El parto de la mudanza
Por suerte están los amigos, que llegan cuando el trabajo pesado ya está hecho e intentan ayudarnos a acomodar las cosas en las alacenas. Un apoyo inútil, ya que perderemos más tiempo después en encontrar esas cosas. Edgardo Litvinoff.
Dicen que el parto, la mudanza y el divorcio son los acontecimientos que generan mayor estrés en la vida. En el caso de los dos últimos, el problema adicional es que suelen venir juntos, aunque el primero los demore un poco.
De todos modos, la mudanza vendría a ser el menos complicado de los tres, salvo que se la practique un día con 38 grados de máxima, como ocurrió la semana que pasó. En esos casos, uno tiene la sensación de que, efectivamente, está sufriendo un parto tras haberse divorciado de Dios.
Toda mudanza tiene, además, elementos constantes. Por ejemplo, los ofrecimientos de ayuda que suelen hacer los amigos los días previos. El problema es que, cuando llega la fecha, todos tienen compromisos ineludibles como el trabajo, los hijos o alguna reunión “imprevista” que los exime de la peor parte del movimiento. Eso sí: a no dejarlos afuera del asado inaugural, porque se ofenden.
Otro problema es que, debido al precio actual de los servicios completos de mudanza –que arrancan desde los 2.200 pesos–, se suele recurrir al tradicional flete, a lo sumo con el pago extra por dos o tres ayudantes.
Esto implica la reactivación automática de la hernia de disco que creíamos rehabilitada, ya que nunca es suficiente y habrá que embolsar, envolver, embalar, cargar y llevar cajas de un lado a otro como si trabajáramos en el puerto.
Igual, nada evita que las cosas se rompan en el traslado –casi siempre, el televisor LCD recién comprado– o que las paredes recién pintadas de la casa nueva se rayen como si Wolverine hubiera estado luchando con su hermano en ese lugar.
Después de los dos o tres viajes en flete, más el costo de los ayudantes extras, más el precio de los antiinflamatorios para la hernia de disco, uno cae en la cuenta de que hubiera sido mucho más barato contratar la mudanza de 2.200 pesos. Ya es tarde.
Cuando todo fue ya descargado en el nuevo inmueble, queda la sensación de que nunca podremos con eso, de que nunca sabremos por dónde empezar, de que el caos se queda para siempre.
Por suerte están los amigos, que llegan justo cuando el trabajo pesado ya está hecho e intentan ayudarnos para acomodar las cosas de la cocina, por ejemplo. Se trata de un apoyo inútil, ya que, después, para encontrar un vaso perderemos más tiempo del que hubiéramos utilizado si acomodábamos nosotros.
No es lo peor: hacemos la primera limpieza de pisos y el agua provoca cortocircuitos vaya a saber por qué extraños cables ocultos. Nos queremos bañar y resulta que el termotanque no enciende, y además pierde agua.
A llamar al electricista, a llamar al plomero –¿o al gasista?– y a ponerse a pensar por qué corno no nos quedamos en aquel viejo departamento ruidoso, oloroso y pequeño al que estábamos tan adheridos y en el que nos sentíamos serenos.

