Gente Picante. María del Rosario Ahumada: Los animales se dejan cuidar y nos enseñan paciencia
Veterinaria, doctora en Ciencias Agropecuarias y referente en fauna silvestre, María del Rosario Ahumada dedica su vida a rescatar animales heridos y devolverlos a la naturaleza. En esta charla, habla de cóndores, aguará guazú y tráfico ilegal de fauna, y explica por qué la paciencia es una herramienta tan importante como la ciencia.
–¿Qué es lo más difícil de la rehabilitación animal?
–Creo que lo más difícil es justamente manejar los tiempos. Pensar que cada animal va a tener un tiempo distinto. A veces, nos va a llevar poco, a veces mucho más, y sobre todo aprender a manejar la ansiedad en relación con esos tiempos. La rehabilitación no es un proceso ni un protocolo fijo. Si bien hay cosas que hacemos de manera predeterminada, la mayoría de las veces hay que adecuarse no solamente a cada especie, sino también a cada individuo. Cada animal tiene su personalidad, sus necesidades y sus tiempos, que los va marcando él mismo. Así que creo que el gran desafío es manejar esa ansiedad y también volvernos creativos en la forma de trabajo.
–¿Qué animales te toca rehabilitar con más frecuencia?
–En Tatú Carreta trabajamos con muchas especies. Fundamentalmente, los que más llegan son aves. Dentro de las aves, pájaros en general: todo lo que son aves de captura, reinas moras, cardenales, jilgueros y demás. Pero Tatú se ha especializado en los últimos años, sobre todo, en grandes aves: aves rapaces, águilas, caranchos y, por supuesto, cóndores. Sin duda, el cóndor es la especie más simbólica para nosotros. Es la más majestuosa y la que creo que a todos nos deslumbra de una manera distinta.
–¿Qué te pasa a vos ante un cóndor?
–Me asombra. Básicamente, me asombra. Me parecen animales mágicos, impresionantes. Son majestuosos, muy curiosos y no nos tienen miedo. Tienen una forma distinta de relacionarse. También generan muchísimo respeto porque, durante las maniobras de manejo, pueden ser potencialmente peligrosos. Te pueden hacer daño. Pero la verdad es que trabajar con ellos es un desafío que me fascina. Es una especie que me gusta muchísimo.
–Para quien nunca vio un cóndor de cerca, ¿qué es lo que impresiona?
–Son enormes. Un cóndor pesa entre 9 y 12 kilos y, cuando abre completamente las alas, puede llegar a tener hasta tres metros de envergadura. Es un animal realmente grande. Tiene uñas que pueden resultar peligrosas, aunque no son garras como las de las águilas. No producen lesiones importantes con las patas, pero sí hay que tener mucho cuidado con el pico. El pico es extremadamente fuerte y les permite romper cuero y carne para alimentarse. Por eso trabajamos siempre tres personas cuando hay que capturarlo, para medicarlo o realizar cualquier procedimiento. Trabajamos personas entrenadas para hacerlo, fundamentalmente Javier Álvarez, que es el encargado de Tatú Carreta y a quien todos llamamos Gali. Junto con Enrique, Alejandro y otras personas que forman parte del equipo, realizamos las maniobras necesarias tomando muchas precauciones. Hay que plegar bien las alas sin causar daño porque una lesión en las alas puede ser irreversible. También hay que sostener firmemente la cabeza para inmovilizar el pico sin lastimar al animal.
–¿Con qué lesiones o en qué estado suelen llegar los cóndores?
–Varía bastante, pero la mayoría llega con cuadros de intoxicación, generalmente por plomo. A veces porque les disparan y, en muchos casos, porque ingieren municiones de plomo al alimentarse de animales que fueron cazados. Quedan restos de esas municiones en las presas y el cóndor las consume. Esas piezas quedan alojadas en el estómago glandular del ave y comienzan a generar cuadros de intoxicación. Como no pueden regurgitarlas ni eliminarlas fácilmente, empiezan a cursar intoxicaciones que en algunos casos son muy graves. Algunas veces se requiere cirugía y otras se pueden tratar con medicación, aunque los tratamientos pueden durar varios meses.

–¿Y cómo eliminan ese plomo?
–Depende. A veces es un balín y otras veces son municiones más grandes. En el caso de Rosita, por ejemplo, era una posta, una munición utilizada para la caza de jabalíes. Tenía un contenido muy alto de plomo y no podía ser eliminada naturalmente. Entonces se realizó una cirugía por endoscopía con colegas de Córdoba que colaboraron con nosotros y logramos extraerla. En otros cuadros de intoxicación, cuando el animal ya expulsó la munición pero persisten niveles elevados de plomo en sangre, utilizamos un tratamiento con medicamentos quelantes. Son preparados especiales que un laboratorio nos formula específicamente para tratar cóndores. Aplicamos una serie de inyecciones durante cinco días, luego tomamos muestras de sangre y, a los 15 o 20 días, volvemos a medir los niveles de plomo. A veces esos tratamientos deben repetirse durante meses.
–¿Cómo se le hace una endoscopía a un cóndor?
–Fue todo un desafío. Se trabaja con anestesia general inhalatoria. Una vez anestesiado, se introduce el endoscopio y, gracias a una excelente maniobra realizada por los colegas que participaron, se pudo extraer la munición. Para nosotros, fue un hito porque fue la primera vez que se hizo en Argentina. Estábamos muy contentos de que saliera bien.
–¿Y qué fue de la vida de Rosita?
–Rosita anda volando. Le gusta mucho volar. Fue liberada con un transmisor satelital, así que sabemos todos los días por dónde anda. Además, forma parte de un proyecto de investigación junto con la Universidad Nacional del Comahue, Parques Nacionales y una investigadora de la Universidad de Constanza, en Alemania. Ellos aportaron el transmisor, que es muy costoso, y nosotros podemos acceder a la información para seguirla. Creemos que Rosita es cuyana porque se mueve mucho por San Juan. También recorre La Rioja, anda por Ischigualasto, vuelve a Córdoba, y así va y viene constantemente.
–¿Y qué información les aporta ese transmisor?
–A nosotros nos sirve para saber que su vuelo es adecuado, conocer por dónde se mueve y verificar que está bien. Los investigadores obtienen además otros datos. Por ejemplo, están estudiando cuánto aletea un cóndor, algo que se sabe que ocurre muy poco porque son excelentes planeadores. También obtienen información que forma parte de tesis de maestría y doctorado.
–¿Se puede saber si puso huevos o si está criando?
–Directamente no. Pero sí se pueden inferir algunas cosas. Si vemos que permanece mucho tiempo en un mismo lugar y sabemos que es una zona potencial de nidificación, podemos presumir que algo de eso está ocurriendo. Los cóndores incuban tanto el macho como la hembra, así que algunos comportamientos podrían dar indicios de reproducción.
–Contame algo más de los cóndores. Se nota que te fascinan.
–Sí, me fascinan. Además, forman parte de la identidad de Córdoba. Son Monumento Natural Provincial y Córdoba alberga la población de cóndores más importante fuera de la Cordillera de los Andes. Eso los vuelve especialmente interesantes desde el punto de vista científico. Son animales muy particulares. Viven muchísimos años; se estima que pueden superar los 70 años de vida. Son longevos, pero se reproducen lentamente. Generalmente, tienen una sola cría cada dos años porque la incubación y el cuidado demandan mucho esfuerzo a ambos padres. Nosotros tenemos la suerte de contar en Tatú Carreta con una pareja reproductiva que no puede volver a la naturaleza porque ambos tienen lesiones irreversibles en las alas. En el caso del macho, fue baleado en la zona de Ambul y hubo que amputarle un ala. Hace muchos años fue derivado a Buenos Aires y luego regresó a Tatú Carreta. Allí formó una pareja reproductiva. Él nunca va a poder ser libre, pero tres de sus hijos sí lo serán. Actualmente, tenemos un pichón llamado Yuspe. Es enorme, tiene siete meses y en algunos meses más será liberado. Forma parte de un programa de retorno del cóndor al mar que llevamos adelante junto con la Fundación Bioandina. Nosotros aportamos los pichones nacidos en Córdoba para esos programas de liberación.

–¿Y quién le enseña a volar a ese pichón?
–El vuelo es instintivo. Ellos nacen sabiendo volar. Después perfeccionan la técnica mediante el entrenamiento. Juspe está en un gran recinto donde puede aletear y ejercitarse dentro de sus posibilidades. Cuando llegue el momento de la liberación, no será liberado solo, sino junto con otros juveniles de la misma edad.
–¿Y ahí aprenden en grupo?
–Exactamente. De hecho, cuando liberamos cóndores suele ocurrir algo muy llamativo: aparecen otros cóndores. Nosotros decimos que vienen a buscarlos. No sabemos exactamente qué ocurre, pero da la sensación de que los reconocen y les dan la bienvenida. Se arma el grupo y empiezan a volar juntos.
–¿Qué te enseñó el cóndor?
–Creo que me enseñó a no tener miedo. También me enseñó paciencia. Los tiempos son largos. Algunos tratamientos requieren muchos meses de cuidado. No son animales fáciles de manejar, pero se dejan cuidar. Y eso también deja una enseñanza: aprender a esperar, respetar los tiempos y volver a animarse. Las dos últimas cóndoras que liberamos llegaron prácticamente arrastrando un ala porque habían sido baleadas. Sin embargo, volvieron a volar. Y eso también es una lección.
–¿Quién les trae esos animales a Tatú Carreta?
–Generalmente, Policía Ambiental, que es la autoridad de aplicación en Córdoba. En el caso de las últimas cóndoras y también de Rosita, primero intervinieron los Bomberos de Salsacate, que están capacitados para este tipo de rescates. Ellos realizan la primera intervención, luego dan aviso a Policía Ambiental y finalmente los animales son derivados a Tatú Carreta.
–Ustedes son una reserva privada. ¿Cómo se mantienen?
–Con el ingreso de los visitantes. Es una gestión privada. La propietaria es Noemí, a quien le estamos profundamente agradecidos porque sostiene este proyecto.
–¿Qué puede ver la gente cuando visita Tatú Carreta?
–Tatú Carreta está en Casa Grande, sobre la ruta nacional 38. Originalmente fue concebido como se concebían antes los zoológicos: un lugar de exhibición. Pero hace muchos años cambió esa mirada y, afortunadamente, cambió para bien. Hoy pensamos el espacio como un lugar de conservación y educación ambiental. La gente recorre el predio en su propio vehículo porque tiene unas 60 hectáreas. Muchos animales viven en condiciones de semicaptividad. Hay llamas, ciervos, ñandúes y otras especies que pueden desplazarse libremente. Además, dentro de esas 60 hectáreas hay mucho bosque conservado y viven especies completamente libres que requieren paciencia para ser observadas.

–¿Por ejemplo?
–Perdices, zorros, maras, gatitos del monte, corzuelas, guanacos. Las corzuelas son más difíciles de ver porque son muy huidizas. También hay animales que no pueden estar libres porque no podrían regresar a la naturaleza. Ellos permanecen en recintos adecuados. Y después está toda la parte del centro de rescate, que no es visitable porque tratamos de evitar el contacto humano con los animales que están en rehabilitación. Pero cada visitante también está colaborando con ese trabajo de rescate.
–Además de las aves grandes, ¿qué otros animales les ha tocado rehabilitar?
–Hemos trabajado mucho con aguará guazú. Es el cánido más grande de Argentina. Para imaginarlo, sería como un zorro o un perro muy grande, extremadamente particular desde el punto de vista biológico. Es, además, Monumento Natural Provincial y uno de los mamíferos más amenazados de Córdoba.
–¿Ustedes reciben pumas?
–Sí, eventualmente recibimos. De hecho, tenemos algunos pumas que han llegado al centro. Tenemos más de los que deberíamos tener y ya no podemos recibir más porque estamos excedidos en capacidad. El problema es que son animales que terminan viviendo en recintos durante toda su vida. Hay que tener instalaciones adecuadas y dignas para ellos, y hoy no tenemos presupuesto para construir más espacios. Es una especie conflictiva. Nosotros hemos intervenido y colaborado en un proyecto de perros protectores de ganado, trabajando junto a productores para evitar que los pumas dañen a sus animales.
–¿Cómo funciona?
–Son perros entrenados para cuidar ovejas, vacas, llamas o el ganado que sea. No salen a cazar pumas ni mucho menos. Lo que hacen es interponerse entre el depredador y el animal que protegen. Desde Tatú Carreta, participamos de ese proyecto junto con la universidad. Hemos entregado ocho cachorros a productores, sobre todo pequeños productores, que son quienes suelen verse más afectados por los ataques. Es una manera de convivencia. Nosotros siempre decimos: “Las vizcachas son del puma; las ovejas son tuyas”. No hay que eliminar la fauna presa del ambiente. Hay que dejarle recursos naturales al puma y, al mismo tiempo, ayudar al productor. Los cachorros se entregan sin costo. Son perros de una raza muy costosa, pero forman parte de un proyecto de conservación y convivencia.
-Al año, ¿cuántos animales ingresan aproximadamente a Tatú Carreta?
–Entre mil y 1.300 ejemplares por año. No es un número fijo, por supuesto, pero más o menos ese es el volumen de trabajo que manejamos.
–¿Cómo llegaste a especializarte en fauna silvestre?
–Siempre me gustó muchísimo. Cuando era chica, había una serie que seguramente delata mi edad y que se llamaba Daktari. Para mí era fascinante. Yo decía: “Quiero ser veterinaria y hacer eso”. Después, cuando tenía 14 años, Alejandra Juárez, que hoy dirige el Proyecto Carayá, armó en el zoológico de Córdoba un grupo de voluntarios que se llamaba Guardazoo. Íbamos los fines de semana a ayudar con el cuidado de los animales. Me sumé a ese grupo siendo adolescente. De allí salió también Javier Álvarez, que hoy trabaja conmigo en Tatú Carreta, y muchas otras personas que continúan vinculadas a la conservación. Cuando empecé Veterinaria, tenía muy claro que quería dedicarme a la fauna silvestre. El problema era que, en aquel momento, la carrera estaba pensada casi exclusivamente para especies de producción: vacas, caballos, ovejas, cabras, cerdos. También perros y gatos, pero fauna silvestre prácticamente no se veía. Entonces nos fuimos formando por nuestra cuenta. Hacíamos cursos, nos reuníamos con colegas que tenían los mismos intereses y nos especializábamos. Tuve además la suerte de encontrar grandes maestros. Había un colega y amigo que trabajaba con fauna y sabía muchísimo. Yo me recibí un martes y el sábado ya estaba trabajando con él en su veterinaria. Desde entonces, seguí este camino.

–La veterinaria suele aparecer como una profesión muy dura. Se habla mucho de la presión que reciben los profesionales, especialmente quienes atienden mascotas. ¿Cómo ves esa situación?
–Hace años que no atiendo perros y gatos. Mi esposo es veterinario y yo sigo vinculada a ese ámbito porque tenemos una veterinaria, pero ya no trabajo directamente en consultorio. Sí existe una presión mucho mayor sobre los colegas. También hay un nivel de agresividad más alto en la sociedad en general. Nuestra profesión es muy exigente. Muchas veces se trabaja solo, con jornadas largas y con situaciones emocionalmente complejas. Las personas quieren muchísimo a sus animales de compañía y eso es comprensible, pero a veces esperan resultados que no siempre son posibles. Por más que el profesional haga todo correctamente, por más que siga todos los protocolos y tome las mejores decisiones, no siempre se obtiene el desenlace deseado. Eso forma parte de trabajar con seres vivos.
–Siempre aparecen noticias sobre tráfico ilegal de fauna. ¿Qué es lo que más se trafica? ¿Por qué ocurre?
–El tráfico ilegal de fauna es un gran negocio. Mueve muchísimo dinero e intereses. Hay cuestiones vinculadas al mercado interno, pero también existe un tráfico internacional muy importante. Por eso hay organismos internacionales que intentan regularlo y controlarlo. Existen grandes coleccionistas. Personas con muchísimo dinero que coleccionan de todo, incluidos animales. Pero también hay un componente cultural. Todavía hay gente que confunde querer un animal con poseerlo. Por ejemplo, alguien escucha cantar una reina mora y, en lugar de disfrutarla libre en el monte, decide que quiere tenerla en una jaula. Detrás de ese deseo, hay un proceso tremendamente cruel. La reina mora que llega viva a una jaula es apenas una sobreviviente. Para que ese ejemplar llegue al comprador, probablemente murieron muchos otros en el camino. La tasa de mortalidad durante el tráfico ilegal es altísima. Los animales son capturados de manera muy cruel, encerrados en jaulas diminutas, hacinados y transportados en condiciones terribles para evitar ser detectados. Entonces, cuando una persona compra un animal silvestre, muchas veces desconoce todo lo que ocurrió antes.
–¿Creés que, si lo supieran, dejarían de hacerlo?
–Quiero creer que sí. Justamente estamos promoviendo que Córdoba incorpore en su legislación la prohibición de comercializar tramperos. Un trampero solamente sirve para capturar aves. No tiene otro uso. Si bien Córdoba prohíbe la tenencia y la comercialización de fauna silvestre, todavía no prohíbe expresamente la venta de esos elementos. Nosotros, desde Tatú Carreta y desde la universidad, estamos impulsando esa modificación. Provincias como La Pampa o San Juan ya la tienen.
–Hace algunos años, era muy común ver jaulas con pájaros en los pueblos. ¿Eso disminuyó?
–Sí, disminuyó. Yo vivo en un pueblo y además recorro mucho el norte de Córdoba por trabajo. Eso que antes era habitual hoy se ve mucho menos. Incluso he visto situaciones interesantes. Personas mayores que tienen un ave desde hace años y los propios nietos les dicen que eso ya no está bien. Creo que hubo un cambio cultural. No digo que el problema haya desaparecido, pero sí disminuyó. Y en eso tuvo mucho que ver la educación ambiental en las escuelas, el trabajo de los medios y la difusión de estos temas. Hoy está socialmente peor visto. Antes era algo completamente natural. Yo recuerdo que todos los chicos salían a jugar con la gomera sin pensar que estaban lastimando animales. O que en muchos jardines de infantes había tortugas como mascotas institucionales, cuando en realidad se trata de fauna silvestre protegida por ley desde hace muchísimo tiempo. Creo que hemos tomado más conciencia. Por un lado, tenemos menos ambientes naturales porque hemos hecho mucho daño. Pero, por otro, tenemos una conciencia ambiental más desarrollada que hace algunas décadas.
–Recién hablabas del aguará guazú y de los esfuerzos para que la gente comprenda que no es un animal peligroso. ¿Qué otras acciones realizan para mejorar la convivencia con la fauna?
–Hace varios años trabajamos con un programa de cría de perros protectores de ganado. Utilizamos principalmente una raza llamada Maremmano, un perro italiano de gran porte que puede llegar a pesar entre 50 y 60 kilos. El Inta Bariloche desarrolló programas muy importantes con esta raza porque es ideal para evitar ataques de depredadores. No persigue al puma ni lo agrede. Lo que hace es proteger al rebaño. Es parecido al viejo concepto del perro cabrero que existía en el campo. Ese perro que se criaba junto a las cabras y las acompañaba permanentemente. Yo siempre digo que el Maremmano es un perro cabrero, pero con título universitario. Hace lo mismo, pero además tiene una genética seleccionada durante siglos para proteger rebaños de lobos y de osos. Por eso tiene un temperamento muy seguro. No se intimida ante la presencia de pumas, jabalíes o perros asilvestrados.
–¿Y funciona?
–Sí, funciona muy bien. Hemos entregado varios cachorros y la mayoría de los productores está muy conforme. Recuerdo especialmente un caso de productores de llamas que sufrían ataques constantes de perros. Incorporaron dos perros protectores y los resultados fueron excelentes. Volvieron a tener crías sin problemas y están realmente felices con la experiencia.

–¿Sentís que hablás con los animales, que te dicen cosas?
–No sé si diría que me hablan. Pero sí siento que nos comunicamos de alguna manera. Hay una forma de comunicación que va mucho más allá de las palabras. No sé si logro interpretarlos siempre, pero sí intento comunicarme. Intento entender lo que necesitan y creo que, de alguna manera, ellos también entienden nuestras intenciones.
–¿Alguna vez pensaste “no puedo hacer más esto”?
–No. La verdad es que no. Creo que voy a hacer esto toda la vida.
–¿Hay algún animal con el que te identifiques?
–Sí, el chingolo. Me encanta. Es pequeño, sencillo, no llama demasiado la atención y, sin embargo, es sumamente simpático. Anda por todos lados, siempre activo. Además, tiene una ventaja: como no es considerado especialmente vistoso, nadie lo persigue para capturarlo. No tiene un canto espectacular ni colores llamativos. Y justamente por eso me parece maravilloso.
–¿Tus hijos siguieron tus pasos?
–No. Victoria está intentando ingresar a Medicina y mi hijo está cursando tercer año de Abogacía. Eligieron otros caminos. Pero creo que el amor por la naturaleza y el respeto por el ambiente no pasan necesariamente por la profesión. Lo importante es que encuentren su vocación y sean felices con lo que hagan.
Ficha Picante
María del Rosario Ahumada (51). Médica veterinaria, doctora en Ciencias Agropecuarias y especialista en fauna silvestre. Responsable sanitaria de la reserva y centro de rescate Tatú Carreta, en Casa Grande, Córdoba. Integra equipos de investigación de la Universidad Católica de Córdoba. Referente provincial en rescate y rehabilitación de cóndores andinos, aguará guazú y otras especies nativas.

