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"Mi desafío es devolverles parte de su infancia perdida"

Romina Álvares pasa las tardes de los sábados jugando y conversando con chicos que padecen cáncer y están internados. También acompaña a sus familias mientras duren los tratamientos.

27 de agosto de 2012 a las 12:06 a. m.
Por Rosana Guerra, Especial
"Mi desafío es devolverles parte de su infancia perdida"
A jugar. Romina lleva en la canasta una selección de juegos. Comienza la tarde del sábado: es hora de compartir y de charlar.

"Para los chicos que tienen cáncer, el tiempo cotiza en Bolsa. Ellos valoran cada minuto compartido con nosotros y con sus familias", cuenta Romina Álvares, voluntaria desde hace cinco años de la Fundación Soles. Esta organización sin fines de lucro, asiste y contiene a niños y adolescentes que padecen cáncer y que están bajo tratamiento en el Hospital de Niños Santísima Trinidad de Córdoba. Sin saber que se convertiría en voluntaria, Romina (26) un día se acercó a la sede ubicada en barrio San Vicente para llevar donaciones de juguetes para la salita de juegos. Recién un año después, en una campaña de Reyes, regresó con otras donaciones y se animó a preguntar los requisitos para ser voluntaria. Ella reconoce que al principio tenía temor de afrontar esta actividad porque dice que es muy sensible y que siempre tuvo cierta aprehensión a los hospitales. "Yo no sabía si podía hacerlo, tenía miedo de largarme a llorar y aunque fue fuerte sentí que tenía que comprometerme con esta tarea", señala. Todos los sábados a la tarde y por unas cuatro horas, llega a la sala 200 del Hospital del Niños vestida con su chaleco amarillo de Soles. Ingresa sonriente con su libretita, anota los nombres de los chicos y les pregunta qué quieren hacer y a qué les gustaría jugar. "A ellos les encanta jugar a la cocinita, a los autitos y a los ladrillos para armar. Y a los adolescentes les gustan los juegos de mesa", señala. Una de las situaciones que más le costó afrontar es abordar a los papás más callados que necesitan contención pero que no se animan a pedir ayuda. "Trato de entablar conversación, les pregunto de dónde vienen, cómo es su familia, a qué se dedican y sólo con los que quieren, hablamos de la enfermedad. Charlamos de fútbol, yo soy fanática de Belgrano y hacemos chistes sobre ésto", bromea. Ella es consciente de cuánto la enfermedad les limita la infancia a los chicos. "Por eso mi desafío personal es intentar devolverles algo de esa infancia perdida, o aunque sea, tratar de que pasen una linda tarde con nosotros", dice convencida. Vencer la tristeza. Otro desafío es cambiarles el estado de ánimo a los adolescentes bajo tratamiento: están enojados, deprimidos y son demasiado conscientes de lo que les pasa. "Lo que primero me conmovió cuando empecé fue un nene, Luciano, que se acordó de mi nombre cuando regresé a la semana. También me sorprenden la actitud de los padres de los niños que fallecieron, porque siguen comprometidos con esta causa", advierte. Romina también sigue visitando a varios padres de los niños que ya se fueron y algunos de ellos, visitan periódicamente la casita de Soles para el Día del Niño. "Cuando llega la hora de despedirlos, son los mismos padres los que nos alientan para seguir en este voluntariado", destaca. "Me sorprende la fortaleza que tienen los que, aún padeciendo el dolor de perder a un hijo, tienen ganas de alentarnos", reconoce.Romina advierte que muchos tienen demasiada conciencia de lo que les pasa. "Algunos me dicen que están cansados del tratamiento, otros se van despidiendo de nosotros y algunos se curan y después regresan al hospital a saludarnos", indica. Es el caso de Agustina que estuvo bajo tratamiento después se fue a Salta y volvió a Córdoba después de tres años a pasar unas vacaciones con su familia. "Está cambiada físicamente, está rozagante y casi no la reconozco", cuenta. "Los chicos me enseñaron a valorar el tiempo compartido con los afectos. Ellos siempre te hablan del tiempo, dicen: falta tanto tiempo para la próxima quimio, o te agradecen por el tiempo compartido", agrega emocionada. Para ella la comunicación con el equipo de enfermeros de la sala 200 es clave. "María, Clarita, Hugo y Fabián, ellos están permanentemente con los chicos y nos cuentan como están de ánimo, si comieron, nos cuentan todo", agradece. La voluntaria es licenciada en Administración, está buscando empleo y vive con su familia en barrio San Vicente. Su madre Estela, está sorprendida por la fortaleza de su hija, su papá, José, la lleva en el auto a buscar donaciones y su hermano, Roberto, se animó a actuar de Rey Mago en una fiesta de reyes.