
Después del Mundial: qué enseñanzas deja la Selección a la sociedad
Por
Redacción La Voz
Por un tiempo, el país se volvió celeste y blanco. Por un tiempo, parecíamos ser un solo corazón, un grito, un canto, un himno que impulsaba la esperanza.
Por un tiempo, poco importaron las diferencias políticas e ideológicas, las distintas clases sociales o los matices en los niveles de pasión y de fanatismo.
Los más chicos (y muchos mayores también) llenaban con ansiedad el álbum de figuritas del Mundial 2026, aprendían de países, razas, banderas y costumbres, pero sobre todo afianzaban la idea de que jugar implica ganar o perder.
Que lo más lógico es que triunfen los mejores. Que las chances aumentan si se hace un buen trabajo en equipo. Que los egos se ponen entre paréntesis, para dar prioridad al resultado grupal.
Que mucho depende de que a los buenos jugadores los acompañe un líder, un conductor capaz, coherente y sereno. Y que a veces la suerte se pone a favor, pero que no se trata de jugar esperando milagros, sino de trabajar con esfuerzo y buscar la excelencia.
Mucho de esto se aprende en las escuelas que proponen trabajo cooperativo, con proyectos, en equipos donde se puede pensar, trabajar, aprovechar la diversidad y buscar cumplir un objetivo entre varios.
El juego, desde el nivel inicial y hasta que la creatividad docente lo pueda sostener, es el escenario ideal para aprender desde pequeños a competir sanamente, a esperar el turno, a perder, a tolerar la frustración, a sentirse parte de algo más allá del "yo".
La madurez exige esos aprendizajes y sabemos que alcanzarla no es cuestión de almanaque, sino de un proceso de apertura del yo al nosotros, de la frustración a la aceptación.
Se trata de un trabajo educativo que, a puro amor y límites, encauza a los más jóvenes para que luchen por sus sueños, siguiendo sus deseos, dentro del marco de la ley y del camino del esfuerzo continuado.
Esto se torna imposible si los adultos no retomamos la ejemplaridad, para no sumergir a las nuevas generaciones en discursos contradictorios e incoherentes.

Si hablamos de ejemplos, aparece Lionel Messi, como ídolo indiscutible que, acaso sin saberlo, nos enseña que la excelencia puede combinarse con la humildad. Que el triunfo se festeja (sin hacer un show de eso) y que se puede perder con dignidad sin sacar esa violencia que de a poco vamos naturalizando, y que es noticia casi a diario y en múltiples escenas.
Y qué decir de Lionel Scaloni, ese director técnico lúcido, sereno, coherente, confiado.
Que falta nos hacen dirigentes así para no seguir perdiendo lo que nos hacía un país prometedor, con gran futuro.
Terminado el Mundial, tenemos que volver a enfocarnos y a trabajar en celeste y blanco como lo hizo nuestra selección, superando prejuicios y teorías conspirativas para situarnos en el “entre todos”.
Suena utópico en tiempos de triunfo del individualismo, donde parece difícil pensar en lo colectivo, donde se arrasa con derechos y conquistas logradas, y donde parece no importar quienes quedan al costado del camino sin esperanza de inclusión en una vida digna.

La fiesta mundialista terminó. Y aunque muchos intenten opacarla, somos conscientes de que fue un momento de distracción y de alegría (muy necesaria), y de que ahora nos toca redoblar esfuerzos para que lo sembrado por nuestra selección en el alma se haga cuerpo en las acciones y en los reclamos justos que nos devuelvan dignidad y den sentido a la vida.
Gracias, querida selección. Cuando los grandes de verdad lloran, se engrandecen más. No es señal de debilidad: es el mensaje más claro de que el dolor puede tramitarse con grandeza.
Todo lo vivido fue, claramente, más que partidos de fútbol.