
Daniel Carunchio, el embalsamador de expresidentes, jueces, artistas y “miles de doña Rosa”
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Redacción La Voz
Un cuerpo puede representar un riesgo sanitario incluso en un velatorio. Para evitar esto existe la tanatopraxia, una especialidad que lejos de los mitos y prejuicios, se centra en la desinfección y conservación para evitar contagios y permitir la despedida de un ser querido en condiciones seguras.
Daniel Carunchio fue subdirector de la morgue de la Facultad de Medicina de la UBA durante 15 años y hace tres que es docente en la Universidad Maimónides de Buenos Aires.
Esta semana estuvo en la ciudad de Córdoba dictando un curso sobre la disciplina. Como experto en el área con 40 años de oficio explicó en qué consiste su trabajo y cómo ayuda a que un cuerpo pueda ser exhibido.
“La gente cree que la tanatopraxia o el embalsamamiento es abrir un cuerpo y llenarlo de paja. Un error, un mito total. Nosotros evitamos que haya contaminación porque esa persona fallecida puede tener una enfermedad infectocontagiosa que no sabemos y que se puede propagar durante el velatorio”, asegura a La Voz.
Además de evitar contagios y dejar el cadáver en condiciones de exhibición, Carunchio remarca los aspectos estéticos y emocionales: “evitamos el derrame de líquidos, los olores, pero también recuperamos el color natural del cuerpo y las facciones de la persona. Eso ayuda mucho en la elaboración del duelo de las familias”.
A grandes rasgos, el procedimiento de trabajo en la tanatopraxia es similar al de una diálisis. Primero se realiza un proceso de desinfección externa y luego sobre el cuerpo se realizan masajes para liberar la rigidez cadavérica, es decir, darle temperatura y movilidad a las articulaciones para que puedan moverse con normalidad.
“Luego determinamos el punto de inyección: una incisión de dos centímetros en la axila, la vena femoral, la yugular o donde se decida para que con una bomba se reemplace el fluido sanguíneo, que es el que genera la descomposición, por productos químicos que le dan al cuerpo su color natural, lo conservan, lo humectan y lo desinfectan”.
Estos métodos de tanatopraxia o embalsamamiento varían un poco según el destino que tenga el cadáver. Algunos tienen un fin funerario, es decir, se exhiben en un velatorio convencional, otros son para un uso académico y otros se preparan para un fin médico legal.
“Hacemos la conservación de cadáveres completos o de piezas anatómicas para que los estudiantes trabajen con material en condiciones donde puedas distinguir un tendón de un músculo, una arteria o una vena, y no con partes formolizadas o quemadas que pierden su coloración natural, su movilidad articular o su fisonomía”.

Respecto del último destino de un cuerpo, Carunchio explica que se aplican estas técnicas para casos importantes donde la Justicia interviene para determinar la causa de muerte, pero las pericias son dudosas.
“La tanatopraxia permite conservar por el período que se precise esa pieza anatómica. Si ese cuerpo pasó por la morgue y lo liberaron, nosotros podemos prepararlo y cuando el médico quiera hacer una segunda necropsia, lo va a encontrar igual que el primer día”, aclara.
También es necesaria la tanatopraxia para los casos en que un cuerpo debe trasladarse a otro espacio físico porque la persona no falleció en su lugar de origen. De hecho, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) exige que todo cadáver que es trasladado de un país a otro tiene que llevar un tratamiento de tanatopraxia.
Si bien la técnica es lo que más pesa en este oficio, el trato con las personas es clave ya que la principal relación del tanatopráctico es con familias que están pasando un momento de abrumadora angustia.
“Uno busca que pasen lo mejor posible ese momento de dolor. Muchas veces al preparar un cuerpo me comunico con la familia para preguntarles si hay algo que quieran modificar, agregar o eliminar. Que esté más sonriente, que tenga puestos los anteojos o que las uñas estén pintadas. Son pequeños detalles que los reconfortan”, dice Carunchio.
El especialista reconoce que se trata de un trabajo poco visibilizado y asegura que es porque la muerte sigue siendo un tema tabú. “La gente no quiere hablar de la muerte porque es llamarla o atraerla, lo evitan. Hoy se prioriza el seguro del auto o la casa por encima del de sepelio que le da seguridad y respaldo a la familia”, comenta.
Por asociación, la tanatopraxia también se convierte en un tema a evitar pese a ser un trabajo necesario para la sociedad. Así es un oficio del que poco se habla y poco se conoce y así los velatorios se suceden sin que la manipulación de los cadáveres tenga los cuidados y precauciones necesarias.
“Todas las salas funerarias deberían tener salas de tanatopraxia y estar a cargo de un tanatopráctico. Lo lógico es descontaminar un cuerpo antes que exhibirlo y no que lo haga cualquier persona. Pero es difícil que la gente acepte, muchos creen que abrimos los cuerpos y vendemos los órganos, entre otros mitos”, argumenta el experto.
Para formarse como tanatopráctico no es necesario estudiar medicina previamente, sino que cualquier persona puede capacitarse.
En la Universidad de Maimónides se dictan diplomaturas de cuatro y seis meses y también cursos intensivos en funerarias que trabajan en el área. También existen diplomaturas online con encuentros presenciales al final del cursado para alumnos de otras provincias.

Aunque depende de la empresa y de la cantidad de servicios que se realicen, quien se desempeñe en esta área puede alcanzar un sueldo que parte de los dos millones de pesos. Actualmente un tratamiento de tanatopraxia cuesta unos 400 mil pesos.
“Quien quiera estudiar esto solo tiene que tener ganas y vocación. Hay mucha gente que viene a estudiar porque pasó por un mal momento cuando despidió a un ser querido y se llevó un mal recuerdo, entonces buscan que nadie más pase por lo mismo”, cuenta.
En ese sentido sostiene que su oficio se centra en ayudar a la gente: “Buscamos que el último adiós sea algo digno donde se valore la vida que transcurrió”, cierra.