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El difícil ejercicio de empatizar

A dos años del accidente cerebrovascular que dejó a Gustavo Cerati en estado suspensivo, ¿quién no quisiera que pase el temblor? Jorge Londero.

16 de mayo de 2012 a las 12:01 a. m.
El difícil ejercicio de empatizar

A dos años del accidente cerebrovascular que dejó a Gustavo Cerati en estado suspensivo, en un acto muy emotivo un nutrido grupo de cordobeses se congregó ayer en la Plaza San Martín para celebrar una especie de comunión de fe por la recuperación del ex Soda Stereo. ¿Quién no quisiera que pase el temblor? ¿Quién no abandonaría por un par de horas el ritmo vertiginoso de cualquier ciudad de la furia para verlo otra vez cantar, crear, interpretar la vida desde su exclusiva visión musical? Mientras esa multitud de adherentes se congregaba en la cúpula de una ceremonia con códigos comunes y al son del tributo del grupo Planeador V, pocos minutos antes y a sólo 200 metros, en la Legislatura provincial, lograba despacho en comisión el proyecto sobre muerte digna.La paradoja quedó servida. Estoy seguro de que un gran porcentaje de los asistentes al acto en homenaje a Cerati comparte en buena medida el espíritu de la iniciativa que se debatió entre los legisladores. Tal vez es mayoría entre los asistentes a ese acto el apoyo a los criterios expuestos en la película Mar adentro por Javier Bardem al interpretar al tetrapléjico Ramón Sampedro, quien con encendidos argumentos explicaba por qué ya no quería vivir más postrado.Sin embargo, estoy convencido, esos mismos adherentes a los lineamientos de la ley de muerte digna también entienden y hasta defienden los dichos de la madre del artista que sufrió el ACV hace dos años en Caracas. "Mientras él esté, está toda la esperanza. Gustavo no tiene muerte cerebral, él no está en esa situación como para que se me haya pasado por la cabeza semejante cosa", dijo Lilian Clark sobre la posibilidad de desconectar a su hijo de las máquinas que lo mantienen con vida.Se pueden imaginar y hasta tomar como mensajes del propio Cerati algunas letras de sus canciones que nos recuerdan que "no hay un modo, no hay un punto exacto… ¿Quién puede decir que todo volverá a ser como fue?... No morirá quien deba sobrevivir a una terapia de amor intensiva… Si algo está enfermo, está con vida".Los que se congregaron ayer en Plaza San Martín, junto con muchos que soñamos y hasta filosofamos con las letras de Soda y que no pudimos ir anoche al homenaje, no queremos un mundo sin Gustavo, no toleramos que se nos vaya sin agotar ese enorme potencial creativo que lo elevó al universo de los inigualables y del que estamos seguros tiene mucho para dar aún.Pero, pese a ello, entiendo que nadie quisiera que, de existir algún tipo de sufrimiento, eso se prolongue en el tiempo. Es perturbador pensar en la posibilidad de que su alma no pueda descansar.Frente a todo eso, nos debatimos en el difícil ejercicio de empatizar con los pacientes en estado suspensivo y sus seres queridos para, a partir de allí, razonar acerca del mejor camino por seguir, algo que cobra características casi imposibles cuando de la vida misma se trata.