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La paradoja del medio más democrático

En el mundo se percibe una cacería de brujas digital sin tapujos.

14 de junio de 2017 a las 12:31 a. m.
La paradoja del medio más democrático

Uno de los lugares comunes cuando se habla de internet y de redes sociales (cada vez más cerca de ser la misma cosa) hace referencia a la actual como la época en que la humanidad dispuso de más herramientas y libertades para decir cualquier cosa, o casi cualquier cosa.

Tendemos a creer que así es, incluso cuando solamente una parte es cierta. En una sola semana, un puñado de hechos –con mayor o menor gravedad– confirma que, si bien disponemos de los medios y de los dispositivos para expresarnos independientemente del lugar y el momento, no está tan claro qué tan libres podemos ser. Incluso fuera de países con el cerco digital bien alto como Corea del Norte o China, donde por supuesto no existe en ningún grado.

El pedido de más control sobre los “discursos de odio” que la primera ministra británica y el flamante presidente francés elevaron en los últimos días a Twitter y a Facebook abre las puertas a una suerte de cacería de brujas digital sin tapujos y corre de modo tan imperceptible como persistente la línea hacia una intolerancia que ya naturalizamos cuando viene de latitudes no tan occidentales.

En Pakistán

Porque, por lamentable que sea, no sorprende que la Justicia paquistaní condene a Taimoor Raza, un hombre de 30 años cuyo delito fue publicar comentarios despectivos en Facebook sobre el profeta Mahoma, sus acompañantes y sus esposas. Al fin y al cabo, las interpretaciones extremas y equivocadas del islam son la base teórica de, al menos, dos agrupaciones consideradas terroristas.

En Tailandia

Con apenas días de diferencia, una persona en Tailandia fue condenada a 30 años de prisión por 10 posteos “ofensivos” hacia la familia real de su país. Originalmente, la pena solicitada era de 60 años a la sombra, aunque la “benevolencia” del tribunal la redujo a la mitad. Otra vez, cierta idea de lejanía nos hace desecharla como un ejemplo válido.

Este lunes, un periodista fue condenado en Israel a pagar una multa equivalente a unos 22.000 dólares por haber “calumniado” al primer ministro, Benjamin Netanyahu, y a la esposa de este, Sara.

La crónica indica que Netanyahu y su mujer demandaron al cronista Igal Sarna, del diario Yedioth Ahronoth , por haber dicho en su Facebook que Sara echó a su marido del auto después de una discusión (el primer ministro aseguró que dicha noticia era falsa).

Sin ir más lejos, el mismo día se conoció que el exgobernador de Córdoba José Manuel de la Sota envió una carta documento al exviceintendente de la ciudad Carlos Vicente en la que lo intima para que ratifique o rectifique sus dichos en una publicación de Facebook donde afirma que la construcción del hotel Ansenuza es un “monumento a la corrupción”, en momentos en que la Justicia ordenó archivar una causa por supuestos sobreprecios.

Salvando las enormes diferencias entre cada uno de estos casos, es inevitable pensar que se trata de poner un límite a “lo que se dice”, en el soporte que venía a ser el más democrático de todos.

Para colmo de paradojas, el dilema que enfrentan redes sociales como Facebook es que la eficiencia de su modelo de negocio publicitario depende íntegramente de que expresemos con algún grado de fidelidad lo que pensamos, sea un post, un “me gusta” o un comentario.