Remedios caros, soluciones baratas
Hubo una época en que ir al doctor no obligaba a gastar, sino todo lo contrario. Era mucho más barato, porque bastaba con dejar los vicios, tanto los presentables como los impresentables. Rosa Bertino.
La Medicina es, ha sido y será nuestro punto de referencia y confluencia. En una época, circulaba el chiste del amargado que le cuenta sus cuitas a un amigo. "Pasé por lo del médico y me hizo dejar to-do: el chocolate, los puchos, la bebida, la ' play '; encima me pescó con algo de 'merca' y también me la hizo dejar…", enumera el doliente. El otro lo interrumpe para preguntarle: "¿Vos estás seguro de que pasaste por el médico y no por la Aduana?". La humorada tiene que ver con la antigua práctica de ir al médico (sólo) para que este corrobore que uno está excedido en peso y malas costumbres. Cosa que uno ya sabía, pero necesitaba que se lo dijera alguien que para eso cursó seis años de carrera, cuatro de residencia y tres de especialidad y que se sacrifica yendo a congresos y cursos de perfeccionamiento. Era más barato. Del chiste, también se infiere que hubo una época en que ir al doctor no obligaba a gastar, sino todo lo contrario. Era mucho más barato, porque bastaba con dejar los vicios, tanto los presentables como los impresentables. Después aparecieron los virus, que capitalizaron el diagnóstico médico. En este caso, "diagnóstico" acaso tendría que ir entre comillas, pero no nos animamos porque los virus existen. Uno nunca logró entender bien cómo es eso de los virus y las bacterias, pero sabe que no hay forma de esquivar la compra de remedios. Media hora en una farmacia da una idea de las cifras siderales que maneja lo que, en algún momento, dejó de llamarse "medicina" para pasar a ser la "industria de la salud". No es una expresión peyorativa, puesto que cada año aparece una patología o un trastorno distinto, que se mejora o contiene con medicación. Ignoramos quién se queda con tanta ganancia, aunque tenemos alguna sospecha. Pero es evidente que no va a parar al grueso de los médicos, ni de las clínicas, ni de los farmacéuticos. Volvió Pasteur. En este contexto, es alentador comprobar cómo se está imponiendo el lavado de manos en los sanatorios. Con un gesto, la recepcionista o el médico señalan los dispositivos colocados en el ingreso y egreso de las habitaciones y salas de espera. A nadie se le ocurre negarse. Tanto gasto y complejidad para volver a una práctica de la cual hay indicios 1.500 años antes de Cristo. Era "de purificación" y le sobrevino la mala fama cuando Poncio Pilatos se mandó lo que ya sabemos. Desde mediados del siglo XIX, a partir del químico francés Louis Pasteur y la impronta del cirujano José Lister, la higiene de las manos se convirtió en el elemento decisivo para evitar la transmisión de gérmenes. Algo así como el 25 por ciento de los pacientes hospitalizados hoy contraen las llamadas "infecciones intrahospitalarias". Y no siempre se zafa con ir y gastar en antibióticos. La solución está en la prevención, que es mucho más económica.

