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Ingrid, testigo de la Segunda Guerra

La contienda estalló cuando su madre se encontraba en Argentina. Estuvieron separadas una década. Hace poco, pudo hablar del horror. Más información en el blog Voces. 

01 de junio de 2016 a las 12:01 a. m.
Ingrid, testigo de la Segunda Guerra
Agradecida. Ingrid recuerda su educación espartana en Alemania, donde todo era blanco o negro. “Acá descubrí que hay grises”, relata. (Antonio Carrizo/LaVoz)

Ingrid Opfinger de Heinig (86) puede contar la historia de la Segunda Guerra Mundial en primera persona. O, al menos, su historia en la Alemania nazi de los años '40. Tenía 10 años cuando estalló la contienda que frustró el encuentro con su madre Ana María, quien, por entonces, visitaba a sus hermanos en la Argentina. En 1939, Ingrid quedó del otro lado del Atlántico y su mamá, en esta orilla. Tardaron 10 años en volver a verse."Hace poco tiempo que pude volver a hablar de la guerra. Durante décadas tuve esos recuerdos encapsulados y recién ahora puedo contar estas cosas", asegura.Ingrid se crió en Donauwörth, al sur de Alemania, pero nació en Stuttgart el 21 de septiembre de 1929. Hoy vive en Granja de Funes, en la ciudad de Córdoba. Se la ve vital y luminosa. El nacimiento de Ingrid fue complicado, llegó al mundo con bajo peso. Su mamá se había quedado sola. "A mi padre no lo conocí porque cuando ella estaba embarazada, él tuvo un accidente. El día en que iba a pedir su mano, se mató. Por eso yo llevo el apellido de mi madre", cuenta Ingrid.Se trasladaron a Donauwörth, tan pronto Ingrid estuvo en buenas condiciones de salud. Allí, su abuela Josefina criaba 10 hijos mientras atendía un restaurante y se encargaba de una carbonería. El abuelo era funcionario del ferrocarril."Tuve una niñez muy feliz. Después mi mamá decidió venir a la Argentina, donde ya vivían aquí tres hermanos", cuenta. Uno de los tíos de Ingrid había emigrado de Alemania después de la Primera Guerra Mundial y los otros, más tarde.La madre había viajado con una consigna: que el resto de la familia (Ingrid, su abuela y su tía) se reunieran con ella en la Argentina en 1936. Tenían todo listo, pero la abuela no pudo viajar, porque estaba enferma de diabetes. En la otra orilla El 3 de septiembre de 1939 estalló la guerra, 18 días antes de que Ingrid cumpliera 10 años. Su madre quedó en una orilla del océano y la niña, en la otra. "Los primeros años, para los de mi edad, la guerra era una aventura. Entendíamos que nuestros hombres estaban peleando en el frente… Eso era lejos", asegura Ingrid. Las familias seguían los acontecimientos por la radio. Y las mujeres y los adolescentes tenían la obligación de cumplir un servicio de guerra para el Estado alemán. "Vivimos los horrores con mayúscula a partir de 1943, porque empezaron los bombardeos en las ciudades grandes de alrededor", relata.La gente dejó de dormir. Ingrid cuenta que había sirenas con distintos tonos. Una avisaba cuando se acercaban los aviones enemigos; otra alertaba cuando estaban encima y una más, cuando ya se habían ido.Cerca de las 10 de la noche, comenzaban las alarmas. La gente corría a los refugios y cuando el peligro pasaba, regresaba a casa.En 1944, la situación empeoró. Las tropas aliadas comenzaron a entrar en Alemania. Ingrid realizaba su servicio de guerra en el ferrocarril, a donde llegaban los trenes desde las ciudades bombardeadas con chicos que no sabían a dónde estaban sus padres. Los recibían y les daban comida caliente. Bombas El 11 de abril de 1945, Ingrid partió en un camión a casa de unos amigos de un pueblo vecino para esconder todas las cosas de valor de su familia. "Cuando estábamos almorzando, sentimos los aviones. Me acuerdo como si fuera hoy que saqué la cabeza por la ventana de la cocina y los conté: 89 aviones. Y el amigo de mi tía dijo: 'A donde van estos no crece más el pasto'", relata. En efecto, los aviones se dirigían a la ciudad de Ingrid.Regresó con algunas provisiones en un carrito y se encontró con escenas dantescas. Cruzó el puente sobre el río Danubio y vio a la ciudad en llamas.Después de caminar más de dos horas, llegó a su casa, convertida en escombros. Sólo mantenía las paredes en pie y su familia no estaba.En esos momentos, un compañero del servicio de guerra le avisó que se había impuesto la ley marcial y que debían presentarse al Ayuntamiento."Cuando bajé, estaba toda mi familia delante de la puerta", recuerda.En el Ayuntamiento les dieron tareas de manera inmediata: cocinar para los habitantes de la ciudad bombardeada. Se instalaron en una chacra. Se levantaban a las 5 a preparar algo caliente. Durante 10 días, fueron y volvieron de la chacra a la ciudad, tres veces por día. "En ese tiempo lograron apagar todo y la gente se preguntaba qué pasó, por qué bombardearon Donauwörth", explica.Luego se supo que los directivos de la famosa fábrica de aviones alemana Messerschmitt, que tenía su sede en una ciudad bombardeada a 50 kilómetros, habían escondido maquinarias, con las que armaban sus aviones caza, en un antiguo túnel de Donauwörth. El frío del final El 19 de abril, Ingrid tenía un día franco. Al regresar del Ayuntamiento, cuenta, sintió la alarma. Corrió hacia el parque. "Me tiré en un arroyo donde había arbustos alrededor y me di cuenta de que había mucha gente tirada ahí (...) Todo arrasado como cuando pasan con la guadaña, era terrible. Cuando se terminó y me levanté, parecía la mujer del circo porque de la misma manera como le tiran alrededor con cuchillos, así tenía las balas alrededor mío. Ninguna me tocó. ¿Destino? ¿Dios? No me tocó", relata, con tristeza. Ingrid asegura que durante la guerra nunca tuvo frío ni hambre. En la posguerra, sí. "Me morí de frío, me morí de hambre", dice. Y agrega: "El Gobierno alemán durante la guerra había hecho acopio de comida. Cuando los yanquis entraron, lo volaron todo".Por entonces, la gente confeccionaba tapados con frazadas viejas y zapatos con paja y lanilla. "Recorría pueblos cercanos a ver si conseguía un huevito o medio litro de leche", relata. La partida Durante todo ese tiempo no tuvo noticias de la Argentina, hasta que un día llegó una de su madre. Ana María le comunicaba que realizaba gestiones para que pudieran reunirse. No era fácil. "Yo no podía salir de Alemania. Salían solamente aquellos ciudadanos que tenían un 'pasaje llamada', que era un pasaje sacado acá, pagado acá y alguien debería hacerse cargo, responsable por vos. Con uno así me vine", explica Ingrid. Tardó dos años en completar los trámites para salir. Exámenes médicos, psicológicos y certificaciones de que no era nazi, entre otras cosas, fueron analizadas por autoridades de tres de las potencias: Francia, Inglaterra y Estados Unidos.Finalmente, el 6 de enero de 1949, con 19 años, partió de Donauwörth rumbo a Estrasburgo (Francia). Embarcó en el puerto de El Havre, en el carguero Jamaica, con 2.700 pasajeros que escapaban del horror. La bella Buenos Aires El barco llegó un domingo a Buenos Aires. No sabía una palabra de castellano. "¿Cómo te puedo explicar el encuentro con mi madre? Era una persona desconocida para mí, en un país del que yo no sabía nada", sostiene.Ingrid estaba asombrada con la ciudad y con lo que ofrecía. Vieron, entre tantas cosas, un tentador puesto de frutas. Hacía 10 años que Ingrid no comía una banana y en un rato, sin darse cuenta, se comió un kilo."Ese fue mi primer contacto con Buenos Aires. Yo llegaba a un país de las mil maravillas porque había de todo, se podía comprar todo. Me paraba delante de la vidriera y le preguntaba a mi madre: '¿Se puede comprar?'", relata.Antes de viajar a Córdoba, Ingrid recibió de regalo una enorme caja de chocolates que devoró a lo largo de todo el camino. "A pesar de los 20 años, era una criatura de 5, estaba deslumbrada", subraya Ingrid.