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La mañana en que El Tropezón fue caída

Un embotellamiento de dimensiones sorprendió ayer a los vecinos de zona norte y localidades del Gran Córdoba.

01 de diciembre de 2011 a las 12:01 a. m.
La mañana en que El Tropezón fue caída
Cinco kilómetros. La cola de vehículos varados ayer a la mañana en El Tropezón se extendía hasta donde no llegaba la vista (Ramiro Pereyra/La Voz).

Vivo en Villa Rivera Indarte y tenía que estar a las 9 en el Campus de la Universidad Católica. Eran las 8.28 y el recorrido se convertía en una elección crucial: por el Chateau o por el camino "inter countries ". Calculé que el tránsito de la Recta todavía era denso y que, si bien tendría que esperar dos o tres semáforos en El Tropezón, la segunda era la mejor opción. Crucé entonces el diminuto puente de Villa Warcalde y subí por Molino de Torres. Me apiadé de los que venían en sentido contrario: la cola de autos llegaba hasta el puente del canal, casi un kilómetro de largo. Calculé que el último de la fila tendría que esperar unos 20 minutos para cruzar el puente.Superé con cierto riesgo el cruce con el camino a La Calera, donde hace mucho prometieron una rotonda, pero estaba satisfecho, venía bien en tiempo y había tres cabinas de peaje habilitadas. No había que esperar. "Ahora sale cuatro pesos", me informó el empleado de turno. "Perdón, me había olvidado", me excusé, y le alcancé el peso que faltaba, al tiempo que calculaba que el aumento había sido del 33,33 por ciento de un solo saque."No está mal pagar para ir más rápido", pensé como consuelo, pero el argumento se hizo añicos a los 300 metros. Allí comenzaba una cola de vehículos que se perdía en el horizonte. El estancamiento era tal que me hizo recordar al cuento Autopista del sur , de Cortázar. Tengo siempre presente ese relato por miedo de que alguna vez suceda algo así. No sería nada extraño en un país donde, con frecuencia, la ficción suele humillar a la realidad.Entre bocinazos e incertidumbre y con un progreso de avance de 10 metros por minuto; me desesperé al hacer la cuenta: faltaban cinco kilómetros para el Tropezón, allí donde suponía se destrababa todo.Como paliativo, el entorno siempre ofrece distracción. En este caso, soldados corrían una especie de maratón, mientras otros alentaban a los competidores o les hacían bromas. La estaban pasando muy bien. Mucho mejor que todos los que estábamos sentados en autos, camiones y colectivos. Vías de escape, una de terror. A eso de las 9 la diversión cambió por un espectáculo temerario, el que comenzaron a ofrecer los conductores que, cansados, optaban por escapar del embotellamiento por cualquier lugar. El amplio espacio verde que separa las dos vías de la avenida Ejército Argentino fue lo más elegido, pero también usaron la ciclovía, la banquina sur y hasta un demente apostó la caja de velocidades al pasar marcha atrás por el desocupado carril contrario. No era para el escándalo que le hizo otro automovilista. Al menos llevaba las luces de reversa prendidas. Recién a las 9.10 el avance mejoró y, gracias a ello, antes de las 9.30 logré llegar al Tropezón. Allí me enteré que el problema se había originado por que los semáforos no funcionaban en el sector y los policías municipales llegaron recién a las 9.La reflexión me amargó más que el trastorno sufrido. El Estado me había estafado hasta la humillación.Pagué un peaje de cuatro pesos para estar embotellado luego casi una hora, un canon que al establecerse, hace años, suponía importantes obras para un nudo vial en el Tropezón que nunca se hizo. Pagué las tasas municipales para que haya semáforos y para el sueldo de empleados que deberían ser eficientes con salarios muy por encima del promedio. Pagué otros impuestos para mantener un Ejército que se fortalece con maratones y otros entrenamientos pero que carece de recursos para una hipotética defensa nacional y está impedido por razones institucionales para colaborar ante emergencias como la de ayer. Pago mis impuestos para subsidiar un transporte tan deficiente que obliga a usar el auto... Para pagar todo eso trabajo. Para trabajar debo trasladarme y llegar a tiempo.