Temas del día:

“Que no se nos queme la esperanza”

El día después de los incendios sólo quedaron lamentos en Villas Ciudad de América. Historias de quienes perdieron todo.

12 de septiembre de 2013 a las 10:40 a. m.
Redacción La Voz
“Que no se nos queme la esperanza”
Sólo las paredes de piedra. Antonio Segovia vio como desapareció su casa y un “paraíso” construido en 50 años en Villas Ciudad de América. Lo sufre con su nieta Georgina (José Gabriel Hernández/La Voz).

Pareciera que la naturaleza se vistió de luto. Inmensas alfombras negras se extienden entre el impenetrable monte y cubren lugares poblados, arrasados por una marea de fuego. Los incendios hicieron estragos y llegaron con su mensaje de destrucción hasta la misma ruta 5.

En la zona de Villas Ciudad de América sólo se escuchan lamentos, pero, a la vez, hay quienes no quieren perder las esperanzas. El hombre está sentado sobre los restos de una silla en lo que hasta un día atrás fue el living de una confortable casa de piedra. Los techos desaparecieron, ya no está más la gran mesa de algarrobo donde cada domingo compartía asados con sus siete nietos. Lo único que parece haberse salvado es una salamandra que, curiosamente, se alimenta del fuego.

“Hace 50 años que empecé a crear este paraíso, y ahora veo esta desolación. La parte económica no es lo que me interesa, sino la situación de abandono que siento, se pierden esfuerzos, ganas, energía, pero lo mejor para curar las heridas es reconstruir”, dice Antonio Segovia (69). Por momentos, este jubilado que sigue trabajando como distribuidor de elementos de limpieza en Calamuchita se atraganta, trata de detener las lágrimas que comienzan a surcarle el rostro. Georgina, estudiante de Psicología y Relaciones Humanas, rompe en llanto cuando el periodista le pregunta al abuelo por sus recuerdos felices junto a los nietos. Ella es la mayor de todos.

El piso de la casa se transformó en carbón. Mientras escucha el relato, la suela de las zapatillas del cronista se pone blanda como una gelatina por efecto del calor.

El martes, a las 8 de la mañana, un ruido extraño hizo saltar de la cama a Antonio. “Me vi rodeado por torbellinos de fuego. A lo único que atiné fue a correr hasta la camioneta y escapar”. El lunes vivía en un paraíso, hoy ha desaparecido. Ardieron los pinos que rodeaban la vivienda. También los frutales. “Mi abuelo tenía duraznos, cerezos, almendros y flores por todas partes, y lo más grave es que pareciera que dejaron avanzar el incendio, nadie pudo evitarlo”, se queja Georgina.

El abuelo trata de calmarla. Aunque sabe que si no le dan una mano desde el Gobierno, va a terminar vendiendo las ruinas como si se tratara de un simple terreno. “Voy a hacer lo imposible por reconstruir todo, porque no quiero cerrar esta página de un libro que tiene 50 años. Este es mi hábitat, si fuera una casa de fin de semana no me habría importado, pero me siento como un pájaro que perdió el nido”.

Antonio lagrimea, pero se repone rápidamente. Tiene una fortaleza espiritual envidiable para enfrentar la sensación de abandono que siente. “Lo importante es que no se nos queme la esperanza, porque si la esperanza se acaba no hay nada. Han prometido ayuda. Quiero saber que no estoy solo para que esta sensación de abandono desa­parezca, no nos podemos estancar en la tristeza”.

Una ola de fuego

A tres kilómetros del paraíso extinguido, un hombre corpulento se declara viejo y cansado. Sus hijas y el hermano varón, la nuera y sus yernos tienen las caras tiznadas de levantar chapas y restos de herramientas incineradas. Luis Luque (65) no puede olvidar la pesadilla que vivió el martes, cuando estaba solo con su mujer en lo que hasta ese momento era el vivero más imponente de esa zona del departamento Calamuchita.

Llama la atención que, cuando habla del devastador incendio, menciona “torbellinos de fuego”. Lo mismo que dijo Antonio Segovia. “Después de ver esos torbellinos, apareció como una ola gigantesca de fuego que pasó por encima de otras casas y árboles sin tocarlos y cayó acá, quemando unas cuatro mil plantas, centenares de bonsáis y de cactus”. Mientras don Luis camina por lo que fue el invernadero, Juancho, el nieto de 2 años, va arrojando agua con una regadera plástica. “Ahora no hay más plantas para regar”, trata de explicarle el abuelo.

El hombre confiesa que a esa altura de su vida, con una prótesis en una cadera y un sueldo de jubilado de 2.100 pesos, no va a poder hacer nada. “Encima tengo tensión alta y un montón de ñañas. Espero una ayuda del Estado, que nos dé créditos blandos para poder levantar cabeza”. Lo único que le importa a Luque es su compañera de toda la vida. Cuando tenía 15 años se puso de novio con Rosa y, a los tres años, se casaron.

“Llevamos más de 40 años juntos y ayer (por el martes) quedamos encerrados, el fuego no nos permitía escapar. Ella sufrió un ACV (accidente cerebrovascular) hace un par de años y se puso muy mal, pensé que se me iba, que la perdía, pero apareció personal policial que nos sacó del infierno y así pudimos internarla. Hoy puedo estar agradecido a Dios porque me la devolvió, eso es lo más importante para mí”.

Más allá del invernadero se observa una pila de chapas quemadas, de lo que fue un depósito de herramientas, cortadoras de césped, carretillas y macetas plásticas, motosierras, bordeadoras, palas, picos y otras herramientas de mano. Un galpón similar quedó reducido a cenizas, incluyendo un tráiler.

A pesar de la angustia que lo embarga, el dueño del vivero destruido hace un llamado a la reflexión. “La naturaleza es sabia, tenemos que tener un poco más de precaución. Acá atrás, está el basural a cielo abierto del pueblo, que se incendia cada dos por tres. Están los que fuman, hay falta de precaución de algunos dueños de campos. Acá hay patrones que han tenido peones 15 ó 20 años como esclavos, les pagaban en negro y, encima, los han echado sin un peso. Esa pobre gente prometió quemarles los campos, y varios lo hicieron. Y están algunos bajo la investidura (funcionarios) y se olvidan de los demás”. Los torbellinos de fuego ya son historia, pero las secuelas surgen a cada paso.

Entre las cenizas

Chaqueños. Ayer por la mañana, un auto se detuvo frente a la propiedad del productor Luis Parada. Los tres ocupantes se identificaron como bomberos voluntarios de la provincia del Chaco y se ofrecían a colaborar con sus pares cordobeses y los vecinos de la zona.

Sugestivo. Un cartel enclavado frente al vivero arrasado por el fuego a un costado de la ruta 5, propiedad de Luis Luque, era la contracara de la tragedia porque en letras gigantescas se podía leer: "Zona protegida ambientalmente". Villas Ciudad de América no sólo era un lugar ideal para el turismo, sino una parada casi obligada para pescadores que iban al dique Los Molinos.