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Operarios del recontraespionaje

Puede que no estemos tan solos como creíamos. Alguien nos vigila. Se impone tomar precauciones o eliminar costumbres privadas que nos hacían tan felices.

14 de julio de 2013 a las 02:57 p. m.
Operarios del recontraespionaje

Las revelaciones del exempleado de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) Edward Snowden confirmaron que EE.UU. tiene la tecnología necesaria para espiar a cualquiera, en cualquier lugar del mundo. Y que el gobierno de ese país puede obtener información privada de quien quiera, no sólo por sospechas de eventual terrorismo, sino para obtener información diplomática y hasta comercial.

Puede que no estemos tan solos como creíamos. Alguien nos vigila.

Se impone tomar precauciones, aunque ello obligue a discontinuar una larga lista de preciadas costumbres que nos hacían tan felices siempre y cuando tuviéramos la certeza de que no había testigos.

Por ejemplo, ya no podremos realizar maniobras con las secreciones nasales en lugares que antes creíamos privados, como baños públicos, sillas o autos.

Además, corremos el riesgo de ser detectados si miramos de atrás a una señorita o si abrimos la heladera a la madrugada a pesar de la estricta dieta.

Alguien nos puede llamar la atención cuando nos vamos del baño sin lavarnos las manos. O cuando orinamos en la ducha.

También sería engorroso admitir que cantamos Axel o Arjona al ducharnos. Y con esos tonos tan agudos... Cualquiera, con esta información, podría chantajearnos.

Ya no podremos reventarnos los granitos con pus en el espejo del ascensor. Ni aprovechar esas ocasiones para meter la mano dentro del pantalón y acomodarnos lo que nos incomoda. Un funcionario de la CIA puede estar espiando, si nos cree eventuales terroristas.

Tampoco podré meterme en los locales de videojuegos toda la mañana con la excusa de que fui a hacer trámites. Temo lo que pueda pensar el gobierno estadounidense si detecta que en los jueguitos de guerra de Irak me gusta ser el avatar de Saddam. Y que, además, siempre gano.

Y si fuera católico, chequearía muy bien el confesionario antes de soltar mis pecados.

Rodeados. El filósofo francés Michel Foucault tomaba el concepto de las prisiones llamadas "panópticos", de Jeremy Bentham, para comparar a la sociedad moderna. En ellas, un solo guardia vigilaba a muchos prisioneros a través de tubos con mirillas, sin ser visto por los presos.

“La vigilancia es una trampa”, decía Foucault, y explicaba que la sociedad moderna ejercita su sistema de control y poder a través de “prisiones” que pueden ser desde una cárcel común hasta la oficina o la escuela.

Más allá de la ilegalidad del espionaje estadounidense, el escándalo Snowden refleja ese control y poder desde una especie de metasistema que va más allá de las estructuras cotidianas. Con ayuda de la tecnología.

Esa tecnología que contribuye, de forma cada vez más acelerada, a lo que otro francés, Jean Baudrillard, veía como un “simulacro”. La pérdida del secreto, de la distancia, de las escenas reales.

“Todos somos rehenes, todos somos terroristas. Ese circuito ha sustituido al otro, el de los amos y los esclavos, el de los dominantes y los dominados, el de los explotadores y de los explotados”, decía el sociólogo hace casi 30 años.

Vaya si tuvo una visión.