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El lavarropas a tasa cero que quería comprar Silvana

El primer ejercicio sano al que se enfrentan ahora los consumidores es el de comparar.

10 de febrero de 2017 a las 12:01 a. m.
El lavarropas a tasa cero que quería comprar Silvana

“Los precios aumentaron. Me pasó el fin de semana de ir a comprar y el precio con el que me entusiasmé era una cosa, pero, a la hora de pagar, sacaron una tablita con un porcentaje a aplicar que hacía que quedara mucho más caro”, dice Silvana.

Pretendía comprar un lavarropas en una cadena de origen chileno con la tarjeta propia del local y le informaron que, si lo pagaba en tres cuotas, el recargo era del 6,8 por ciento; en seis, del 12,35 y en 12, del 25,71 por ciento.

Lo primero que hay que asumir es que el cero por ciento de interés no existe. No existe ahora ni existía antes. ¿Cómo podía serlo si hace 10 años que la inflación, de mínima, es del 25 por ciento?

Ese recargo que le informaron a Silvana estuvo siempre implícito dentro del precio. La diferencia es que el consumidor no lo sabía y, bajo el paraguas protector de un precio final escondido, adornado con la “promo” del cero por ciento, existieron recargos de hasta el 75 por ciento.

Mirar bien

El primer sano ejercicio al que ahora nos enfrentaremos, como consumidores, es el de comparar: diferentes tarjetas, diferentes bancos, diferentes plazos de pago y, especialmente, el precio en un solo pago (débito, crédito o efectivo) o en varias cuotas.

Regla rápida: si la brecha entre un solo pago y en cuotas es mayor al 22 por ciento, que es más o menos la inflación esperada para este año, convendrá usar el efectivo; y si es menor al 22, aprovechar la financiación y comprar en cuotas.

Lo próximo que hay que asumir es que tampoco existen los descuentos del 40 por ciento. Si una cadena tiene posibilidades de ofrecer todos los días un 40 a diferentes públicos (banco A, B, C, tarjetas propias, etcétera) es porque buena parte de ese precio está inflado.

Detrás de este programa ampulosamente llamado “Precios Transparentes” se esconden dos objetivos. Uno, político: que bajen los precios de lista, que son los que el Indec releva para calcular su índice de precios.

El Indec no computa nunca el descuento del 40 por ciento. Y, si lo que se vende en una sola cuota tenía el mismo precio que financiado, hay ahí un interés de financiación adentro que no debería estar. Otro ejemplo: la entrada al cine nunca vale lo que se dice; hay todo tipo de “promos” que la bajan hasta el 50 por ciento. Pero eso no existe para el Indec.

El segundo objetivo es moverle el avispero a los bancos, que en la última década han ganado montones de plata financiando, muy caro, las zapatillas y el celular en 24 cuotas. Pero no pagaron jamás “costo político” alguno, escondidos siempre detrás del comercio.

Nada es gratis

El dinero es un bien como cualquier otro y, si Silvana necesita comprar un lavarropas y no tiene la plata para hacerlo ya, hay alguien dispuesto a prestársela, pero no gratis.

Lo que pretende el Gobierno, de máxima, es que la financiación no venga únicamente de las tarjetas de crédito, sino que compita con los préstamos personales.

Vale el ejemplo del Banco Nación, que ofrece una línea de 36 cuotas para electrodomésticos al 24,11 por ciento de CFT (se publicita el 15, pero en la web del Nación se informa 24,11). Y bonifican las últimas tres si se cobra el sueldo ahí.

Los bancos tienen que bajar los costos asociados a la financiación, sea vía préstamo directo o tarjetas. Una inflación en desaceleración y mayor competencia deben ayudar en ese sentido.

Y como consumidores, el ejercicio de comparar será saludable, y el de condenar las avivadas, que las hay, también.