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La sed empieza a inquietar la agenda cordobesa

La escasez de agua en las regiones más habitadas que rodean a la capital provincial hizo que este tema, que desvela al mundo, aparezca por fin entre las propuestas políticas de cara al futuro.

21 de diciembre de 2011 a las 11:23 a. m.
Fernando Colautti y Guillermo Lehmann
La sed empieza a inquietar la agenda cordobesa

Dicen, los que dicen saber, que el acceso al agua potable será una de las cuestiones estratégicas y vitales del mundo por venir. En Córdoba, las crisis hídricas de los últimos años en algunas de sus regiones han generado que, por lo menos, el tema se instale en la agenda pública.

En la campaña electoral provincial reciente, los dos candidatos a gobernador más votados plantearon la idea de crear un Ministerio del Agua, propuesta impensable años atrás para una dirigencia política que no supo prever que ya no alcanza con esperar que llueva.

A Córdoba no le sobra nada de agua. Aunque, en buena parte, parece haberse comportado como si se tratara de un recurso inagotable.

Nunca lo fue. Lo saben bien los cordobeses del sur, donde muchas localidades ni siquiera tienen redes de agua corriente, porque el arsénico presente impide su potabilización. Y los cordobeses del norte, donde la escasez y aridez, más una economía empobrecida, les complicó siempre el acceso a ese recurso.

La crisis hídrica es hoy tema de agenda, sobre todo en el Gran Córdoba y en sus zonas cercanas de Sierras Chicas y Punilla. Son las áreas más pobladas de la provincia y las de mayor crecimiento demográfico en la última década.

Puede sonar simple: allí creció de modo notorio la demanda de agua, sin obras que hayan acompañado ese proceso. Además, mientras la demanda se elevó, se redujo la oferta, por falta de criterios de sustentabilidad ambiental en las cuencas donde nacen los ríos y arroyos que nutren los lagos.

Este año fue Salsipuedes, en las Sierras Chicas, la localidad más complicada por la cosfalta de agua. Su arroyo y sus napas directamente se secaron, las obras de auxilio no llegaron a tiempo y sus 10 mil habitantes deben conformarse con que un camión les deje algo, un par de veces por semana.

Esos malabares tienen rostro humano. Alejandro Farías acumula 20 baldes y dos tachos de 200 litros frente a su casita, en las afueras del pueblo, para acopiar agua, cuando puede conseguirla. De la canilla, hace meses que no se escapa ni una gota. El grupo familiar lo componen 11 integrantes, en tres precarias viviendas. “Durante este año, tuvimos que pedir agua muchas veces a un vecino que tenía más. Algunos nos vamos a otra casa a bañarnos, o pedimos aunque sea de a baldes”, contó. Alejandro apunta que nació en ese lugar y que nunca vio una situación similar. “Ahora está todo seco. Y ya nos vamos acostumbrando a la sequía. Usamos muy poco para  añarnos; el agua sucia la usamos para lavar ropa. La cuidamos mucho”, agrega con resignación.

Mirar el cielo. Si Córdoba sólo debe mirar al cielo para tener agua, es porque está en problemas. Lo que se derrochó y no planificó en décadas, ahora pasa factura. Y no se trata sólo de mayor demanda por más habitantes.

Hubo agua derrochada en riegos ineficientes y descontrolados: por caso, la Capital depende, en gran medida, de un lago (el San Roque) al que para consumo humano se le extraen 4.500 litros por segundo. Pero hasta hace un año se le sacaban hasta ocho mil por segundo para regar canales del “cinturón verde”, que perdían gran parte del caudal en el camino.

Hubo agua que faltó por crecimientos urbanos no planificados, sobre todo en la zona serrana, que debería ser la más cuidada como el “tanque” de esta provincia. Los negocios inmobiliarios florecieron en Punilla y en Sierras Chicas, pero sin medir su sustentabilidad en servicios ambientales.

Hubo agua que se perdió por el deterioro ambiental de las cuencas hídricas: sobrepastoreo, deforestación, incendios, avance de plantaciones exóticas sobre nativas y ocupación ocupación con urbanizaciones y emprendimientos sobre las sierras causan la degradación del suelo, que absorbe cada vez menos agua. Las lluvias, en vez de infiltrarse en las vertientes serranas para mantener los arroyos en los meses de sequía, escurren más por las laderas lavadas. Sin pastizales ni bosques nativos, el impacto no sólo se ve en la cantidad sino en la calidad del agua que “baja”.

El valor. Volvamos a Salsipuedes. Una historia personal ayuda a dimensionar eso que valoramos sólo cuando no lo tenemos. En barrio Cerro del Sol, Cristina Campos controla la marcha de su viejo lavarropas. El agua con la que lava está completamente negra, pero no la tira: la reutiliza en baldes en los que refriega otra ropa de sus hijos. “Acá nos dan agua cada cinco o siete días y se nos acaba en dos o tres. Tenemos que ir a buscar en tachos y bidones a un arroyito a 200 metros, pero no sirve para tomar”, comenta.

Vive en una precaria casa en las afueras del pueblo. “Este año me enfermé unos días y no pude ir a pedir agua; esos días, los chicos no fueron al colegio porque tenían toda la ropa sucia; apenas pudimos comprar unos bidones para tomar y comer, pero no para lavar”, relata.

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