la esperanza de un tiempo mejor, tal vez el mal necesario que sostiene a toda sociedad.