Prevención. Tras el femicidio de Agostina, especialistas plantean una pregunta clave: ¿cómo estamos criando a los varones?
Psicólogos y expertos en masculinidades advierten que la prevención de la violencia de género también exige revisar los mandatos que reciben los niños sobre el poder, las emociones, el cuidado y los vínculos.
El femicidio de Agostina Vega, la adolescente de 14 años asesinada en Córdoba, volvió a generar una pregunta que aparece cada vez que un caso conmueve a la sociedad: cómo prevenir la violencia de género.
Las respuestas suelen concentrarse en mejorar los sistemas de protección, fortalecer las investigaciones judiciales o ampliar las redes de asistencia para las víctimas. Sin embargo, esas respuestas, por más buenas que sean, llegan una vez que la violencia se produjo.
Especialistas en masculinidades advierten que hay un aspecto clave en la prevención de esa violencia: la forma en que se educa y socializa a los niños varones.
Durante años, las estrategias de prevención estuvieron centradas principalmente en las mujeres: cómo detectar señales de violencia, cómo pedir ayuda o cómo salir de una relación abusiva. Sin embargo, cada vez más especialistas sostienen que también es necesario mirar qué aprenden los varones sobre el poder, los vínculos, el cuidado y las emociones.
"Nos dimos cuenta de que faltaba una pata fundamental en el análisis: los varones, que son quienes mayoritariamente ejercen las violencias", explica el psicólogo Sandro Comba, especialista en violencia de género y masculinidades.

Según Comba, los niños siguen creciendo rodeados de mensajes que asocian la masculinidad con atributos como la fortaleza, la racionalidad, la independencia o la capacidad de mando. Aunque muchas veces esas ideas ya no se expresan de manera explícita, continúan presentes en los modelos familiares, escolares y culturales.
“Si yo me considero superior, necesariamente voy a colocar a otras personas en un lugar inferior”, resumió el especialista y autor del libro Los arquitectos de la desigualdad de género en la cultura occidental.
Para Comba, esas creencias no aparecen de manera aislada. Forman parte de un sistema cultural que durante siglos ubicó a los varones en posiciones de privilegio y a las mujeres en roles subordinados. Por eso sostiene que la prevención requiere revisar esas categorías desde la infancia.
El psiquiatra Enrique Stola, referente en masculinidades, agrega otro elemento: la importancia de incorporar a los niños en las tareas de cuidado y corresponsabilidad dentro de los hogares.

"Participar en tareas de cuidado desarrolla una ética del cuidado. Mientras un chico cuida, cocina o colabora en una tarea doméstica también aprende a ponerse en el lugar de otras personas", señaló Stola en diálogo con La Voz. No se trata solamente de colaborar en la casa. Se trata de aprender a reconocer necesidades ajenas, asumir responsabilidades compartidas y construir vínculos menos centrados en la lógica del poder.
Stola también advirtió que ninguna familia puede garantizar por sí sola que un niño crecerá libre de conductas machistas. "Una mamá o un papá pueden transmitir valores igualitarios, pero eso no significa que un hijo vaya a quedar vacunado contra el machismo", advirtió Stola. "Influye muchísimo todo lo sociocultural: la escuela, los grupos de pares, las creencias religiosas, los medios y los modelos que circulan en la sociedad", agregó.
Por eso, aunque las familias cumplen un rol central, no alcanza con transmitir valores igualitarios puertas adentro.
Frustración
El psicólogo especializado en masculinidades Mariano Cupayolo agregó otro aspecto que suele quedar fuera de la discusión: la manera en que los niños aprenden a lidiar con la frustración. Según explica, muchos varones siguen creciendo bajo el mandato de mostrarse fuertes, controlar sus emociones y resolver solos sus problemas. Cuando esas herramientas faltan, la frustración puede transformarse en enojo, impulsividad o distintas formas de violencia.

Por eso plantea la importancia de habilitar espacios de escucha desde edades tempranas y desterrar la idea de que acudir a un psicólogo es sinónimo de un problema grave. "Que un niño vaya a terapia no significa que tenga un trastorno de salud mental. Tener un espacio propio donde pueda hablar de lo que siente, trabajar la frustración y aprender a expresar sus emociones es una herramienta de cuidado", sostuvo Cupayolo, quien es miembro de la organización Mumalá.
El trabajo con los sentimientos
Otro aspecto que aparece en las entrevistas es la necesidad de trabajar sobre los sentimientos y no únicamente sobre las emociones. Comba explicó que detrás de una conducta violenta suele existir una secuencia que comienza mucho antes del acto en sí.
"Hay una fórmula que usamos mucho en el trabajo con varones: pensamiento más sentimiento igual a comportamiento. Si yo pienso que una mujer debe comportarse de determinada manera y eso no ocurre, ese pensamiento me genera un sentimiento negativo y después aparece una conducta determinada. Por eso no alcanza con trabajar las emociones: también hay que revisar las ideas que las generan", explicó Comba.
Según esta mirada, las personas no reaccionan solamente por lo que sienten, sino también por las creencias con las que interpretan la realidad.
Por eso, señaló el especialista, el desafío no es únicamente enseñar a controlar el enojo o la frustración, sino revisar las ideas que están detrás de esas emociones.
En esa línea, Cupayolo destacó la importancia de habilitar espacios donde los niños puedan expresar tristeza, miedo, angustia o frustración sin sentirse juzgados.
También plantea la necesidad de incorporar el trabajo sobre masculinidades en distintos ámbitos, desde la Educación Sexual Integral hasta las capacitaciones institucionales y comunitarias.
Los tres especialistas coinciden en que la violencia extrema no surge de un día para otro. Antes existen aprendizajes, mandatos, silencios y formas de relacionarse que se construyen durante años: “Todavía seguimos construyendo varones asociados a categorías como superior, productivo, racional, fuerte e independiente, mientras que a las mujeres se las vincula con lo reproductivo, lo sentimental o lo dependiente”, dijo Comba.
Por eso, sostienen, prevenir la violencia de género también implica hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: qué estamos enseñando a los varones sobre el poder, el cuidado, el respeto y los vínculos.
Porque cuando un femicidio conmueve a toda una sociedad, la discusión no puede limitarse a lo que ocurrió al final de la historia. También obliga a revisar todo aquello que ocurrió mucho antes.

