De leyenda. Historias de Madame Carrel, la enigmática médica francesa que vivió y murió en La Cumbrecita

Hija de la aristocracia europea, fue esposa de Alexis Carrel, premio Nobel de Medicina en 1912. Ya viuda, decidió radicarse en Argentina. Un día resolvió que sus últimos años los viviría en una sencilla pieza de hotel en La Cumbrecita. Allí murió en 1968. Allí pidió ser enterrada. El misterio de sus curaciones sigue en pie.

13 de junio de 2026 a las 03:39 p. m.
Historias de Madame Carrel, la enigmática médica francesa que vivió y murió en La Cumbrecita
La Cumbrecita. El hotel, hoy, donde vivió en la década de 1960 la médica francesa a la que en el pueblo llamaban Madame Carrel.

Catalina Navarro (84) camina con pasos firmes, con un bastón en una mano, en el amplio parque del hotel La Cumbrecita, entre los desniveles de un pueblo construido entre cerros.

En su trayecto, se detiene para señalar el lugar adonde Madame Carrel solía sentarse en una mecedora para disfrutar del aire y del sol serrano, frente a la habitación que fue su hogar durante los últimos 14 años de su vida.

A pocos metros, apenas asoma el tronco de un abeto que había plantado esa enigmática mujer, viuda del francés ganador del premio Nobel de Medicina en 1912, Alexis Carrel.

Ese árbol la trascendió largamente: lo derrumbó un fuerte temporal hace una década.

La Cumbrecita. Catalina Navarro, ahora, en el balcón de la habitación del hotel donde por años atendió a Madame Carrel. Fue hace 60 años.
La Cumbrecita. Catalina Navarro, ahora, en el balcón de la habitación del hotel donde por años atendió a Madame Carrel. Fue hace 60 años. (La Voz)

Cati, como todos la conocen en La Cumbrecita, llegó a los 22 años al hotel (en ese momento hostería) y en su rol de moza y mucama compartió los tres últimos años de la vida de Anne Marie Laurie Gourlez, o simplemente Madame Carrel, como le decían en lo cotidiano, o como dispara la ya despintada cruz de madera en su muy sencilla tumba en el cementerio del pueblo cordobés.

Cati aporta a La Voz un testimonio valioso sobre aquella mujer y su leyenda, y profundiza lo que simplifica la IA o repiten publicaciones desde hace años sobre aquella francesa.

De Paris y Nueva York a La Cumbrecita

Anne Marie venía acumulando millas de una vida de película.

Nacida el 15 de febrero de 1877 en el castillo de Carheil, en la comuna de Plessé, en Francia. De una familia de la aristocracia europea, estudió medicina en la célebre La Sorbona, pero vestida de hombre en un ambiente muy masculinizado.

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Se casó con un noble, el marqués de La Motte con quien tuvo dos hijos. Registros de su historia relatan que enviudó por una trágica situación: ante una apendicitis aguda debió intervenir en la cocina de su casa a su esposo, quien falleció.

En 1912, conoció en Lourdes al cirujano Alexis Carrel, quien investigaba un milagro. Junto a su esposo curaron heridos en la Primera Guerra Mundial. Se casaron, casi cuando Carrel recibía el premio Nobel de Medicina.

Además de sus conocimientos científicos, ella se interesó por la parapsicología, el hipnotismo y la videncia. Sus "poderes psíquicos" son comentados aún en La Cumbrecita, donde falleció en 1968.

Su vida transcurrió entre París, Nueva York y otras grandes ciudades del mundo. Cuando enviudó por segunda vez, ya sin Carrell, se mudó a Buenos Aires.

Anne Marie Laurie Gourlez, o Madame Carrel. Un personaje de leyenda en La Cumbrecita, donde está enterrada desde 1968.
Anne Marie Laurie Gourlez, o Madame Carrel. Un personaje de leyenda en La Cumbrecita, donde está enterrada desde 1968. (Imágenes históricas )

Una aldea en las sierras

En ese momento, La Cumbrecita era un proyecto de pueblo, y los fundadores, la familia alemana Cabjolsky, tenía en foco a la comunidad germano parlante de Buenos Aires como potenciales compradores de lotes.

En ese contexto, en 1954 Madame Carrel visitó La Cumbrecita con uno de sus hijos. La leyenda cuenta que, cautivada por el lugar, decidió que viviría en esa aldea de montaña la última etapa de su vida.

Pedro Navarro (43), hijo de Cati, también nos ayuda a reconstruir la historia. Relata que llegaron a un acuerdo con los dueños del hotel (sus tíos abuelos Reinaldo Schefski y Cándida Navarro) y construyeron un espacio para que viva la médica francesa: una pequeña habitación con living. En el comedor del hotel, le darían las comidas diarias.

Esa habitación, luego, ya no tuvo otros huéspedes.

La Cumbrecita: Catalina Navarro, hoy, frente al hotel píonero del pueblo. Allí atendió por años a Madame Carrel.
La Cumbrecita: Catalina Navarro, hoy, frente al hotel píonero del pueblo. Allí atendió por años a Madame Carrel. (La Voz)

Por esas casualidades, Cati, con apenas 22 años y oriunda de Entre Ríos, a través de la familia del arquitecto del hotel, que vivía en Buenos Aires, consiguió trabajo y decidió probar la experiencia de vivir un tiempo en el fascinante pueblito, por entonces mucho menos conocido que hoy.

Hace más de 60 años llegó por caminos de tierra, y sin que hubiera crecido aún la vegetación exuberante que se plantó en el pueblo y que caracteriza su paisaje urbano ahora.

El hotel había sido la casa de los fundadores y una de las primeras construcciones del lugar. La Cumbrecita era muy otra, comparada con la actual.

Cementerio de La Cumbrecita. La tumba de Madame Carrel, un personaje de leyenda, fallecida en 1968.
Cementerio de La Cumbrecita. La tumba de Madame Carrel, un personaje de leyenda, fallecida en 1968. (La Voz)

Cati cuenta una anécdota con "la señora", que la marcó: “Un día, en el que seguramente ella estaba muy ‘bajoneada’, me miró y me dijo: 'Usted se queda en La Cumbrecita', Y le respondí, convencida: 'No, me quedo hasta fin de temporada y después me voy'. Ella insistió, enfática: 'No, usted no se va a ir'. Entonces le repregunté: '¿Y por qué no me voy a ir?'. Y me dijo, segura: 'Usted va a ser la única seguidora acá'”.

En ese momento, Cati no entendió sus palabras, porque pensaba dejar el pueblo. Pero jamás se fue. Cati no lo sabía. Parecía que Madame, sí.

Cementerio de La Cumbrecita. Allí está la tumba de la francesa Madame Carrel, fallecida en 1968.
Cementerio de La Cumbrecita. Allí está la tumba de la francesa Madame Carrel, fallecida en 1968. (La Voz)

Catalina y Anne Marie

En ese momento ni imaginaba que se enamoraría de Fernando Navarro, a quien aún no conocía. Sobrino de los dueños, estaba en África realizando el servicio militar y le habían propuesto trabajar en las sierras de Córdoba. Llegó en 1968. Pronto se casaron, tuvieron un hijo.

Fernando falleció y Cati sigue en el lugar, y muy activa tanto en el hotel como en un restaurante. Como la Madame le auguró.

Catalina relata detalles y nos acompaña a recorrer el hotel. Sube unas escaleras angostas, que desembocan a una habitación. Nos muestra sillones que eran de la Carrel.

“Era muy callada, siempre estaba en lo suyo, muy reservada, muy buena mujer. Tenía una señora que la cuidaba, la levantaba a la mañana y la traía al desayunador en el comedor, le servíamos el desayuno, y volvía al mediodía a almorzar. Por ahí venían amigos y se sentaba con ellos. Así pasó los años”, describe.

Madame Carrel. Una historia con enigmas que se recuerda en La Cumbrecita.
Madame Carrel. Una historia con enigmas que se recuerda en La Cumbrecita. (Imágenes históricas )

Cada tarde le llevaban el chocolate al pequeño departamento. “Si no llegaba a las 17, nos tocaba el timbre”, rememora. En el comedor usaba la mesa más pequeña, frente a una pared. No tan a la vista de otros huéspedes.

Respetada y enigmática, amigos la visitaban y se alojaban hasta un mes para acompañarla. Con sus intervenciones, su figura fue creciendo entre los pocos pobladores, que pasaban a saludarla. Ella casi que no salía del hotel.

La mujer que miraba a los ojos

“Madame Carrel te miraba a los ojos y te diagnosticaba”, cuenta Pedro y replica una historia que le contó el protagonista, un vecino de Villa Berna, que se cruzó con la mujer en la puerta del comedor.

“Le dijo que fuera urgente al hospital de Santa Rosa. Pero él se sentía bien, y ante la insistencia de la mujer acudió, y al llegar detectaron que tenía peritonitis”, relata. Ese tipo de casos se fueron sumando y alimentando la leyenda. “Lo que decía, era palabra santa”, agrega Pedro.

También alguna vez le había advertido a un familiar de los dueños del hotel que no subiera a una avioneta, que minutos después se desplomó en las sierras. Todos los ocupantes fallecieron.

Hotel La Cumbrecita. El comedor, donde cada cada día desayunaba y almorzaba Madame Carrel, viuda de Alexis Carrel.
Hotel La Cumbrecita. El comedor, donde cada cada día desayunaba y almorzaba Madame Carrel, viuda de Alexis Carrel. (La Voz)

Entre las historias que se tejen en torno a su figura, se cuenta que una huésped, oriunda de Estados Unidos y que la conoció hace 60 años, regresó cada vez que pudo al lugar. Una y otra vez.

Se dice que utilizaba un péndulo y que realizaba radiestesia para diagnosticar. Había formado equipo con una enfermera de Villa General Belgrano y con el médico Von Wietzleben, un alemán radicado en La Cumbrecita, que había llegado a Argentina para tratar el cáncer de Eva Perón.

A ellos les llegaban pacientes de otras ciudades a atenderse, en una cabaña entre los bosques de La Cumbrecita.

Su sentido de pertenencia con el hotel y con la gente, hizo que Madame se desprendiera de objetos de alto valor afectivo y los dejara en el lugar, como una edición del libro La Incógnita del hombre, de Alexis Carrel, dedicado a ella.

Era una mujer austera, sin demasiadas pertenencias, que decidió vivir en una simple habitación por años.

Cementerio de La Cumbrecita. La tumba de Madame Carrel.
Cementerio de La Cumbrecita. La tumba de Madame Carrel. (La Voz)

“El día que falleció, fuimos a tocarle la puerta porque no venía y la encontramos arrodillada al lado de la cama”, describe Cati. ¿Habría predicho su propia muerte y la estaba esperando?

Anne, que nació en un castillo, murió en una sencilla habitación de un pueblito cordobés que por entonces casi nadie conocía. Su vida en La Cumbrecita transcurrió en ese espacio, aunque su fama traspasó largamente la aldea serrana donde eligió morir.

De ella quedan, casi 60 años después, los recuerdos y leyendas, y una sencilla cruz en su tumba, que nadie visita y la que ya cuesta leerle el nombre.