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Rondas de guitarra

Se puede decir que una antecesora del karaoke fue la ronda de guitarra. En tiempos en los que no había mucha tecnología, este noble instrumento con forma de mujer permitía horas interminables de diversión entre amigos.

08 de noviembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Rondas de guitarra

Se puede decir que una antecesora del karaoke fue la ronda de guitarra. En tiempos en los que no había mucha tecnología, este noble instrumento con forma de mujer permitía horas interminables de diversión entre amigos.

La extensa sobremesa de un asado de domingo o el trasnoche hasta el amanecer después de una choripaneada tenían casi siempre una guitarreada como sostén.

"Tocá una que sepamos todos", era la frase que más se escuchaba en cada pausa de esas reuniones. Y entre las que sabíamos todos estaban Lunita tucumana , Zamba de mi esperanza , El extraño de pelo largo , las canciones de Sandro y los primeros éxitos del rock nacional, como La balsa.

"Te doy Dios, quieres más ¿es que nunca comprenderás a un pobre pibe? Esas motos que van a mil, sólo el viento te harán sentir, nada más, nada más...", ladrábamos a coro el inmortal Seminare con los chicos de barrio Los Granados, al compás de la guitarra de Carlitos Carranza, que era el músico de la cuadra y hasta tenía temas propios, como la inolvidable Canción sin protocolo .

Con los chicos del Normal Superior Garzón Agulla, con los que compartí el secundario, preferíamos enfocarnos más en los éxitos de Vox Dei. Han quedado para la leyenda aquellos fines de semana en la casita de campo que tenía en Anisacate el padre Javier Soteras. En ese bello lugar de las sierras cordobesas nos sorprendía la madrugada cantando: “Todo me demuestra, que al final de cuentas, termino cada día, empiezo cada día”.

No se trataba simplemente de saber las letras, para compartir ese momento también había que conocer las entonaciones. En el tema Profecías , por ejemplo, era fundamental que acompañaras al resto, y se cantaba así: "No es quizás que no se mirar, cuántoooo, cuántoooo, haaaaaaay a mi alrededor..."

Ahora bien, si no sabías ni agarrar una guitarra, como es mi caso, en la práctica dejabas de existir, ya que la estrella pasaba a ser el que tenía a su cargo la creación de los sonidos.

Llegado ese momento musical, todo sacrificio anterior quedaba sepultado. Ya no había aplausos para el asador ni elogios para el que lavaba los platos. En esos casos, te convenía ponerte al lado del que tocaba, ya que el tipo se llevaba todo el protagonismo y las miradas de las chicas.

Otro truco era hacerte el percusionista, pero si tenías menos oído que un paramecio, como en mi caso, corrías el riesgo de arruinar tu escaso prestigio. Lo único aceptable, y ese era mi principal recurso, era agarrar una botella de Fanta, de las rayaditas, y rasparla con una cucharita o un tenedor. Un gracioso movimiento de cintura completaba el esfuerzo para no ser tan poca cosa.

Hoy, en tiempos en que las gaseosas vienen en envases de plástico, en una ronda de guitarra ya no sabría de qué disfrazarme. Por eso, y mis amigos lo saben, prefiero ahora ir a reuniones en las que no se luzca ningún aficionado a la música.