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Partir desde una identidad

Debajo de los adultos que hoy no logran conciliar sus posturas, están ellos, que casi siempre provienen de los hogares más jodidos de esta Córdoba. Se agudiza el conflicto en Complejo Esperanza

05 de marzo de 2017 a las 12:01 a. m.
Partir desde una identidad

Detrás de este conflicto entre empleados y autoridades del Complejo Esperanza, que parece alimentarse de más caos, se esconde una problemática profunda y estructural: la crisis de identidad.

El centro para jóvenes menores de edad en conflicto con la ley penal no es un lugar cualquiera. Es, acaso, la última oportunidad que tienen los allí alojados para cambiar sus vidas y no perpetuarse como clientes permanentes del sistema penal cordobés.

Por lo general, aquellos que caen en el delito de chicos, continúan en esa senda cuando superan los 18 años, ya que los factores que los empujan hacia allí trascienden por completo la barrera de las leyes y sus edades.

Debajo de los adultos que hoy no logran conciliar sus posturas, están ellos, que casi siempre provienen de los hogares más jodidos de esta Córdoba.

El perfil de los adolescentes judicializados no miente: pobres, adictos, de familias numerosas y desmembradas, desertores de la escuela y sin trabajo. O sea, aquellos que todos los días nadan contra la desesperanza. Por esto, el desafío en el interior de Complejo Esperanza no es un asunto menor. Siempre y cuando se logre fijar de una buena vez aquel ideal que promulga que se trata de un centro socioeducativo y no de un modelo carcelario.

Es que estas dos variantes, extremas entre sí, aún conviven. Una ambigüedad hija de una identidad extraviada, que revela problemas serios de conducción.

Un diagnóstico que el propio Gobierno ha dejado trascender, en la práctica, con la reciente remoción de la mayoría de los directores de los institutos internos que tiene Complejo Esperanza.

Los guardias hoy en pie de guerra en realidad no son guardias. Tampoco son celadores ni acompañantes socioeducativos. La crisis identitaria tiene su correlato en el rol poco definido de aquellos que tienen un trato constante con los jóvenes.

Una carencia estructural que se arrastra desde hace años. Y que provoca cada vez más tensiones internas, mientras los fracasos con los adolescentes continúan multiplicándose.

Tal vez una encuesta social hoy prefiera una cárcel antes que un centro de educación para estos jóvenes. Pero ya está comprobado que en los penales argentinos por lo general nadie sale mejor de lo que entró.