El sacrificio y la felicidad
Kimey llora. Estuvo casi todo el tiempo dormida pero quizás tiene hambre. Antonia le dice a la madre: “Dale la tetita”.
“No es fácil criar a un chico, no”, le explica Antonia a Ayelén, que le da a su niña para que la tenga en brazos. La bebé se calma. Quizás no sepa que quien la carga es su trastatarabuela, pero no hay dudas de que siente su amor. “Sé que tengo un privilegio que casi nadie ha tenido”, confiesa Ayelén.
“Me gustan los niños porque tener hijos no es deshonra. Siempre se puede criar un hijo aunque se sea muy pobre”, asegura Antonia. Le cuenta historias de hace 70 u 80 años con naturalidad y una increíble precisión.
“Yo hachaba los árboles y mi marido picaba la leña. Hago mal en decir, pero he trabajado mucho. No teníamos agua y a mi marido se le ocurrió cavar un pozo. Y yo lo ayudaba sacando los baldes de tierra. A él se le acalambraron los pies y todo el cuerpo dentro del pozo. Estábamos solitos, solitos. Lo tuve que agarrar del cinto con un palo, se me quebraron las uñas. Pero con el palo lo saqué y lo pude salvar. No se podía dar vueltas solo. No había a quién llamar”, cuenta.

