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Tengo un amigo piamontés

No hace falta acudir a Freud para saber qué quieren decir en realidad los que recurren a estas comparaciones “humorísticas”. Edgardo Litvinoff.

09 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Tengo un amigo piamontés

Cada vez que alguien intenta justificar su creencia de que los judíos son avaros, o pretende arreglar una metida de pata respecto a ese prejuicio, acude a una fórmula infalible: decir que los piamonteses son iguales, o peores. Los comentarios desafortunados reaparecieron hace pocos días, al difundirse una encuesta de la Daia (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) que mostraba los altos niveles de prejuicio hacia los judíos por parte de la sociedad argentina.Los "caritativos", que viven regalando al prójimo todo lo que tienen, impulsan una competencia no declarada entre ambas comunidades, arrogándose la misión de detectar, comparar y difundir mezquindades ajenas. Lo hacen, por lo general, a través de originalidades nunca antes escuchadas como "¿Qué diferencia hay entre un bebé judío y uno piamontés?", o "¿Cuál de los dos es capaz de vender a su madre, y cuál, además, la entregaría?". Tradición. Los piamonteses no tienen una mala fama de dos mil años ni arrastran con la culpa de haber matado a Cristo: los ataques contra ellos se limitan al aspecto monetario, mientras que los judíos lideran la tabla en cantidad y calidad de mitos. Pero esto no aminora la responsabilidad de quienes se las agarran con los piamonteses ni merma la molestia que estos comentarios seguramente les ocasionan. Por suerte hay un sentido del humor, en ambas colectividades, que trasciende ese tipo de iniquidades y, de alguna manera, las sana. Pero no suele ser la regla: no hace falta acudir a Freud par a saber qué quieren decir en realidad los que recurren con frecuencia a estas comparaciones "humorísticas". Los tucumanos son ladrones; los santiagueños, vagos; los peru anos, narcos; los bolivianos, sumisos; los chilenos, fachos; los estadounidenses, opresores; los gallegos, brutos; los franceses, delicados; las mujeres, putas; los ricos, desalmados; el dinero, sucio (salvo cuando se trata del propio). Parece elemental decir que discriminar es un camino peligroso (o que la generalización es la certeza de los ignorantes), pero demasiada gente todavía no sabe cómo no hacerlo.Afortunadamente para los que no aprenden, están los piamonteses, piedra de toque para disimular y aclarar que uno no quiso mostrar que los judíos son tan tan porque hay otros que son muy muy. Una buena fórmula para distribuir la carga del prejuicio y hacer que ninguno resulte tan pesado para la conciencia.A ver quién tira el mejor chiste .