Pura impotencia
Presentimos una y otra vez el instante fatal de cada una de esas mujeres, acorraladas en la más profunda soledad.
Hemos gritado: “¡Ni una menos en las calles!”, miles y miles, en todos los rincones del país; mujeres y hombres llamando a la conciencia de los hombres y de las mujeres.
Presentimos una y otra vez el instante fatal de cada una de esas mujeres, acorraladas en la más profunda soledad.
Nos hemos estremecido imaginándolas frente a la más terrible de las visiones que acaso jamás alguien pueda tener: la mirada de quien la asesina.
Hemos intuido el tenebroso laberinto de una mujer que tiene que justificar frente a un hombre que tiene una vida, un sentimiento, un cuerpo, una decisión y un destino propio, único, intransferible.
Nos hemos retorcido proyectando el estallido de dolor alrededor de la historia trágica de cada mujer asesinada.
Hemos gritado ¡basta! con las letras más grandes con las que el aliento quiere desbaratar el espanto.
Hemos dicho basta de no escuchar a las víctimas, de llegar tarde a la hora de la tragedia. Basta de esperar el próximo femicidio.
Basta de hombres que se sientan con derecho de tomar para sí la porción de humanidad de ninguna mujer.
Y en este momento, lo único que tenemos entre las manos es impotencia: seguimos siendo una sociedad desgarrada por episodios de violencia feroz contra las mujeres.
Lo peor que podemos hacer es bajar los brazos.
Pero ¿cómo seguimos?
A esta hora, exactamente, hay una mujer acorralada o a punto de ser acorralada por su asesino. No importa su clase social, su historia personal, si hizo la denuncia ante un juez, si tiene botón antipánico...
Está sola e impotente, como si nadie alrededor, ni siquiera una sociedad entera, pudiera rescatarla de un final tan cruel como anunciado.

