El ortodoxo griego que llegó de Chile
“Pater” Gabriel hace seis años que es el párroco de la Iglesia de San Juan. Eligió su religión de niño, sin ser descendiente de griegos.
La historia de Gabriel Díaz (43) nace en Chile, pasa por Grecia y continúa en la Argentina. Es que en Díaz, de alguna manera, confluyen varias patrias. Es el pater Gabriel o sacerdote de la parroquia de San Juan el Precursor, de la Iglesia Ortodoxa Griega, que se levanta en la calle Santa Rosa 1135, en la ciudad de Córdoba.El templo es sencillo y acogedor, sin esculturas de santos, sólo pinturas, y un pequeño altar donde el sacerdote oficia la mayor parte de la ceremonia religiosa de espalda a los fieles.En el piso superior, desde el que se ve la nave central, Gabriel tiene su escritorio. Allí explica con detalles y persuasión la historia de las iglesias cristianas divididas hace siglos por cuestiones que, considera, deberían zanjarse. Se nota que es profesor de teología.También es esposo y padre de tres hijos, ya que la religión permite a sus líderes escoger entre el celibato y el matrimonio."Yo soy oriundo de Santiago. Viví en Chile hasta los 17 años. Vine a Argentina a estudiar. Volví a Chile y realicé estudios de pedagogía y teología. Viví mucho tiempo afuera. Conozco muy bien qué es el desarraigo. Es un tema complicado y doloroso", plantea Gabriel, en un español neutro que hace casi imposible descubrir, por la tonada, su nacionalidad.Ejerció el sacerdocio en su país natal durante 10 años, hasta que el arzobispo de la Iglesia Ortodoxa en Buenos Aires reclamó un religioso para la arquidiócesis. En Chile tardaron en darle "el pase" y le dieron a elegir entre Lima, Buenos Aires y Córdoba. Se decidió por Córdoba.Gabriel ya estaba casado y tenía sus tres hijos cuando se trasladó a la provincia. Entre los ortodoxos, antes de la ordenación sacerdotal se produce la elección de vida: celibato o matrimonio."Mi hijo más pequeño es cordobés total, a pesar que nació en Chile, llegó a los 4 meses. Sus primeros pasos los dio en Córdoba y los otros chicos, se sienten parte de acá aunque son de raíces chilenas", subraya Gabriel. Y agrega: "Elegimos Córdoba porque nos gustaba mucho la ciudad, que es tranquila".Luego, adquirió el gusto por el mate, el asado "inigualable" y las empanadas. La llegada En Córdoba había mucha expectativa por la llegada del sacerdote que también venía a trabajar como misionero, algo por lo que Díaz siente pasión. "La misión completa el sacerdocio", afirma. "Deseo dejar un legado, eso me interesó mucho, con trabajo y esfuerzo se pueden dejar cosas para que otros sigan ese camino. Es importante", remarca Díaz, el sacerdote que más tiempo lleva viviendo en Córdoba y atendiendo a la comunidad ortodoxa griega, conformada por unas 300 familias, y a los argentinos que cada vez se acercan más al templo. Está por cumplir seis años de servicio en la parroquia, cuyo edificio fue terminado durante 1993.Hoy, Díaz es parte del Comipaz y del centro ecuménico. Además, todas las semanas viaja a La Rioja a dar clases en la carrera de Teología y Religiones Comparadas de la Universidad Nacional de La Rioja, única de ese tipo en Sudamérica. El llamado de San Jorge "Yo soy chileno, no tengo origen griego. Me hice ortodoxo griego. Mis padres, cuando yo era pequeño, no me quisieron imponer la religión, aunque ellos eran de origen católico", cuenta Gabriel. Por ese motivo, no había sido bautizado. Su acercamiento a la iglesia griega fue casi casual o milagroso, según como se mire. Gabriel cuenta que cerca de su casa paterna se levantaba una iglesia ortodoxa. A los 5 años, ya le atraía la imagen de San Jorge, imponente en su caballo, y se escapaba a verla de vez en cuando."Un sacerdote que me vio, me dio la bendición y yo de pequeño dije que quería ser como él, como el sacerdote. Me bautizaron allá y me empezaron a llevar y después se convirtió toda la familia, Así conocimos la iglesia ortodoxa", relata.Llegó a ser párroco de aquella iglesia donde encontró la vocación. "Fue mi padre espiritual y después que murió, fui el párroco casi 10 años", explica Gabriel.De adolescente formó parte de la juventud central en Chile, fue presidente del movimiento juvenil y empezó a viajar, y a ponerse en contacto con el arzobispo de Buenos Aires. Para ser sacerdote estudió en un seminario en el país trasandino, en un lugar de formación que ya no existe. Los inmigrantes árabes o griegos interesados en ser líderes religiosos viajaban a estudiar a Rusia o a Grecia. "Hice mis primeros años de teología allí. Luego viajé a Grecia, al monte Athos, a Rusia también en el seminario que le dicen la Trinidad de San Sergio y se llama el Seminario de Moscú, un famoso monasterio. Cuando volví estudié y me recibí de la pedagogía religiosa", cuenta Gabriel. También estudió en Estados Unidos.En América latina no hay seminario, pero se analiza la creación de un centro de estudios en la Argentina. Patria y desarraigo Desde joven vivió el desarraigo, dejaba un país para hacerse fuerte en otro. En ese contexto, Gabriel subraya que en cada experiencia se deja parte de la patria donde se nació. "Dicen los psicólogos que es uno de los dolores más grandes que existen, el tema del desarraigo. Sin embargo existe el desafío que cada dolor te presenta, una opción de sanación", piensa Díaz.El sacerdote está convencido que las personas se enriquecen al conocer culturas y costumbres diversas. "Los argentinos y los chilenos tenemos mucho en común", puntualiza. Las disputas y rencillas del pasado, sostiene, son de los Estados no de los pueblos.Gabriel y su familia viajan a su país una vez al año. "Nunca deja de estar presente tu patria aunque, tu patria es donde vives también. Yo he inculcado eso a mi familia", opina.El año pasado, le ofrecieron regresar a Santiago de Chile. El traslado no es compulsivo cuando al sacerdote lo han movido una vez a otro país."Lo consulté a mi familia y mi sorpresa fue grande porque todos me dijeron que no porque 'estamos en un proyecto'. Es muy lindo cuando vamos a allá. Queremos mucho a nuestra patria, pero estamos a la mitad de camino, y tenemos que seguir y terminar esta tarea", plantea Gabriel. Y agrega que sus hijos le dijeron que ya tenían su vida aquí, sus amigos y que si volvían a Chile, tendrían que rearmar su historia porque, aunque es su patria, estaban convencidos que no sería fácil."La bandera de Chile la llevaremos en el corazón, pero también va de la mano con la Argentina y la griega", concluye Gabriel.

