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Entre la inclusión y la exclusión hay sólo un paso

Los castigos corporales, que en algún momento resultaron un método válido para disciplinar a los alumnos, hoy son extemporáneos e inadmisibles. Mariana Otero.

04 de abril de 2012 a las 12:01 a. m.
Entre la inclusión y la exclusión hay sólo un paso

Los castigos corporales, que en algún momento resultaron un método válido para disciplinar a los alumnos, hoy son extemporáneos e inadmisibles.

Y cuando aquellos métodos toman la forma de un “acuerdo” o un “pacto”, se convierten en castigos encubiertos, invisibles.

Dejar a un alumno fuera de la escuela, por más revoltoso o indisciplinado que sea, es posicionarse al margen de la ley. Es ejercer violencia y ubicarse en las antípodas del espíritu de una institución educativa.

Pero, aun así, no hay que dejar de ver la realidad. Las escuelas, y los maestros, enseñan desde hace tiempo en contextos muy alejados del ideal. La secundaria fue diseñada para una elite y hoy tiene la obligación de incluir a todos los alumnos en edad de asistir. Pero ¿cómo se hace?

Los maestros aseguran que están en una encrucijada. Se sienten huérfanos de recursos, sin herramientas, sin fuerzas, presionados.

Explican que el límite entre la calle y el aula es tan delgado, tan vidrioso, que todo lo que no se resuelve en un sitio, estalla en otro.

En este escenario, conviven aquellos docentes que creen que si el problema no se ve, no existe, con aquellos que están convencidos de que la escuela debe ser el primer ámbito público donde los chicos puedan crecer como ciudadanos.

Los acuerdos de convivencia que se promueven desde la Provincia, desde 2010, pueden ser una oportunidad para empezar a pensar cómo ser más tolerantes, más inclusivos y más humanos.

Se necesitan compromiso y ganas. Y estar convencido de que nadie puede solo.