El colmo del argentino, envidiar al vecino
Emociona verlos tan animosos, detrás de gruesos anteojos oscuros. Rosa Bertino.
Emociona verlos tan animosos, detrás de gruesos anteojos oscuros. Los ojos tardarán en readaptarse a la luz. Un mes en las profundidades de la tierra es mucho tiempo, una proeza a lo Julio Verne que esta heroica cruza del indio con el español fue capaz de concretar. Horas después del 12 de octubre, los mineros chilenos rindieron un impensado tributo a la raza americana, tan subestimada por puristas de uno y otro lado. El mundo entero estuvo pendiente. El rescate fue doblemente gratificante, por su ingeniería y porque corroboró que no hay espectáculo como la vida. Según CNN, la salida del primer minero fue vista por más de mil millones de personas. En sus buenísimos tiempos, e invirtiendo un dineral, el Oscar de Hollywood llegó a los 1.500 millones. Es cierto que los sucesos de Copiapó fueron excepcionales. Aun así, el rating fue plenamente genuino. Uno siente curiosidad por saber si, dentro de esa vasta audiencia, alguna fue tan egocéntrica como la argentina promedio. Ni el drama más angustiante, en vivo y en directo, logra desprendernos de nosotros mismos, del complejo de ser argentinos. Una suerte de pensamiento mágico a la inversa nos impide analizar con objetividad los aciertos ajenos, para aprender de ellos. "¡Igual que acá!", corearon en la panadería, sala de espera, parada del colectivo y donde hubiera más de dos personas. Curiosa forma de saludar el exitoso operativo en el campamento Esperanza. "Es que Chile es un país serio, no como éste…", corrigieron los que no te dan un ticket así vengan degollando, pasan el semáforo en rojo, hablan por teléfono mientras conducen, desprecian al pobre y desconfían del rico. También se mofan de lo nacional, entre otras muestras del escaso valor que le damos a la construcción de la patria. Sin embargo, son rasgos que envidiamos en chilenos o uruguayos. Gaucho insufrible. Por lo menos uno de cada cinco televidentes (incluye a colegas) siguió los acontecimientos cotejando lo que hubiera hecho "nuestra presidenta", para desmerecerla en forma automática. Al vicio, nomás. Sin embargo, muy pocos de los rendidos admiradores de la idoneidad y el gran futuro vecinal tienen familiares estudiando o trabajando en Chile, Uruguay, Brasil y, ni hablar, Colombia (de un tiempo a esta parte, también se oyen loas a ese vapuleado país). ¿Raro, no? Esta peculiar inclinación nacional no se resuelve con pedir la nacionalidad trasandina. No nos la van a dar ni por broma. Además, una mudanza nos obligará a comportarnos como eso que decimos admirar. Esos mismos vecinos nos observan, nos toleran, algunos incluso nos quieren. Un cuento del chileno Roberto Bolaño, El gaucho insufrible , nos pinta de cuerpo entero. Nos llevamos el mundo por delante, pero no sabemos ni quiénes somos.

