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El estigma de la derrota

Si se hiciera un estudio sobre las partes del cuerpo humano que cargan las derrotas, la cabeza tendría un porcentaje cercano al ciento por ciento. Juan Carlos Carranza.

05 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El estigma de la derrota

Si se hiciera un minucioso estudio sobre las partes del cuerpo humano que cargan con los estigmas de derrotas, descalabros o desaciertos, la cabeza tendría un porcentaje muy cercano al ciento por ciento.

En el deporte, cualquiera sea, la cabeza es lo primero que un futbolista-basquetbolista-tenista se toma al reconocer un error. El futbolista lo hace cuando pifia un tiro fácil dentro del área chica; el basquetbolista, cuando erra al lado del aro; y el tenista se agarra los pelos cuando vuelca en la red un simple smash con su contrincante vencido.

Este hipotético estudio revelaría que el clásico "manos en jarra" sobre la cintura tendría un mínimo porcentaje a la hora de demostrar resignación. Pero es crucial, en este caso, el comportamiento de la cabeza. Pues no son lo mismo las manos en la cintura con la cabeza gacha, que con la cabeza erguida. En el último ejemplo, podría tratarse de un futbolista que está por patear un tiro libre en el vértice derecho del área grande: la clásica postura del "Beto" Alonso antes de mandar la pelota a la red.

Otra posición que llamaría mucho la atención de los investigadores sería la de las manos en las rodillas, con el torso levemente inclinado. Tendría su porción en la torta de posturas derrotistas, pero no sería la más interesante.

La cabeza. El pobre Gyan, el número 3 de Ghana, primero se tomó los costados de la cabeza; luego, lentamente, fue deslizando sus manos hasta tapar su rostro tras errar el penal en el minuto 121, que le hubiera dado el pase a semifinales a su equipo frente a Uruguay. Este es un movimiento de manual y es quizá el más dramático reconocimiento de un error.

También está el gesto de girar la cabeza de un lado a otro, que si se acompaña juntando las manos en posición de rezo (y mordiendo los labios al mismo tiempo), se transforma en uno de los estigmas más poderosos de una situación desafortunada. Claro que este ejemplo no sólo se aplica a una circunstancia deportiva. El poderoso regaño de una madre suele estar adornado con esta alegoría.

El último fin de semana, los argentinos actuamos todos estos signos, les agregamos patadas (al aire y contra puertas) y deseamos estar cerca del maldito pulpo alemán... para comerlo con arroz.