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Ciudadanos

Fenómeno. El “síndrome de la red social”: cómo la lógica digital se traslada a los vínculos humanos

Un informe de Club de Solteros identificó un patrón crítico de comportamientos que dificultan la construcción de nuevos lazos sociales en adultos de entre 30 y 45 años. Especialistas explican cómo afecta la construcción de amistades y parejas.

06 de junio de 2026, 17:22
El “síndrome de la red social”: cómo la lógica digital se traslada a los vínculos humanos
Mónica Polenta y Ariel Tropea cuentan sus experiencias en el intento de iniciar nuevos lazos sociales.

Forjar vínculos nuevos o sostener los ya existentes, se volvió un desafío con el contexto mundial actual. Mientras que la hiperconectividad agudiza el aislamiento social y la lógica de la productividad constante le quita tiempo a la socialización, la OMS ya advierte que una de cada seis personas sufre soledad.

Como antídoto momentáneo, los espacios que fomentan el encuentro cara a cara y la reconexión social proliferaron con fuerza en los últimos años. Pero el problema es más profundo y estructural, por lo que estas ofertas parecen no ser suficientes.

Club de Solteros es una organización nacida en Córdoba que lleva una década analizando el comportamiento de personas sin pareja para ayudarlas a reconectar con su vida social a través de la interacción en bares, a través de la sincronización de las agendas de los participantes.

Este trabajo los llevó a detectar un patrón crítico en individuos de entre 30 y 45 años. “Sin distinción geográfica, este grupo etario está convirtiendo el lenguaje de las redes sociales en su marco cognitivo para procesar las relaciones humanas, algo que obstruye la construcción y el mantenimiento de nuevas amistades en la presencialidad”, explican.

Comportamientos detectados

Esta lógica relacional la observan en cinco comportamientos sistemáticos. Uno es la erosión de la atención y escucha activa, donde la capacidad de sostener diálogos profundos en la comunicación cara a cara se reduce ante la necesidad de estímulos constantes y de que el interlocutor capte la atención de manera inmediata.

También mencionan una baja tolerancia a la construcción de lazos afectivos con la inmediatez digital condicionando a las personas a buscar gratificación instantánea en la amistad y perdiendo así de vista la constancia, tiempo y compromiso que requieren los vínculos sólidos.

Otro punto destacado es la socialización como carga logística frente a la productividad. Las agendas saturadas y la fragmentación del tiempo transforman la interacción social en una variable secundaria y de postergación sistemática dentro de una lógica de eficiencia productiva.

La “objetivación” del otro implica que el contacto físico y la persona real se procesan bajo el criterio de un “perfil” digital. Si el interlocutor no genera un valor de interés o utilidad inmediato, se lo excluye de planes futuros, anulando la posibilidad de conocerlo genuinamente.

Por último mencionan la mecanización del descarte ya que las dinámicas virtuales como el ghosting se trasladan a los encuentros sociales presenciales con la normalización de cancelaciones de asistencia a último momento sin percibir ningún costo social o ético.

Desde el Club de Solteros sostienen que estos comportamientos tienen tres efectos progresivos: una ansiedad social que dificulta la interpretación del lenguaje no verbal y la gestión de los silencios; una soledad estructural por la sensación de vacío persistente pese a mantener actividad en línea; y una fragilidad de las comunidades al priorizar el bienestar individual por sobre la construcción colectiva.

“El avance de la IA nos exige recuperar lo esencial: la conexión real que ninguna pantalla puede reemplazar. Ahora tenemos una gran oportunidad para sacarnos el chip digital y reconocernos como personas y en este proceso debemos ser pacientes para construir vínculos, porque estuvimos reprogramados por mucho tiempo para ver al otro como un contenido y no como un igual”, dice a La Voz Ivana Franco, presidenta de Club de Solteros.

El desafío de conocer gente nueva

“Es muy difícil relacionarse con la gente, no saben conversar. No hay un real interés en conocerte, es todo bastante superficial tanto para los vínculos amorosos como de amistad. Además falta atención porque te preguntan varias veces lo mismo, porque están enfocados en otras cosas”, expresa a este medio Mónica Polenta (45), participante de Club de Solteros.

Aunque rescata que estas reuniones le dieron una amiga entiende que falta tolerancia y ganas de seguir intentando a la hora de forjar un nuevo vínculo. “Hay muchos requisitos: tenés que ser hegemónico, mostrable, no tener ningún tipo de problema, contar con alguna solvencia económica y en lo posible, no tener hijos”, describe.

Mónica Polenta (45) participa de eventos para conocer personas y cuenta las dificultades del proceso.
Mónica Polenta (45) participa de eventos para conocer personas y cuenta las dificultades del proceso. (José Gabriel Hernández/La Voz)

Daniel Tropea (45) cuenta que sufrió varias cancelaciones a último momento de parte de grupos y con posibles relaciones sexoafectivas. “Construir un vínculo con alguien es invertir tiempo y muchos no tienen la voluntad de buscar ese tiempo. Salir de ese lugar de confort molesta y ya no quieren actuar para conocer a una persona nueva”.

También reconoce que la comunicación es clave y que es necesario desligarse de una actitud defensiva. “Iniciar una conversación es muy fácil y debería darse de forma más natural. No tenemos que ir con prejuicios porque a veces por política o religión te descartan pero hay muchos otros temas de conversación que se pueden abarcar para conocer a alguien”.

Ariel Tropea (45) reconoce la "falta de continuidad" a la hora de conocer gente.
Ariel Tropea (45) reconoce la "falta de continuidad" a la hora de conocer gente. (José Gabriel Hernández/La Voz)

Para Mónica Aguilera (45) lo que impide que los lazos prosperen es la falta de autenticidad y la incapacidad de mostrarse vulnerables. “Cuesta conocerse porque las personas no se abren, la mayoría pone un filtro o una careta y eso no deja que se formen amistades o parejas reales”.

Y suma: “Hoy cuesta mucho socializar por un montón de factores: seguridad, tiempo, dinero. Pero también faltan ganas para seguir viéndose para forjar los vínculos y hay mucha irresponsabilidad de quienes van a reuniones que no avisan con tiempo que van a faltar”.

La presencialidad como resistencia

Consultada sobre el diagnóstico planteado por el Club de Solteros la licenciada en psicología Cecilia Taburet sostiene que las conductas observadas en la forma de socializar de adultos de entre 30 y 45 años resuena con fuerza en la práctica clínica y refleja que hoy existe una “dificultad neurótica de tolerar la alteridad”.

“El encuentro con el otro exige tiempo, traslado, disponibilidad corporal y, sobre todo, la aceptación de que no todo puede ser controlado de antemano. Por eso la decisión de asistir a un encuentro presencial con desconocidos adquiere un carácter casi subversivo. No es mero entretenimiento, es un acto de resistencia psíquica”, expone.

Mónica Polenta (45) participa de eventos para conocer personas y cuenta las dificultades del proceso.
Mónica Polenta (45) participa de eventos para conocer personas y cuenta las dificultades del proceso. (José Gabriel Hernández/La Voz)

Para la terapeuta el lazo cara a cara sigue siendo insustituible: “Es el único espejo real donde la condición humana puede reconocerse, alojarse y curar su soledad. Allí no hay algoritmo que filtre las imperfecciones del discurso, ni posibilidad de editar el gesto incómodo y es en esa vulnerabilidad compartida y no programada, donde emerge la empatía real y se debilita el aislamiento”.

La presencialidad incorpora, según Taburet, ansiedad frente a la exposición y angustia ante la falta de garantías. Ambas sensaciones son el síntoma de una acentuada fragilidad para tolerar la frustración y la alteridad.

“Si el sujeto no es acompañado a interrogarse ese malestar previo, la respuesta automática será siempre el repliegue: cancelar a último momento, hacer ghosting o refugiarse en la pantalla para calmar momentáneamente el displacer, cronificando el aislamiento. El desafío clínico consiste en alojar y elaborar la angustia y ansiedad en lugar de evitarlas”, cierra.

La vulnerabilidad como “eslabón perdido”

La socióloga e investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (Ciecs) de la UNC, María Inés Landa, también coincide en que el encuentro cara a cara y su imprevisibilidad se volvió, para muchos, una fuente de ansiedad en lugar de un alivio.

“Las lógicas algorítmicas y de mercado del deseo elevan los estándares de lo deseable y profundizan la frustración porque no toleran, precisamente, aquello que constituye lo humano en su radicalidad: la vulnerabilidad y la fragilidad como condición constitutiva de nuestra existencia”, explica la profesional.

Ariel Tropea (45) reconoce la "falta de continuidad" a la hora de conocer gente.
Ariel Tropea (45) reconoce la "falta de continuidad" a la hora de conocer gente. (José Gabriel Hernández/La Voz)

Y agrega: “la cultura digital, en cambio, nos entrena para ocultar esa vulnerabilidad porque la fragilidad no se optimiza: se padece, se comparte, se cuida. Si la fragilidad es constitutiva de lo humano, ¿por qué la hemos convertido en lo inabordable, en lo inaceptable, en aquello que debemos ocultar?”.

Siguiendo la línea de los trabajos de campo que Landa realizó en sus investigaciones, hay una paradoja en evitar la fragilidad ya que los vínculos que realmente sostienen a las personas en contextos de precariedad no son los que funcionan bajo la lógica de la eficiencia y el rendimiento, sino los que habilitan la “mostración de la vulnerabilidad sin castigo”.

Por último, la científica hace una distinción entre la atención capturada y la atención cultivada. Mientras la primera es la que la lógica digital fomenta con un diseño persuasivo para captar nuestra atención de forma fragmentada y reactiva, la segunda es la necesaria para el vínculo afectivo.

“Es aquella que se sostiene en el tiempo, no huye del vacío, tolera la incomodidad del silencio y se ejercita en prácticas analógicas, corporales, de contacto y lentitud. Esta atención capturada hoy está másivamente incentivada porque genera ganancias, mientras que la atención cultivada, al no ser tan rentable, tiende a desatenderse”, cierra Landa.