¡Ponete en mis zapatos!
Nadie se pone en el lugar de nadie. Si lo hiciéramos, no tendríamos el mundo que tenemos. Es tan obvio que pasa inadvertido.
Durante la última tormenta que azotó a la ciudad de Córdoba, una médica que trabaja a domicilio contó la exigencia de un paciente aquejado por un resfrío. El granizo y las calles anegadas hacían intransitable la ciudad esa mañana. En la central telefónica, le explicaban al hombre que por esa razón el servicio iba a demorar. Del otro lado, hubo un rugido: "¡Yo les pago y ustedes tienen que venir!".El auto de la médica estuvo a punto de quedarse empantanado varias veces y en una ocasión tuvo que entrar en un taller mecánico para guarecerse del granizo. Finalmente, llegó a la consulta y la afección era... un simple resfrío. La facultativa corrió un riesgo innecesario, pero el paciente no se puso en su lugar. Esa capacidad de experimentar la realidad tal como la siente otra persona y comprender sus sentimientos recibe un nombre: empatía. La primera vez. Cacho Yerom, el consultor permanente de esta columna, asegura haber tenido su primera empatía a los 9 años. Fue el día que una compañera suya, de condición muy humilde, fue a la escuela con medias de distinto color. Todos se burlaban a su espalda, pero Cacho sintió mucha tristeza porque se imaginó vestido así. Entonces, se acercó y se puso a conversar con la niña para distraerla de la situación. Si un niño es capaz de ponerse en los zapatos de un semejante, ¿cómo es que de adultos olvidamos una lección tan básica? Es un clásico subir a un taxi y escuchar las quejas del chofer por pagar con un billete de 50 pesos. "¿¡Cómo no vas a tener cambio!? ¡Es tu obligación!", contestamos. Lo que no sabemos es que ese taxista hace nueve horas que está manejando en la jungla del tránsito y es la enésima vez que debe dar vuelto de 50. "Nos falta información, saber por qué tal persona reacciona de mala manera. No es que vayamos a justificarla, pero sí podemos entenderla", reflexiona Yerom, en un rapto de lucidez que le es impropio.El director de cine Alejandro Amenábar tuvo una genial idea cuando filmó Los otros (2001). Imaginó cómo sería la experiencia de los muertos interactuando con el mundo de los vivos. El resultado fue una película de suspenso, pero al revés, en la que los fantasmas eran aterrorizados por los vivos, tomando un poco del fino humor de El Fantasma de Canterville , de Oscar Wilde.Cuántas veces habremos maldecido en los embotellamientos de tránsito por culpa de una protesta social, vecinal o laboral. Lo que no sabemos es que, a veces, ese modo de reclamar es la única vía para que los gobiernos se allanen a una solución.Cuántas veces ponemos el grito en el cielo cuando nos "tragamos" un lomo de burro mal señalizado. Lo que no sabemos es que los limitadores de velocidad surgieron luego de que muchos peatones murieran a causa de conductores irresponsables.Siempre nuestras "tragedias" serán más nefastas que las del vecino, si no logramos tener una visión en perspectiva. Siempre será más fácil echar culpas, antes que ponernos en sus zapatos.

