Levedad del cine argentino
Quizá el mayor aporte del arte a la humanidad es que le permite verse. Verse tal como es, y como podría ser. Esa capacidad se potencia con las artes audiovisuales.
En un santiamén, la zona próxima a Plaza de las Américas se llenó de policías, motos, sirenas y hasta algún carro de asalto. Cualquiera diría que estaban por descabezar la cúpula “narco”. Pero no, era lo de siempre: arrebatadores de carteras acechaban desde una cortada. El muchacho del lavadero los vio y llamó a la Policía. La Policía vino (con demora) y armó un despliegue cinematográfico. “Yo creí que estaban filmando una película …”, dijo un despistado, probablemente oriundo de Bélgica o Plutón.
Sin embargo, la idea no es mala. Además de sus residentes, sólo “la cana” entra en esa villa. Lo hace demasiado seguido, con resultados obviamente infructuosos. Qué bueno sería que también entraran equipos de filmación, apoyados por sociólogos, asistentes sociales y organismos de derechos humanos. Y que hicieran un documental o episodio por mes. La serie estaría protagonizada por los propios habitantes, mostrando sus casas, contando sus vidas, desclavando a sus vecinos. Cosa que no les sale nada mal. ¡Otra que neorrealismo italiano!
Hay películas como esas. Pero Elefante Blanco , De caravana o Yatasto son excepciones. Corriendo el riesgo de la simplificación, se podría decir que los realizadores vernáculos prefieren historias intimistas, anómalas, pequeñoburguesas y, desde luego, que hurguen en el diván o en el fascismo. La serie más exitosa, de la TV Pública, ha sido la versión nacional de En Terapia.
Desde luego, nadie puede exigirle a un cineasta que se atenga a un “temario”. Pero sí se puede exigir una acción cultural que incluya a los vastos sectores del circuito de riñas y bailantas.
Quizá el mayor aporte del arte a la humanidad es que le permite verse. Verse tal como es, y como podría ser. Esa capacidad se potencia con las artes audiovisuales. Un ejemplo acabado es la serie irlandesa Prosperidad , de Lenny Abrahamson, rodada íntegramente en suburbios de Dublín. La mayoría de los actores son salidos de los monoblocks de viviendas estatales. Cada capítulo expone una tragedia, un anhelo. Y son entretenidísimos.
Pocos espectadores
Hace poco se conoció una investigación sobre la cantidad de jóvenes, de 18 a 25, que van al cine en general, y a ver cine argentino en particular. Un 70 por ciento apenas si ve dos largometrajes en salas, en un año, y prefiere material extranjero.
En diciembre pasado, el periodista Horacio Bernades remarcó que 130 de los 300 filmes estrenados en 2012 fueron industria nacional. “Un sueño que ni siquiera Francia o Corea se atreverían a soñar”, ironizó el cronista. Aunque las producciones aumentan, hasta equivaler a un 3,5 del Producto Bruto Interno, la audiencia decrece año a año.
En la actualidad, el cine argentino apenas atrae a un 10 por ciento del total de espectadores. ¿Culpa de la distribución y de las superproducciones extranjeras, o de la falta de historias callejeras? A eso se suma la tendencia a creer que lentitud y silencio son sinónimo de buen cine. A menudo son sinónimo de aburrimiento.

