La juventud cambia más que la vejez
Uno lleva siglos de vida y no se explica por qué algunas costumbres han variado tanto, mientras otras están más apencadas que un bicho canasto. Rosa Bertino.
Uno lleva siglos de vida y no se explica por qué algunas costumbres han variado tanto, mientras otras están más apencadas que un bicho canasto. Por lógica, la gente joven es más propensa a los cambios, aunque no siempre la favorezcan. Entre los positivos, las mujeres han dejado de usar el apellido del cónyuge. En todas las clases sociales, hoy las casadas optan por mantener el apellido paterno. Ya no existen las "señoras de…", salvo comentario puntual y de la misma forma que se dice "este es el marido o ex marido de…". Pero hablamos de la mitad de la población casadera. La otra no pasa por el Civil o lo hace tardíamente. Sin que mediara campaña alguna, el matrimonio cayó en desuso. Una explicación es que "los papeles no te aseguran nada". Curioso razonamiento, toda vez que a nadie se le ocurriría comprar o vender un auto de palabra. Pocas veces en la historia los escribanos han trabajado tanto como ahora. Salvo Moria y Garbellano, cuyos tratos al parecer eran "verbales", el resto lamenta que se haya perdido la confianza mutua. Salvo compartir la existencia, hoy no se puede hacer nada sin poner el gancho. Estos tiempos. En Argentina, es notable la propensión juvenil a vivir en edificios o barrios cerrados, a tener perros y estudiar psicología (hay 196 psicólogos por cada 100 mil habitantes, contra alrededor de 27 por cada 100 mil en EE.UU., según estudio de Modesto Alonso citado por The New York Times ). En el contexto occidental, acá también las chicas beben mucho y se instaló la costumbre de despedir a los solteros con varios días de farra corrida, que incluyen viajes al exterior. Una amiga se tuvo que quedar con los nietos, porque tanto su hija como su yerno partieron por separado a Uruguay a despedir a sendos futuros cónyuges. Mayor edad. Pero nadie escapa del envejecimiento poblacional. Los demógrafos señalan que, aun en países como China, India o México, con millones de habitantes y mucha juventud, a fines de siglo habrá 1,8 empleado por cada jubilado. En la actualidad, esa proporción oscila en 10 activos por cada pasivo. Obviamente, los números no cierran, y menos como se los baraja en la actualidad. En Córdoba, los empleados públicos podrán seguir haciendo destrozos, pero no podrán variar esa realidad. Este país, este mundo, están llenos de mayores de 60. Podría decirse que, si no fuera por la inseguridad, nunca hubo mejor época para ser viejo. Frente al Arzobispado, estacionan más ómnibus de jubilados que de estudiantes. En los bares se los reconoce a la legua, no tanto por los años como por la terquedad de ciertos hábitos. Ellos se escarban los dientes con un palillo; ellas se han teñido en su casa, sin espejo retrovisor. Ambos se resisten a comprarse pilchas nuevas y tirar las viejas. Todos hablan de enfermedades y prescripciones. Ahora que la tercera edad viene más larga y ancha, no la desperdiciemos manteniendo viejas costumbres.

