Día del Padre. Un oficio, dos generaciones y un proyecto compartido: la historia de un sastre y su hija
Con más de 40 años como sastre, Ramón Silva encontró en las redes sociales una oportunidad para sostener su oficio. Detrás de esa transformación está su hija, Agustina, quien lo ayuda incondicionalmente.
Varias máquinas, al menos unos 300 hilos de distintos tonos, un pequeño probador, un maniquí y una radio enorme son el recibimiento al taller de Ramón Silva. Con más de 40 años en la sastrería, hoy encuentra la manera de reconvertir el negocio para que subsista.

Oriundo de La Para, en el departamento de Río Primero, Ramón vino a la ciudad de Córdoba y apenas cumplió los 18 consiguió trabajo en un negocio en el cual vendían telas. Allí conoció a un sastre que se convirtió en su primer maestro.
Unos años después, instaló su taller en barrio Güemes y comenzó a trabajar en la confección industrial. Ahora volvió a sus raíces y realiza arreglos de sastrería.
En ese espacio se pasa horas y horas trabajando, en compañía de la radio o de Spotify. “A veces me agarra la locura y vengo a las 6 de la mañana y me voy a las 19… Mi esposa me dice 'venite a casa, ya son muchas horas en el taller'”, cuenta entre risas.
Adaptar el oficio
Cuando no es la radio, la compañía es de Agustina, su hija, quien hace un tiempo se sumó al proyecto aunque no cose. Ella maneja las redes sociales, los presupuestos, los cobros, las visitas al taller, y ayuda a ordenar y a limpiar.

“No te voy a negar que somos muy parecidos y entonces no siempre es fácil trabajar en familia. Pero, más allá de que a mí me gusta la moda, el proyecto lo encaro por el amor que mi papá tiene hacia las máquinas”, explica.
Aunque Ramón no entiende mucho de las nuevas lógicas digitales, le cedió la batuta a su hija y, hace más de tres meses, ella creó una cuenta de Instagram.
Ahora tienen más de ocho mil seguidores y Agustina se encarga de publicar contenido que ayude a hacer crecer el emprendimiento. Según cuenta, unas 12 personas se acercan por semana al taller, con una cita acordada previamente.
“Su rol es fundamental, es lo más importante ahora. Cumple con la parte de la comunicación y creo que en este contexto no podría llegar a ningún lado si no la tuviera ayudándome. Yo no entendía la magnitud de las redes por ser de otra generación, pero, como ella todo lo sabe, me metió en este baile y ahora el trabajo nos llueve, gracias a Dios”, reflexiona Ramón.

El alcance a nuevos públicos se trasladó también a nuevas formas de pensar su oficio. Ahora, con la ayuda de Agus, recibe muchos tipos de prendas.
Con la idea de que cada trabajo sea hecho y pensado a medida, hace un tiempo crearon juntos un probador. “Yo colaboro con la parte de asesorar a la gente que viene, hasta a veces le doy mi punto de vista”, explica Agus. En redes, muestra los procesos, da ideas y a veces hasta deja que su papá relate.
En este contexto, Agustina explica que buscan que los clientes entiendan el tiempo que lleva hacer arreglos de este tipo: “En estos tiempos en los que andamos apurados y queremos todo rápido, a veces vienen con esa búsqueda y no tienen en cuenta que el trabajo de un sastre es algo artesanal que no se hace de un día para el otro. Acá entrás y es como que pausás el tiempo”.

“Yo entiendo el ritmo de la vida y a veces intento apurar, pero el trabajo a mano es un proceso. Yo soy chapado a la antigua, necesito tiempo y tranquilidad para poder hacer bien las cosas”, cuenta el sastre.
Una historia entre hilos
Agustina recuerda los inicios de su historia atravesada por trapos. Desde niña, la ropa tuvo una presencia importante en su vida, y no únicamente por el gusto y la pasión, sino porque realmente su papá sastre la crio entre telas.
Desde actos escolares hasta regalos de cumpleaños para amiguitos, su padre siempre aportó desde su amor por el oficio. “Yo dibujaba cosas en un cuadernito y después mi papá lo hacía realidad. Eso siempre fue muy mágico para mí”, cuenta.
Incluso lleva puesto un chaleco marrón que guarda memoria: “Cada vez que rendía una materia importante, mi papá me hacía un saco. Cuando fui a buscar el título, mi papá me hizo este chaleco en conjunto con un pantalón”, recuerda.

Hoy, después de tantos trapos hechos prenda, es ella quien le intenta devolver al menos un poco de todo lo que aquello significó. Aunque en su momento quizás no le atribuía demasiada importancia, hoy reconoce el profundo valor que tienen sus procesos.
Unidos por la moda, hoy poder trabajar juntos implica, en el trajín de la rutina, compartir tiempo entre los dos. Y, para Agustina, implica mantener vivos el legado de su papá y la enseñanza de la cultura del trabajo. “Nosotros siempre hicimos lo posible para que a ellos les quede esto de que hay que trabajar, de que nada es fácil y todo lleva sacrificio, por eso hay que perseverar en lo que uno hace”, cuenta Ramón.
Para la hija, continuar con el proyecto implica darle a su papá el reconocimiento que cree que merece: “Se siente reconfortante poder dignificarlo a él, porque lo vi trabajar toda la vida, y que pueda seguir haciendo lo que le gusta y estar tranquilo es todo para mí. Si yo puedo de alguna manera contribuir en eso, me voy a sentir feliz”, reflexiona.

