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“Estoy buscando a otra hermana Theresa”

La monja Varela lleva 20 años de tarea solidaria en el noroeste cordobés. Apunta que la pobreza es menos aguda que entonces, pero critica el asistencialismo.

25 de julio de 2017 a las 12:01 a. m.
Carina Mongi | Corresponsalía
“Estoy buscando a otra hermana Theresa”
La Varela. La religiosa suma 80 años. En 1971 llegó a Argentina y, años después, se radicó en Cruz del Eje. (La Voz)

Después de 20 años de labor social en una de las regiones más empobrecidas del norte de Córdoba, la hermana Theresa Varela sigue tan vital como siempre, aunque admite que es hora de ir hallando a una sucesora. “Estoy buscando a otra hermana Theresa”, dispara la monja africana nacionalizada argentina.

En diálogo con La Voz , a su paso por Villa General Belgrano, donde ofreció una charla, relató que su fundación tiene voluntarios que trabajan como "tractores" a su lado y que bien podrían continuar su senda.

Theresa tiene 80 años, A los 18 dejó su Cabo Verde natal, con un llamado para “servir a los más pobres”. Su primer destino fue Portugal, luego estudió en Italia y en Estados Unidos, y fue enviada a Colombia. En 1971 desembarcó en Buenos Aires, antes de encontrar su lugar en el mundo en el árido noroeste cordobés. En el departamento Cruz del Eje, fundó la Fundación Misionera María de la Esperanza, que en diciembre cumplirá 20 años.

La monja rebelde

Theresa rompió el molde de monja de manual. Inquieta, supo que el convento no era su lugar, y menos las tareas administrativas que solía hacer. En Colombia, tuvo sus primeras experiencias misioneras en barrios carenciados. Ya en Córdoba, se volcó de lleno a trabajar por los pobres y dejó la congregación.

Sus jornadas empiezan a las 5. “En la oración saco la fuerza para todo el día”, confie­sa. Suele recorrer hasta 100 ki­lómetros diarios, en busca de camiones que llegan con ayudas o para las tareas de los centros educativos que sostiene.

Señala que en estas dos décadas la situación social mejoró, pero que queda mucho por hacer. “Cuando llegué, había hambre con nombre y apellido, niños llagados en la cara, que decían que era una araña que los meaba, pero cuando comenzamos a darles comida y leche, la araña los dejó de mear. En realidad, les faltaban nutrientes. Eso hoy está mejor”.

Los ranchos fueron convirtiéndose en casitas, pero marca que no está instalada la cultura del tra­bajo. Criticó los programas asis­tencialistas de los gobiernos, que, según su criterio, desalientan la búsqueda de un trabajo que dignifique la vida. “Se ha construi­do una fábrica de pobres, la gente aprendió a no trabajar. Les entra plata, pero no se les mejora la vi­da”, apunta.

Los primeros comedores se improvisaron debajo de árboles, hasta que una empresa construyó los espacios. La fundación suma siete centros educativos con comedores distribuidos en cinco barrios marginales de Cruz del Eje y alrededores. También brinda talleres en oficios y creó una escuela de va­lores (danzas, deportes, música) en San Marcos Sierras. Poseen un camión sanitario con consulto­rios y laboratorio con el que visitan zonas rurales.

Una red de voluntarios, en la que hay desde cocineras hasta médicos, se integra a las tareas de la fundación. Theresa dice que necesitan más.