La entrañable escuela García Faure
Más que un alumno, fui uno de los mimados “sobrinos” de ese particular colegio, donde todo era tan familiar que hasta les decíamos “tías” a las maestras, costumbre que se conserva.
Si la escuela primaria reúne por lo general muchos motivos para recordarla, en mi caso tuvo varios detalles que la hicieron inolvidable. Cursé la mitad de ese ciclo en la escuela García Faure, de la ciudad de Córdoba, establecimiento de características extraordinarias que el jueves pasado celebró su 60° aniversario, lo que motiva esta evocación.
Tuve la suerte de ser uno de los pocos privilegiados que, a comienzos de la década de 1970, poblamos sus pequeñas aulas, que no eran otra cosa que las habitaciones de una casa familiar ubicada en Jerónimo Luis de Cabrera al 800, en barrio Alta Córdoba, vivienda de la que todavía se conserva la fachada.
Más que un alumno, fui uno de los mimados “sobrinos” de ese particular colegio, donde todo era tan familiar que hasta les decíamos “tías” a las maestras, costumbre que aún se conserva. Era una de las primeras escuelas privadas de la ciudad de Córdoba, por lo que la experiencia resultó ser muy singular y con métodos educativos muy amenos y didácticos.
Un ejemplo sirve para explicar mejor el caso: hoy la escuela tiene más de mil educandos, pero en aquella época éramos muy pocos.
Cómo será que “Tía” Gloria, la maestra de tercer grado, para enseñarnos fracciones llevó una pizza a la clase y nos convidó, a cada uno, una porción.
Como sólo había 12 chicos en ese nivel, aprendimos que cada uno recibió una doceava parte del particular menú.
A clases, con gusto
Otra característica distintiva de este colegio es que su cuerpo docente nunca adhería a los numerosos paros que se hicieron en aquellos tiempos agitados del país, por lo que teníamos clases siempre.
Mis vecinos de calle Lavalleja al 1400 no podían entender por qué nosotros íbamos a clase todos los días, aun cuando ellos se quedaban en casa. Con mi hermano, tampoco lo entendíamos, pero no nos preocupaba en lo más mínimo. Ir a la escuela, a esa en especial, era de lo mejor que nos podía pasar en ese tramo de nuestra infancia.
Tanto me gustaba que recuerdo paso a paso el trayecto desde mi casa hasta esa pesada puerta de hierro que separaba a la calle del espacio educativo. Por Lavalleja hasta Campillo, una cuadra hasta Fragueiro y desde allí otra más hasta Jerónimo Luis...
A veces parábamos en la librería a comprar mapas o papel de calcar; otras, mamá dejaba una carta en la estafeta, por lo general para mi abuelo “Cholo”, que vivía en Jujuy.
Recuerdo especialmente sonidos y aromas, como el bullicio del bar Royal a la hora del desayuno o el tentador aroma de los alfajores Chammás que fabricaban justo al frente del García Faure.
Por esas cosas del destino, en la misma manzana de la escuela, a metros del aula donde aprendimos tantas cosas, funcionaba la antigua rotativa de este diario.
Por entonces, no sabía que esa cercanía tenía tanto que ver con mi destino.
Vaya mi Feliz Aniversario para toda la comunidad de la escuela García Faure; 60 años no se cumplen todos los días.

